«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Los vecinos critican que quienes redactan normativas no conocen la realidad del campo

Las víctimas de los fuegos en León señalan al ecologismo: «Ha conseguido que esto esté quemado por no dejarnos cortar ni una hierba»

Vecinos defienden sus casas. Redes sociales

Los vecinos de Boca de Huérgano viven con angustia las consecuencias de los incendios que arrasan la provincia de León y que han puesto en jaque a varias localidades de la montaña oriental leonesa. Entre el humo y el miedo a perder sus casas, los testimonios se repiten: la gestión política y las restricciones ambientales han dejado el territorio indefenso frente a las llamas.

«Este pueblo se ha limpiado alrededor, pero no ha sido gracias a la administración, sino a la junta vecinal que se ha puesto manos a la obra», comenta un habitante a OkDiario que asegura que los medios de prevención oficiales llegaron tarde o fueron insuficientes. Otros vecinos se quejan de la contradicción en la actuación de las autoridades: «Hace un mes me multaban por desbrozar y ahora me dirían que saliera corriendo a hacerlo. ¿En qué quedamos?».

La frustración se transforma en indignación cuando se habla de las limitaciones impuestas por normativas ecológicas. Una vecina lo resume con crudeza: «Los ecologistas no permiten cortar ni una rama, ni recoger hierba seca, y eso es lo que ha convertido este paraíso en un polvorín». Otro residente abunda en la misma línea: «Todo prohibiciones y trabas. Si hubiéramos podido limpiar como antes, no estaríamos ahora rodeados de fuego».

El drama se hace visible en las noches en vela que muchos han pasado vigilando el horizonte. «A las tres y media de la madrugada todo el cielo estaba rojo. Caminabas por el pueblo y parecía que las llamas estuvieran encima», relata un vecino. Otra mujer describe la impotencia generalizada: «Lo más duro es sentir que pasan los días y nadie te da información, y que de repente las llamas se acercan a tu casa y piensas: estoy perdiendo mi vida entera aquí mismo».

A pesar del riesgo, la mayoría se niega a abandonar sus hogares. «Las casas tienen que defenderlas sus dueños, y si hay que dar la vida por ellas, se da. Igual que se da por cualquier otra cosa», afirma con determinación un residente.

Tampoco falta la denuncia sobre el impacto en la fauna: «Aquí había osos, ciervos, jabalíes… ¿dónde están ahora? ¿Quién ha pensado en ellos? Todo arde y los que dicen proteger el medio ambiente brillan por su ausencia».

Los vecinos critican que quienes redactan normativas desde los despachos no conocen la realidad del campo. «Siempre es un no cuando pides permiso para limpiar o desbrozar. No están aquí y no ven lo que pasa», señalan. Reclaman que las juntas vecinales y los alcaldes tengan más voz en la gestión de los montes. «Hace falta regulación, no prohibición. Una gestión compartida, no decisiones unilaterales», resume uno de los afectados.

La indignación alcanza incluso a las restricciones en la vida diaria: «Estamos cansados de ver helicópteros vigilando a ciclistas o a gente con motos por el monte. Un día quise organizar una prueba deportiva y me dijeron: ‘¿Qué pintan las bicicletas en el monte?’ Pues claro que pintan, el monte es para vivirlo».

Al final, la sensación común es la de un abandono institucional que contrasta con la voluntad de los vecinos de seguir cuidando su entorno. Como concluye un habitante: «Conservar está bien, pero también tenemos que poder vivir y disfrutar de estos montes. La política actual es tan absurda que ni protege ni deja vivir».

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