En Nueva York pasó lo que tenía que pasar: que, como sucede siempre, el socialismo funciona más o menos hasta que se acaba el dinero. Zohran Mamdani, el alcalde musulmán y comunista de la mayor ciudad de Estados Unidos, ha reconocido un agujero multimillonario en las cuentas públicas —entre 5.000 y más de 7.000 millones de dólares— y, lejos de anunciar un plan de ajuste, ha optado por una receta conocida: más gasto, más impuestos y contabilidad creativa.
El Ayuntamiento estudia retrasar durante décadas pagos obligatorios a los fondos de pensiones, trasladando el problema a futuras administraciones. Es decir: gastar hoy, cargar la factura a quienes aún no votan. La cifra no es menor: hasta 1.000 millones de dólares en obligaciones diferidas hacia la década de 2040.
La maniobra recuerda peligrosamente a las prácticas que llevaron a Nueva York al borde de la bancarrota en los años setenta. Entonces, como ahora, el problema no era la falta de recursos, sino el uso político de los mismos.
Pero lo más significativo no es cómo intenta cuadrar las cuentas. Es en qué decide gastar. En plena crisis fiscal, Mamdani ha impulsado un programa de «participación ciudadana» que incluye la contratación de personal con salarios de seis cifras, con un coste total cercano a los dos millones de dólares, según reveló el New York Post.
El esquema nos suena: financiar, no servicios esenciales o infraestructuras críticas, sino chiringuitos para los amigos, activismo institucional sufragado con dinero público. Y llega la tormenta perfecta, y perfectamente previsible: déficit disparado, obligaciones aplazadas y aumento del gasto en aparato ideológico.
Al mismo tiempo, el alcalde lanza una ofensiva fiscal contra quienes sostienen el sistema. Su propuesta de nuevos impuestos sobre propiedades de lujo —los llamados pied-à-terre— ha encendido todas las alarmas en el sector empresarial. Nueva York depende de forma desproporcionada de sus contribuyentes de altos ingresos, responsables de una parte sustancial de la recaudación. Presionar a ese grupo no es solo una decisión política: es un riesgo estructural.
Y ese riesgo ya empieza a materializarse. Grandes patrimonios y empresas estudian trasladar su actividad a estados con menor presión fiscal, como Florida. El mensaje es claro: cuando el coste de quedarse supera al de marcharse, el capital se mueve. Mamdani lo ha ignorado, para su mal y el de los neoyorquinos.
El alcalde ya ha empezado a pedir ayuda fuera. Mamdani ha reclamado abiertamente más dinero al Gobierno estatal de Nueva York —controlado por su correligionaria del Partido Demócrata Kathy Hochul— para cubrir el agujero presupuestario, en lo que en la práctica equivale a una solicitud de rescate político.
Hochul ha rechazado varias de sus propuestas fiscales y ha recordado que el Estado ya ha transferido miles de millones a la ciudad, incluyendo paquetes de ayuda superiores a los 1.500 millones de dólares. Nueva York gasta como si no hubiera mañana y aspira a que otros paguen la cuenta.
La tensión ha llegado al punto de que el propio alcalde ha solicitado retrasar la presentación del presupuesto municipal mientras intenta cerrar nuevas vías de financiación externa. En otras palabras: no cuadran las cuentas, y tampoco cuadran los tiempos.
Mientras tanto, los organismos independientes empiezan a advertir. Agencias de calificación y analistas fiscales ya alertan del riesgo de deterioro en la solvencia de la ciudad si continúa esta deriva de gasto diferido y dependencia de ingresos inciertos.
El alcalde se escuda en la excusa de todos los malos gobernantes: la «herencia recibida». Sus predecesores, dice, le dejaron las arcas vacías. Tenga o no razón, su respuesta ha sido la peor posible: no gestionar una situación crítica, sino utilizarla como coartada para acelerar su agenda ideológica. Nueva York ya ha visto esta película. Empieza con gasto descontrolado, sigue con ingeniería contable y termina con una ciudad que descubre, demasiado tarde, que el dinero no era infinito. Esta vez, además, con un detalle añadido: quienes pueden pagar la factura ya están haciendo las maletas.