«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
la inviabilidad económica de un modelo sostenido a base de subvenciones

El coche eléctrico pierde la carrera en EEUU: General Motors despide a 3.300 empleados

Planta de General Motors en Arlington (Texas)

El sueño del coche eléctrico en Estados Unidos se ha estrellado contra la realidad. La llamada «transición verde», impulsada por la anterior Administración de Joe Biden como si fuera una revolución inevitable, empieza a mostrar grietas profundas. Lo que hace apenas unos meses se presentaba como el futuro incuestionable de la movilidad ha terminado chocando con la falta de entusiasmo de los consumidores, los altos costes de producción y la retirada de incentivos fiscales. El resultado: los grandes fabricantes recalculan sus planes a contrarreloj.

General Motors (GM), uno de los emblemas de la industria automovilística estadounidense, ha sido el último gigante en rendirse a la evidencia. La compañía ha anunciado un severo plan de reestructuración que afectará a 3.300 trabajadores y obligará a paralizar parte de su producción de vehículos eléctricos y baterías. El ajuste, que alcanzará varias plantas estratégicas del país, refleja el desplome de la demanda y la desconfianza creciente en un modelo que, lejos de consolidarse, atraviesa su primera gran crisis.

El fabricante ha confirmado el despido inmediato de 1.750 empleados, de los cuales 1.200 pertenecen a la planta de vehículos eléctricos próxima a Detroit y otros 550 a la de baterías Ultium Cells en Ohio. A estas cifras se suman 1.550 trabajadores que pasarán a un paro técnico mientras las líneas de producción de baterías en Ohio y Tennessee permanecen cerradas desde enero hasta, al menos, mediados de 2026.

El viraje de General Motors no se debe a una decisión ideológica, sino a la fría lógica del mercado. Dos factores han sido determinantes: la eliminación del crédito fiscal federal de 7.500 dólares, que servía como principal incentivo para la compra de coches eléctricos, y el relajamiento de las normas medioambientales que presionaban a las empresas a acelerar su transición impulsado por Donald Trump. Sin subsidios y con menos exigencias regulatorias, el interés por los vehículos eléctricos se ha desplomado.

Ford, su gran rival histórico, también ha aplazado varios de sus proyectos más ambiciosos, mientras Tesla —símbolo por excelencia de la movilidad eléctrica— ha reconocido públicamente una desaceleración en su ritmo de crecimiento. Lo que parecía una carrera imparable hacia el coche eléctrico se ha transformado en un frenazo colectivo.

Pese al revés, la dirección de General Motors asegura que mantiene su apuesta de fondo por la electrificación. La empresa confía en reanudar la actividad de sus dos plantas de baterías en el verano de 2026. Sin embargo, el mensaje que deja esta crisis es claro: el entusiasmo verde se ha topado con la resistencia del consumidor medio y con la inviabilidad económica de un modelo sostenido a base de subvenciones.

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