Parece el argumento inverosímil de un novelista de tercera, pero la ciudad más importante de Estados Unidos, la metrópoli cuyo nombre es sinónimo de capitalismo triunfante, Nueva York, ha elegido como alcalde a un musulmán radical y comunista, de origen indio y nacido en Uganda: Zohran Mamdani.
En la ciudad que sufrió el mayor ataque terrorista musulmán de la historia norteamericana él pertenece a la secta chií duodecimana y apoya a los terroristas yihadistas de Hamás y a su grupo matriz, la Hermandad Musulmana; en la población con más judíos después de Tel Aviv, es ferozmente antisemita; y en el centro mismo del capitalismo occidental defiende un programa abiertamente comunista.
Pero para que el «paquete» esté completo, Mamdani consigue lo imposible: combinar su radicalismo islámico con la postura más woke concebible. Su fe islámica no le impide, por ejemplo, hacer campaña en un conocidísimo club gay de la ciudad y contar con el apoyo entusiasta del colectivo LGTBI.
Su plataforma económica y social es un cajón de sastre de todas las desastrosas ideas de izquierda radical que han fracasado una y otra vez en todo el mundo, trayendo miseria y caos social, e incluyen transporte público gratuito, guarderías sin coste para todos, un salario mínimo de 30 dólares para 2030 y supermercados municipales, exprimiendo con impuestos exacerbados a «los ricos», que huirán de la ciudad.
Nada de esto puede funcionar, naturalmente, pero Mamdani tiene una garantía: históricamente, el Gobierno federal ha apoyado a los municipios con dificultades, lo que ha blindado con frecuencia a políticos como Mamdani de la responsabilidad por la mala gestión fiscal.
Mamdani resume en su persona una de las desconcertantes contradicciones que caracterizan nuestro tiempo: la extraña alianza de la izquierda radical y el islam. ¿Cómo puede el ala ideológica más volcada a todo lo novedoso y socialmente disolvente tener como aliado el ideario más retrógrado y autoritario? La respuesta está en lo que define la verdadera ideología de Mamdani, la llave para entenderle a él y a su éxito: el tercermundismo, un proyecto moral poscolonial nacido a mediados del siglo XX que redefinió la política como un levantamiento global contra la hegemonía occidental.
El ascenso imparable de Mamdani, naturalizado estadounidense hace no tanto, sería inexplicable sin un dato esencial: en torno al 40% de los habitantes de la Gran Manzana ha nacido fuera de Estados Unidos.
Y lo que representa Mamdani no es nuevo, es el triunfo de una derivada del marxismo que triunfó en Europa con los movimientos anticoloniales. Sus demenciales posturas sobre la vivienda, la policía —cuyo papel quiere reducir al mínimo— y Palestina no son sino una adaptación del antiimperialismo a la realidad de Nueva York. Así, el casero viene a ser el colonizador, mientras el inquilino se ve como el indígena oprimido. El Departamento de Policía de Nueva York se convierte en el ocupante. El islam, en este esquema, es menos una fe coherente y práctica que un símbolo de resistencia del oprimido.
Mamdani se apoya también en el antitrumpismo en una ciudad que, pese a ser la tierra natal del presidente, es desde hace tiempo un feudo demócrata, especialmente de su ala más radical.