«Ser es defenderse», RAMIRO DE MAEZTU
la tele sigue visitando todos los domicilios de la nación

Politización ‘woke’ y frivolidad: así es hoy la televisión en España

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Desde aquel afamado concurso de televisión que regalaba a los afortunados ganadores un apartamento en Torrevieja, el ente ha cambiado mucho. Y la audiencia, también. Sin conocer los espectadores (es decir, España entera) las características y tamaño de esos apartamentos, la emoción salía de la pantalla para inundar los salones cuando los agraciados se convertían en propietarios. Un, dos, tres, responda otra vez, creado por «Chicho» Ibáñez Serrador en 1972, fue la más importante fábrica de sueños de los españoles, sin obviar el cine de destape. Tras diez temporadas en antena y revivido con una última etapa poco exitosa, el icónico concurso desapareció de la parrilla, aunque todavía permanezca en el recuerdo de tantos compatriotas. Su gloria catódica se desarrolló cuando el medio era muy diferente al actual, en condiciones de monopolio y gruesas audiencias repartidas en tan sólo dos canales públicos.

La irrupción en la década de 1990 de la televisión privada acabó con la entrañable imagen de todos los españoles, cual familia única, frente a la pantalla de 576 líneas. Por los nuevos platós desfilaban Las Mamá Chicho, traídas de Italia por Berlusconi, periodistas críticos con el Gobierno o Gómez Kemp al frente de La ruleta de la fortuna, programa que todavía sigue emitiéndose. En aquella época, los contenidos comenzaron a variar según la ley de la audiencia. En tal marco competitivo, algunos aventuraban que las parrillas aportarían, además de mayor cantidad, más calidad. Sin embargo, el entretenimiento ofrecido por las privadas, arrastrando también a la televisión pública, no se tradujo en refinamiento educativo, salvo honrosas excepciones, sino en productos bajos y de gran impacto mediático. Paradigmático fue el programa Tómbola, de la cadena autonómica Canal 9. Emitido de 1997 a 2006, fue uno de los primeros que se dedicó al llamado “periodismo rosa”. Centrado en desvelar, con relativa objetividad y mucho morbo, la vida sentimental y personal de personajes relevantes de la sociedad, contaba con un panel de periodistas y colaboradores que debatían acaloradamente. Entre los habituales del programa se encontraban Karmele Marchante, Jesús Mariñas y Lydia Lozano. El magazín sentó las bases para otros programas similares que llegaron después, inaugurando la era del sensacionalismo y la rumorología que aun perdura. En el género de la crónica negra, presentadores como Nieves Herrero o Pepe Navarro metieron en los hogares un tipo de tratamiento, digamos, pornográfico y ajeno a cualquier sentido de la delicadeza. Paradigmático fue el caso del crimen de Alcasser, indecente episodio de la historia de nuestra tele, que confirmó la frase de Jack Gould, actor estadounidense: “Hay algo absolutamente tranquilizador sobre la televisión: lo peor está siempre por venir”.

A partir de los años 2000 y ante la gran oferta televisiva, el pastel publicitario, cada vez más repartido, convirtió al público en el juez de dicho mercado. A tenor de los contenidos más exitosos se podría apuntar que el panorama cultural en España, teniendo en cuenta lo que de gran agente intelectual tiene la televisión, no es precisamente esplendoroso. Las voces más críticas hablan de pauperización y escaso respeto al espectador, por no citar la pobreza léxica general. Afirmó Fellini, quizás exagerando, que “la televisión es el espejo donde se refleja la derrota de todo nuestro sistema cultural”. Un hito de la década, Gran Hermano y con su eslogan “bienvenidos a la vida en directo”, adelantó la actual era de las redes sociales.

El siglo veintiuno y su dominación woke ha traído una profunda politización del entretenimiento, asunto alarmante en un país proclive al cainismo y con una izquierda melancólica y desbocada, que a veces parece gustarse en la idea de una próxima guerra civil. Así, los programas de temática política tienen hoy tanto hueco en las parrillas como los de crónica rosa. La demagogia campa alegremente por los platós, confundiéndose ya con los gritos y los desnudos morales del cotilleo patrio. A tener también en cuenta el éxito rotundo del friquismo, la eterna afición por contemplar la parada de los monstruos que inaugurara el programa nocturno de Sardá (Crónicas marcianas).

Aquella escena familiar de los tiempos del Un, dos tres, seguramente más ingenua que la actual, ha muerto. Los grandes concursos ya no ofrecen apartamentos en la playa, sino fama (y dinero). Pero el entretenimiento, acaso más truculento, no se detiene. A pesar de los móviles y tabletas, la tele sigue visitando todos los domicilios de la nación, con sus personajes impúdicos, sus efímeros héroes y una frivolidad ejemplar.

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