El Gobierno de Canadá ha abandonado definitivamente las negociaciones para un acuerdo de libre comercio con China tras la contundente advertencia del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de imponer aranceles del 100% a todos los productos canadienses si Ottawa avanzaba en un pacto con Pekín.
El primer ministro canadiense, Mark Carney, confirmó este lunes que su Ejecutivo no tiene intención de seguir adelante con ningún acuerdo comercial con China ni con otros países considerados «economías no de mercado». En declaraciones a la prensa, recordó que Canadá está sujeta a los compromisos adquiridos en el marco del USMCA —el tratado comercial con Estados Unidos y México—, que obliga a notificar y limitar este tipo de acuerdos estratégicos.
Hasta hace apenas unos días, Canadá y China habían alcanzado un entendimiento preliminar para rebajar aranceles en sectores concretos. El acuerdo contemplaba, entre otros aspectos, un trato preferencial para los vehículos eléctricos chinos y menores barreras para productos agrícolas canadienses como el aceite de semilla de canola. Analistas interpretaron ese movimiento como un giro relevante en la política canadiense hacia Pekín, especialmente después de que Ottawa impusiera fuertes aranceles a los automóviles chinos en 2024 en coordinación con Washington.
La reacción de Trump fue inmediata. El pasado 24 de enero, el presidente estadounidense advirtió públicamente de que cualquier acuerdo entre Canadá y China convertiría al país vecino en una puerta de entrada para los productos chinos al mercado norteamericano, algo que Washington no está dispuesto a tolerar. El secretario del Tesoro, Scott Bessent, reforzó ese mensaje al afirmar que Estados Unidos no permitirá que Canadá actúe como canal para la penetración de mercancías chinas subvencionadas.
Las tensiones se vieron agravadas por un discurso de Carney en el Foro Económico Mundial de Davos, donde alertó contra el uso de la «coerción económica» por parte de las grandes potencias, unas palabras que en Washington fueron interpretadas como una crítica velada a la política comercial estadounidense.
Ante el aumento de la presión, el primer ministro canadiense ha tratado ahora de restar importancia a los contactos con Pekín, asegurando que sólo pretendían resolver «problemas acumulados en los últimos años» y que cualquier paso dado era compatible con los compromisos asumidos con Estados Unidos.
No obstante, Carney arrastra desde hace tiempo críticas por su supuesta cercanía a los intereses chinos. La oposición conservadora le acusa de mantener vínculos financieros y políticos con el régimen de Pekín y de no garantizar una posición firme frente a una potencia considerada estratégica y hostil por Washington.
Con esta rectificación, Canadá opta por alinearse plenamente con Estados Unidos y enterrar, al menos por ahora, cualquier intento de acercamiento comercial a China, en un contexto de creciente confrontación económica y geopolítica entre las grandes potencias.