El presidente de EEUU, Donald Trump, ya se plantea enviar fuerzas especiales a Venezuela para atrapar o incluso asesinar a Maduro, según señalaron varios funcionarios estadounidenses. Esta posibilidad forma parte de un abanico más amplio de operaciones que Washington estudia, entre ellas la ocupación de infraestructuras petroleras estratégicas del país sudamericano. La presión militar norteamericana en el Caribe —con unos 15.000 soldados desplegados y presencia naval reforzada— ha devuelto el conflicto venezolano al primer plano internacional y ha puesto a prueba la red de apoyos con la que el chavismo ha sobrevivido durante años.
La oposición venezolana lleva tiempo instando a los mandos militares a desmarcarse del líder bolivariano, pero quienes conocen de cerca la estructura interna del chavismo consideran improbable una ruptura. Aseguran que los años en los que Maduro ha depurado disidencias y estrechado los mecanismos de control hacen muy difícil que el ejército se fracture, incluso ante un escenario de intervención extranjera.
Mientras tanto, Caracas ha reforzado las medidas de protección alrededor del presidente. Según una fuente vinculada a las Fuerzas Armadas venezolanas, el mandatario ha incrementado el número de escoltas cubanos y ampliado la presencia de agentes de contrainteligencia procedentes de La Habana en puestos clave del aparato militar. Para el círculo más cercano de Maduro, los oficiales cubanos representan un respaldo experimentado y fiable, especialmente útil en un momento de máxima tensión.
La cooperación con Cuba es sólo una de las alianzas que han apuntalado al chavismo desde la era de Hugo Chávez. Irán, por ejemplo, proporcionó ingenieros y asistencia técnica que evitó el colapso definitivo del sector petrolero durante los años de mayor crisis económica. Rusia, por su parte, ayudó a sortear las sanciones estadounidenses garantizando la salida del crudo venezolano hacia mercados alternativos, mientras que China mantuvo líneas de exportación abiertas y continuó comprando petróleo, incluso después de frenar la concesión de nuevos préstamos.
Sin embargo, el valor estratégico de Venezuela ha disminuido notablemente para sus socios. La caída del PIB desde 2014 convirtió al país en un cliente poco fiable, con una capacidad de pago cada vez menor. Al mismo tiempo, La Habana, Moscú y Teherán enfrentan sus propias crisis económicas, conflictos internos o limitaciones geopolíticas que reducen su margen de maniobra exterior.
La situación es especialmente visible en la relación con Rusia. Aunque el Kremlin firmó recientemente un vago acuerdo de «cooperación estratégica», no ha prometido recursos adicionales para sostener al chavismo. Los analistas rusos recuerdan que Moscú ya se mantuvo al margen este año cuando sus aliados en Siria e Irán fueron atacados, lo que pone de manifiesto los límites de su capacidad de proyección global. En octubre, un avión militar ruso aterrizó en Caracas, generando especulaciones sobre un posible envío de técnicos o repuestos; pero Rusia evitó comentar el viaje, como ya hizo en un episodio similar en 2019.
Estados Unidos, por su parte, ha calificado a Maduro como jefe de una organización criminal y de un régimen ilegítimo, vinculándolo directamente con actividades de narcotráfico. Trump ha pasado en pocas semanas de insinuar un ataque inminente a sugerir canales diplomáticos, aunque siempre recordando que «hay que ocuparse de Venezuela». En Washington y en Caracas existe consenso: el ejército venezolano no podría resistir un enfrentamiento convencional con EEUU.