Donald Trump honra la figura de Cristóbal Colón y el legado español. A diferencia del Partido Demócrata, que permitió durante meses el derribo de estatuas dedicadas a personajes históricos que descubrieron América, la Administración del presidente de Estados Unidos está restaurando su presencia en el imaginario público. En su reciente proclamación con motivo del Día de Colón, el exmandatario ha recordado que «los radicales de izquierda vandalizaron sus monumentos, mancharon su carácter y trataron de exiliarlo de los espacios públicos». Trump ha propuesto incluso incluir al navegante genovés en su futuro Jardín Nacional de Héroes Estadounidenses, una iniciativa con la que pretende rendir homenaje a las figuras que forjaron la identidad del país.
Cinco años después de la ola de protestas de 2020, las estatuas de Colón que fueron destruidas o retiradas en medio del furor iconoclasta han comenzado a reaparecer en distintos puntos del país, aunque lejos de las plazas principales que antaño ocuparon. Una de las más emblemáticas, la de Richmond (Virginia), fue rescatada del fondo de un lago y minuciosamente restaurada. Aquel monumento de bronce, que durante casi un siglo se alzó en un parque público, terminó siendo arrastrado por los manifestantes y cubierto de pintura roja. Hoy, tras un largo proceso de limpieza y reparación, vuelve a exhibirse en la sede de los Hijos de Italia, una sociedad cultural de Blauvelt, en el estado de Nueva York.
La recuperación de esta escultura fue un proyecto comunitario financiado íntegramente con donaciones privadas. El profesor jubilado Frank Papik, experto en soldadura, dedicó semanas a retirar las capas de pintura y a reparar los daños estructurales, mientras el escultor local Paul DiPasquale aplicaba una nueva pátina protectora. «Nos sentimos orgullosos de haber devuelto la dignidad a una obra que representa a un símbolo de identidad para los inmigrantes italianos», explicó John Corritone, presidente de la Asociación Cultural Italoestadounidense de Virginia, impulsora de la restauración.
La estatua de Colón en Richmond fue una de las primeras víctimas de las revueltas de 2020. Manifestantes enfurecidos la derribaron con cuerdas, quemaron una bandera estadounidense sobre ella y la arrastraron hasta un lago cercano. Poco después, otros monumentos dedicados a figuras confederadas, como Jefferson Davis, corrieron la misma suerte, lo que intensificó el debate sobre la memoria histórica en Estados Unidos.
Boston y Baltimore también fueron escenarios de aquel frenesí iconoclasta. En la capital de Massachusetts, la estatua de mármol de Colón fue decapitada por segunda vez en su historia y posteriormente entregada a los Caballeros de Colón, que la trasladaron al jardín de una iglesia. En Baltimore, los restos destrozados del monumento fueron recuperados y utilizados para fabricar una réplica. En ambos casos, la comunidad italoestadounidense desempeñó un papel clave en la reconstrucción y conservación de las piezas.
El historiador Matthew Restall, autor de The Nine Lives of Christopher Columbus, considera que estas esculturas «no son simples monumentos, sino objetos vivos cuyo significado cambia con el tiempo». A su juicio, cada generación reinterpreta la figura del navegante según sus propias sensibilidades, lo que explica que su imagen haya pasado de símbolo de orgullo étnico a objeto de controversia.
En 2020, tras el asesinato de George Floyd, más de una treintena de estatuas de Colón fueron derribadas o retiradas de espacios públicos en apenas cuatro meses. Hoy, la mayor parte de ellas han encontrado refugio en instituciones privadas, clubes sociales o templos religiosos. En Chicago, tras una larga batalla judicial, las autoridades municipales acordaron ceder una de las esculturas a un museo italoestadounidense que está en proceso de creación.
Para algunos historiadores indígenas, como John Low, miembro de la Banda Pokagon de Indios Potawatomi, el retorno de las estatuas a espacios privados es una solución aceptable siempre que no implique gasto público. «Cada grupo tiene derecho a preservar su herencia cultural, pero no en terrenos públicos y no con dinero del contribuyente», subraya.