El 28 de febrero, Estados Unidos e Israel lanzaron una operación conjunta contra Irán. En cuestión de horas, el líder supremo Jamenei había muerto. Una semana después, el éxito de la operación se demuestra minuto a minuto, sin embargo, muchas personas que no siguen los vaivenes de la geopolítica global, y particularmente las tensiones de Medio Oriente, se preguntan el porqué de esta guerra. Ver tanta gente que dice que EEUU se mete en un conflicto que no le incumbe, o que «Israel obligó a EEUU a entrar en la guerra», o que sin esta operación se podría haber mantenido a la región y al mundo en «calma» es sorprendente. Abundan las versiones, las opiniones encontradas, la ideología tertuliana y la desinformación. Pero la respuesta más profunda de por qué Trump tomó esta decisión y en este momento, más allá de estar haciendo una corrección a décadas de relaciones diplomáticas fallidas frente la amenaza que representa Irán, hay que buscarla en la amenaza china.
Los ayatolás, astutos desde la era de Carter, supieron instrumentalizar estas culpas occidentales. Esta trayectoria de permisividad culminó en el acuerdo nuclear de 2015, un pacto que no sólo oxigenó las finanzas del régimen, sino que le otorgó una inmunidad estratégica frente a sus rivales locales.
Es cierto que la República Islámica de Irán siempre ha sido enemiga de Estados Unidos. Sin embargo, Washington optó por la tolerancia durante décadas, condicionado por el miedo a la inestabilidad, las influencias de los crecientes electorados musulmanes tanto en EEUU como en los países aliados, el trauma mediático de las intervenciones en Irak y Afganistán. A esto se sumó el auge de narrativas woke que señalaban al «imperialismo» estadounidense como el culpable de todo mal regional. Los ayatolás aprendieron a gestionar estas y otras debilidades narrativas desde el comienzo de su revolución, desde los albores del gobierno de Carter, hasta llegar a momentos absurdos como los que dieron luz al acuerdo nuclear de 2015; que en definitiva significó un paraguas de apoyo al régimen no sólo económico sino de protección respecto de sus vecinos.
Como ocurrió mil veces desde mediados del siglo pasado, la arrogancia occidental fue incapaz de entender las intenciones de Irán, y no porque no fueran expresadas con claridad meridiana. El régimen terrorista de los ayatolás siempre tuvo como objetivo destruir el orden liderado por Estados Unidos, someter o aniquilar a los Estados árabes del Golfo, desaparecer a Israel y extender su poder y modelo a escala global. Irán simplemente se burló de Occidente, y se volvió más peligroso a medida que se integraba en un eje junto con China y Rusia, extendiendo su poder regional desde Irak hasta el Mar Rojo con su «Anillo de Fuego».
Hoy, mientras el concierto ¿heterogéneo? de políticos y analistas izquierdistas y progresistas, los aplaudidores de Pedro Sánchez y Dugin, los aislacionistas, los aintiisraelíes, los dolientes de Jamenei y los socialistas del siglo XXI llenan las horas de TV y streaming pronosticando delirios en loop, lo cierto es que el derrumbe del imperio de los ayatolás es un hecho que cambiará radicalmente el tablero en Medio Oriente, y que, lo más importante, encaja perfectamente en los planes estratégicos de Trump contra su mayor enemigo: China.
El Gobierno de Irán ha sido una herramienta fundamental en la gran estrategia china y el problema para Xi Jinping es que esta campaña militar estadounidense está inutilizando esa herramienta. Ya en junio de 2025, la Guerra de los 12 Días destruyó el mito de un Irán invencible. Luego, las multitudinarias protestas contra el régimen ganaron enorme lugar en redes sociales y posteriormente en los medios de todo el mundo, lo que aumentó el repudio mundial hacia la teocracia.
China ha invertido mucho para sostener al régimen y se ha empeñado en impedir su caída por varios motivos: China es el mayor importador de crudo del mundo y el principal comprador del petróleo iraní, lo que deja a Pekín expuesto a cualquier inestabilidad en el suministro. Las compras a Irán se hacen a precio regalado a través de la flota fantasma que opera sorteando las sanciones mundiales (este sistema es la principal razón por la que la República Islámica y Rusia no han quebrado). Así, Xi Jinping tiene energía barata en comparación con otros competidores del mercado y de paso se transforma en el sostén de una nación ubicada sobre el corredor energético más importante del mundo.
Teherán ha sido su socio y su rehén. La profundización de su relación económica tuvo lugar en 2021 durante la visita del ministro de Asuntos Exteriores chino, Wang Yi, con la firma de un acuerdo de cooperación de 25 años que comprometía a China a invertir cientos de miles de millones en infraestructura a cambio de un acceso continuo al suministro de petróleo iraní. En este marco se inscribe la construcción de un corredor ferroviario que conecta Qom con Yiwu.
Asimismo, se sustanció un contrato de millones de euros para equipos de red suministrados por ZTE Corp, con sede en Shenzhen, China, a la Compañía de Telecomunicaciones de Irán (TCI). TCI monopoliza los servicios de telefonía fija iraní, el tráfico de internet, más un sistema de vigilancia y de rastreo de ubicación a operadores móviles y proporcionando a los funcionarios iraníes herramientas de censura y persecución. Esta cooperación se ha ampliado para incluir cámaras de reconocimiento facial con asistencia técnica china. Gracias a esta asistencia, Irán pudo cortar internet, interferir las conversaciones entre los asistentes a las protestas, reconocer y perseguir a los participantes a quienes luego torturó y asesinó en masa durante las protestas de enero de 2026.
