Hay una modalidad que se expande en el periodismo occidental y que consiste en cubrir las guerras con la misma profundidad analítica con que se cubre el clima del fin de semana. Un mapa vago, un «experto» convocado a las apuradas, tres datos sueltos y una conclusión que ya estaba escrita antes de que empezara el segmento. Resulta sorprendente la cantidad de gente que opina sin comprender cómo se desarrollan las campañas militares, ni ha leído, aunque sea en los manuales de historia de la escuela, cómo son las estrategias, la coordinación de los planificadores o la mente de quienes dirigen la guerra.
De haber podido, estos mismos opinólogos habrían pronosticado un contundente fracaso de Alejandro Magno basándose en el costo de la comida de los elefantes, y habrían despreciado las dotes militares de San Martín, considerando que lanzar una campaña en simultáneo para cruzar la cordillera era demasiado ambicioso y seguramente el general no sabía que en la zona había montañas. Hoy, el derrotismo que embarga a los medios tradicionales (fogoneado por horas de pantalla en las que los conductores tienen que decir algo, cualquier cosa para sostener los programas) está alcanzando niveles delirantes. Lo que cambió en las últimas semanas es que esa superficialidad se volvió militante. El mundo está siendo sometido a una bruma de desmoralización, ignorancia histórica y alarmismo, no porque sea una conspiración sino que es el resultado de años de decadencia.
Recién lleva unos pocos días la «Operación Furia Épica», y la narrativa es que se está repitiendo la Guerra de Vietnam. Lo que los medios tradicionales no parecen estar dispuestos a decir es que la campaña conjunta estadounidense-israelí para neutralizar a la República Islámica ha sido, en sus primeras semanas, quizás la operación militar a gran escala más eficiente y exitosa de las últimas décadas, habiendo alcanzado ya la mayoría de sus objetivos.
Los planificadores militares israelíes y estadounidenses llevan años estudiando este tablero. Cada guerra, desde el principio de los tiempos, ha sido una lección que los generales han tomado para emprender la siguiente. La guerra es una biblioteca dinámica, con buenos y malos lectores, claro. Pero no es una foto. Cada apelación a guerras como Vietnam, Afganistán o Irak (que parecen ser las únicas guerras que EEUU libró, porque son las únicas citadas) desconoce que el ejército más poderoso de la Tierra ha aprendido también de ellas.
La guerra es mucho más que lo que un productor jr. le escribe a un presentador de tv, basado en lo que leyó en tiktok. Sin embargo, los medios de comunicación tradicionales desbordan de tropos derrotistas: proclaman que todo es un gran error, que los ayatolas preparan una jugada maestra de último minuto, mientras que en EEUU e Israel ya se siente “el desgaste” (Nota: el efecto “desgaste” sólo parece existir en occidente, el resto del mundo no se desgasta).
La Operación Furia Épica está trastocando la narrativa utópica antibelicista, propagada por quienes creyeron en el «apaciguamiento» de las bestias, por propagandistas antioccidentales, por fanáticos antiisraelíes, lobistas de los BRICS y del PCCH y por las, podridas hasta el tuétano, Naciones Unidas, que durante décadas han difundido pronósticos inhabilitantes que sólo sirvieron para perpetuar por casi medio siglo al régimen de Irán. Aupados en estas corrientes de pensamiento, se construyó la narrativa del Irán todopoderoso.
Sin embargo, en cuestión de días, Estados Unidos e Israel se adueñaron por completo del espacio aéreo iraní, reduciendo a escombros los sistemas de defensa suministrados por China y Rusia. Se desmanteló la infraestructura militar de Irán de raíz, barriendo con sus centros de control y plantas de fabricación hasta extinguir cualquier vestigio de una jerarquía castrense real. De hecho, a efectos operativos, la Fuerza Aérea y la Armada iraníes han dejado de existir.
La destrucción ha sido quirúrgica y abarcativa, aniquilando casi todas las instalaciones de la industria de defensa, sin perdonar los centros de ciencias aplicadas ni la maquinaria de construcción de doble uso civil y militar. El inventario de lo arrasado no deja margen para el relato mediático: fábricas de electrónica militar, de drones, de defensa aérea, de maquinaria de construcción, centros de producción de satélites de inteligencia, nodos logísticos y administrativos militares.
Uno de los objetivos más importantes ya es un hecho: se impidió que los ayatolas obtuvieran un arsenal de misiles balísticos y alcanzaran un nivel de inmunidad que habría hecho el conflicto mucho más letal. Las fuerzas Basij que controlaban las calles han sido cazadas, gracias a los datos brindados por los mismos iraníes. Los bombarderos B2 lanzaron bombas antibúnker que hicieron que el terreno bajo Teherán se esté desmoronando. De los miles de drones y los cientos de misiles balísticos y de crucero disparados contra países vecinos desde el inicio de la guerra, la inmensa mayoría han sido interceptados. En los últimos días, la frecuencia de los lanzamientos ha disminuido hasta en un 90%, lo que sugiere un colapso en las reservas, los lanzadores y la cadena de mando. Ninguna nación BRIC acudió en ayuda de los ayatolas, para colmo, el régimen ha lanzado misiles contra varios de sus miembros.
