«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Confesatio non petita…

28 de abril de 2026

El mismo día del atentado, en Antena Tres, a la que parece que Trump debe dinero, daban la noticia de que 30 psiquiatras pedían apartarle de la presidencia por su salud mental. El que lo intentó no era psiquiatra sino otro imitador de Unabomber que escribió un manifiesto tostón en el que llamaba a Trump pedófilo y violador, como le han estado llamando últimamente hasta profesores de universidad y personas otrora razonables. Es la línea Epstein, encarcelado con el presidente Trump, quien además desclasificó sus papeles.

Esto ya lo vimos cuando Charlottesville, origen de otro bulo demencial. La reunión, que contaba con el KKK, estaba infiltrada y casi organizada por el SPLC, organización izquierdista que vive de decir que viene el lobo. La prensa colaboró omitiendo las palabras de Trump en las que se desmarcaba de los supremacistas.

Por supuesto, nadie culpa del atentado a esa retórica occidental contra Trump, mezcla de manipulación periodística, odio ideológico y delirios psicóticos. La culpa del atentado, del tercero, sería de las armas y de la «violencia política». Los líderes mundiales, que siempre hacen el comunicado conjunto, decían todos que «la violencia política no tiene lugar en democracia». Y la violencia política es culpa de la polarización y del odio… ¿y quién es responsable de eso en último término? Trump.

El problema es otro. Es la violencia política de izquierdas y la demonización personal y política de Trump por parte de la izquierda  y del globalismo, que en Europa va desde la izquierda al centro pasando por la derecha-sociedad abierta que diría Camacho.

La «violencia política» es una forma indirecta de culpar al propio Trump. Otros, y ya lo vimos con Kirk, le consideran directamente responsable. En RNE lo iban a estudiar con una investigadora del Instituto Elcano. Les intriga también cuánto pueda beneficiar esto al propio Trump. En ElMundo se lo preguntaron a un experto. Un atentado está pensado para acabar con alguien, no para que salga fortalecido.

Esto nos lleva a una de las nuevas formas de afrontar la violencia: negarla.

La falta de aciertos de los lobos solitarios está inaugurando una línea que ya no consiste en culpar a Trump sino en quitarle la condición de víctima y darle la de actor. Todo sería un teatro para mejorar su baja popularidad. Los atentados se fingen. Esto lo sugirió Espinar, un hijo de la Black. Pero no solo es una cuestión de cabecitas locas, lo dejó caer todo un Diego Fusaro, que se supone pensador. Quizás sea la izquierda, algo propio de la izquierda. Una cierta actitud hacia la violencia. En este punto se da la mano con la Conspiración. ¿Por qué algunas veces aciertan en los magnicidios y otras no?, se preguntan ya en el éter sin hechos. ¿No será qué…?

Una articulista de ElPaís empezaba por ahí: «No pretendo ser conspiranoica, pero si a Donald Trump quisieran matarle, ya le habrían matado»… Lo interesante ni siquiera es ver la conspiranoia encaramada en el diario de las élites, sino la aparición de algo novedoso, una confesión nueva (y desde luego non petita) en el periodismo español: «No le deseo la muerte, pero sí la cárcel y sobre todo el silencio» (ojo, una cárcel de mutismo, que esté en la cárcel y callado… vamos, un Ortega Lara).

En el ABC otro hombrecillo insistía: «Me alegro de que Trump siga vivo». Y por ahí iba la tertulia de Alsina en Onda Cero. Un sincero tertuliano abría el melón: «¿me hubiera alegrado yo de que lo hubieran matado?». «Hombre, esa duda te entra», respondía otro. «Siempre se puede poner el ejemplo de Hitler» (los famosos crematorios de Mar-a-Lago). El mundo hubiera sido mejor sin él. Y Amón, presente, concluía que se puede desear la muerte geopolítica de Trump, o desearla geopolíticamente. ¿Pero eso no sería entonces violencia política, la culpable de todo?

No. no. Amón matizó: «Deseamos que a Trump le dé un infarto». Lo que me hace recordar el comentario de otro analista el día que a Trump le diagnosticaron el Covid: «por fin una buena noticia de la Casa Blanca».

En resumen: no han matado a Trump porque no han querido, no porque no se lo mereciera. Y en caso de que hubieran acertado, aun habiendo razones para alegrarse, políticas y geopolíticas, ellos no lo hubieran hecho. Solo si mediara causa natural. El colesterol, una mala gripe o un resbalón en la ducha. Que no haya culpable, pero sobre todo, que no haya víctima, que nada ennoblezca al muerto. Quitarle lo magno al magnicidio.

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