Pekín ha suministrado inteligencia crítica a Teherán, proporcionando desde datos en tiempo real sobre el despliegue de tropas estadounidenses hasta soporte satelital para los ataques hutíes contra intereses de Washington. A esto se suman envíos masivos de combustible químico para misiles. Paralelamente, los Emiratos Árabes Unidos y otras monarquías regionales han incorporado tecnología china en su infraestructura crítica. Siguiendo el modelo aplicado en África, las empresas de China están consolidando su presencia en el Golfo mediante la construcción de puertos, redes ferroviarias, sistemas de comunicación y ciudades inteligentes.
China ha gestionado con habilidad las inseguridades y desconfianzas del resto de los países de la región respecto de la amenaza iraní, para profundizar su propia diplomacia en el Golfo, presentándose como el único mediador capaz de contener a Irán. Los vaivenes recientes de Arabia Saudita se explican en esa clave, así como el acercamiento, vía Pekín, entre Riad y Teherán, responden a este cálculo estratégico. No obstante, la contundencia de la Operación Furia Épica ha provocado una reacción en cadena de ataques iraníes a sus vecinos que ha hecho saltar por los aires el equilibrio que China pretendía sostener. La ofensiva estadounidense ha destruido en días una arquitectura de influencia que a Pekín le tomó años edificar.
El plan es transparente: Washington entendió que cuanta más influencia tenga China sobre los Estados del Golfo, menos probable sería el apoyo de estas monarquías a EEUU en un eventual conflicto, por ejemplo en el Pacífico, con temas en disputa vitales como Taiwán, las exportaciones de semiconductores, etc. El éxito de una eventual respuesta estadounidense ante una crisis en Taiwán reside en un trípode de sanciones: finanzas, tecnología y comercio. El punto clave de este plan es la geopolítica del crudo; si los exportadores de energía no se pliegan a los intereses de la Casa Blanca, el sistema sancionatorio perdería su fuerza de choque justo en el momento más crítico.
Es por eso que Estados Unidos entra en esta operación mirando más allá de Irán. Con un Medio Oriente estabilizado en torno a relaciones de estrecha dependencia con EEUU, con la arquitectura de poder iraní desmantelada y sin control de su petróleo, Trump libera un poder de combate decisivo para el eventual escenario de choque entre los colosos.
Trump activó la Operación Furia Épica entendiendo que cada distracción en el Golfo es una concesión estratégica a Xi Jinping. Si China decide avanzar sobre la región, su mayor debilidad será su dependencia del petróleo importado por rutas marítimas patrullables. Sin embargo, si logra asegurar suministros con Irán y sus vecinos, el bloqueo naval estadounidense quedaría neutralizado. La batalla que más le importa a EEUU, la de su supremacía en el Pacífico, por tanto, se está librando hoy en Medio Oriente.
Son muchas las razones por las que la República Islámica ha sido el pilar central del orden regional que China construyó, y que ahora está desmoronando. Si se derrumba la República Islámica, se elimina el mayor obstáculo estratégico estadounidense, se expone la fragilidad de todas las relaciones con los clientes de Pekín y se libera a Estados Unidos para concentrarse en el Pacífico con una credibilidad renovada en el poder y la decisión de Trump. Credibilidad perdida, justo es decirlo, por las administraciones demócratas de los últimos años. Por eso toda la arquitectura del PCCh se basaba en que Trump no fuera elegido en 2024.
La Operación Furia Épica es la inversión necesaria para asegurar la retaguardia. Washington ha comprendido que gestionar a Teherán hoy es la única forma de liberar recursos mañana. Al alinear Medio Oriente bajo sus términos ahora, Estados Unidos elimina de la ecuación el riesgo de una crisis energética simultánea. Esta jugada permite que, cuando llegue el momento de la confrontación, el Pentágono pueda volcar todo su poderío sin el temor de que un Medio Oriente hostil actúe como un segundo frente que drene sus recursos.
El pacifismo infantil que hoy intoxica a los medios ignora la realidad cruda: la mayor ofensiva contra el entramado estratégico de China en el Golfo ha sido ejecutada por Israel, actuando como el brazo operativo de los intereses de Washington y bajo un cerco de censura internacional tan implacable como sesgado. El conflicto Irán-Israel no es más que el primer plato de una confrontación de colosos que llegará tarde o temprano. Si se elimina a la República Islámica de la ecuación, China pierde un peón fundamental en esta confrontación.
Israel ha cumplido con la labor de limpiar el terreno para Washington. Al hacerlo, ha dejado en evidencia la falacia del aislacionismo: el enemigo es mucho más frágil de lo que se creía y su caída no desata el caos, sino que consolida la hegemonía estadounidense. De paso, muestra que para que la confrontación con China sea exitosa, la vía dura contra sus aliados es el único camino. La salida de Irán y de Venezuela del juego estratégico redefine la competencia global. Desde la captura de Maduro hasta la Operación Furia Épica, el objetivo de Trump ha sido siempre el mismo: asfixiar a Pekín.