La cuestión del estrecho de Ormuz nos ha regalado una nueva clase de expertos mediáticos que aseguran, con una falsedad absurda, que el presidente Trump calculó mal y no previó el cierre del paso, ignorando que el Pentágono lleva más de 40 años evaluando esta amenaza y delineando la estrategia que sustenta las operaciones estadounidenses. A pesar de los pronósticos catastrofistas, las acciones sobre el estrecho no representan el fin del comercio mundial ni un escollo insalvable; de hecho, desde mucho antes del 28 de febrero ya se evaluaban planes de contingencia. Por supuesto, las soluciones no son mágicas ni inmediatas, la vida no es un reel.
Pero lo más importante: Quienes sólo ven los inconvenientes logísticos relativos a las tensiones en Ormuz, olvidan cuál era la alternativa. ¿Debería Trump ceder en una guerra en la que está triunfando para evitar la volatilidad del precio del petróleo? Esta ceguera analítica es propia de comentaristas que a duras penas habrían podido ubicar a la isla de Kharg, el eje central por donde pasa casi el 90% del crudo iraní que está en la mira de Trump. Por eso, lejos de ser una jugada maestra de los menguantes ayatolas, cerrar Ormuz es una señal de desesperación, una maniobra que perjudica por sobre todo a la propia República Islámica al obstaculizar sus importaciones de alimentos y exportaciones petroleras.
Otro aspecto sorprendente es la credibilidad que se da a las declaraciones que salen de Teherán. A pesar de que la jerarquía del régimen es un hormiguero pateado, se otorga gran verosimilitud a las inefables amenazas del régimen iraní, sin mostrar en contexto la incompetencia expuesta por el mismo régimen que fracasó estrepitosamente desde el primer ataque que sorprendió al ayatolá descansando en su residencia y a sus altos mandos reunidos a pocos metros como de costumbre. De ahí en más todo ha sido un desastre.
Quienes quieren convencer a su audiencia de que el liderazgo de Irán sigue intacto omiten la lisérgica escena transmitida por el mismísimo régimen en la que se presentó al nuevo líder encarnado en un muñeco de cartón. Un involuntario paso de comedia que hizo del régimen un hazmerreír peor que la pomposa imbecilidad que mostraba Maduro en sus últimas apariciones.
El régimen puede seguir poniendo reemplazos para sus mandos caídos, pero eso no significa que los reemplazantes tengan las condiciones mínimas para el cargo (a veces ni siquiera están vivos). La idea de que Irán se está guardando «algunas sorpresas», es una manipulación tan absurda como simplista. ¿Quién estaría guardando esas «sorpresas»? ¿Qué alto mando misterioso teje en las sombras planes magistrales mientras todo el gobierno colapsa? Quienes creen estas enrevesadas teorías no se percatan de que cuanto más daño sufre el régimen, menos probable es que oculte algo o que alguien pueda ejecutar esos secretos planes.
Porque lo cierto es que mucho antes del 28 de febrero, el andamiaje de este proyecto teocrático ya se devoraba a sí mismo. A lo largo de medio siglo, tanto la sociedad iraní como buena parte de la comunidad internacional entendieron el verdadero significado de «la revolución». Puertas adentro, se transformó en una tiranía brutal que implicó fusilamientos en masa, tortura sistemática y una opresión asfixiante bajo la excusa de blindar el dogma revolucionario.
Más allá de sus fronteras, la estrategia consistió en sembrar y financiar un ecosistema ultraviolento de proxies regionales, todos unidos por un fanatismo profundamente judeófobo y antioccidental. Para lograrlo, la tiranía islámica dilapidó miles de millones de dólares en el sostenimiento y expansión de un enjambre de milicias terroristas a lo largo y ancho de Medio Oriente, e incluso en otras latitudes. Simultáneamente, la casta clerical y las cúpulas de la Guardia Revolucionaria se adueñaron del aparato productivo del país para fugar capitales.
Hoy, el plan teocrático más expansivo del siglo pasado, rige sobre la sociedad más laica de toda la región. El colapso del régimen es un hecho ineludible. A la teocracia no le queda un destino que no sea su extinción definitiva. El terror que paralizaba las calles se ha evaporado, la gente siente que ya no le queda nada que perder. El punto de no retorno ya quedó atrás para siempre.
Nadie sabe qué clase de país surgirá después de que caiga esta dictadura. Como pasa siempre en estos casos, lo que sigue será caótico y costoso. La guerra siempre es cruenta y está llena de incertidumbre, y, como decía un gran profesor de historia militar, a veces Nike quiere y a veces Nike se encapricha. Pero la narrativa de que esta guerra es caprichosa, improvisada o ilegal es un engaño deliberado que absuelve a la República Islámica de sus crímenes y borra de la memoria colectiva sus objetivos más oscuros.
Existe una obstinada negativa a afrontar lo que está en juego en este escenario. Da la impresión de que algunos incluso desearían que Estados Unidos e Israel perdieran para poder decir que tenían razón. Hay un descontrolado desprecio antioccidental disfrazado de pacifismo que está intoxicando la forma en la que se cubre Furia Épica.
El problema no es que EEUU no tenga un plan, sino que sus detractores no poseen la capacidad para entenderlo. O algo peor: su resentimiento visceral por Occidente no les permite admitir que afortunadamente esta vez los malos están perdiendo.