El presidente de Estados Unidos, Donald Trump, ha anunciado que va a bajar hasta un 1500% el precio de los medicamentos con su decreto que obliga a las farmacéuticas a venderlos al mismo coste que en los países donde se comercializan más barato. La promesa refleja la estrategia política del mandatario: presentar medidas innovadoras para situar en el centro del debate el alto coste de los fármacos en Estados Unidos.
La ofensiva se ha materializado en una serie de cartas remitidas a 17 grandes laboratorios, entre ellos Pfizer, Sanofi, Novartis, Johnson & Johnson, AstraZeneca o Gilead. En ellas, la Casa Blanca exigía que el precio de los medicamentos para los estadounidenses no supere el de la llamada «nación más favorecida» (MFN), es decir, el país desarrollado que paga menos por ese mismo producto. El documento incluía además varias propuestas: eliminar intermediarios para que las compañías vendan directamente a los pacientes, impedir que los estados extranjeros consigan descuentos mejores que los ofrecidos en EEUU y emplear la política comercial para que los ingresos internacionales de las farmacéuticas sirvan para financiar recortes internos de precios.
En paralelo, Trump ha recordado la orden ejecutiva que firmó el pasado mayo, en la que acusaba a la industria de abusar de los ciudadanos estadounidenses. Según el texto, mientras el país tiene menos del 5% de la población mundial, aporta alrededor del 75% de los beneficios globales de las farmacéuticas. Para el presidente, ese «desequilibrio planificado» se explica porque los laboratorios rebajan precios en el extranjero a costa de elevarlos desmesuradamente en el mercado doméstico.
Las declaraciones del republicano —que llegó a hablar de reducciones del 500%, 600%, 1000% y hasta 1500%— se hicieron virales tras difundirse un vídeo en el que enumeraba porcentajes imposibles. “No vamos a bajar un 30, 40 o 50%, vamos a reducir como nunca antes habían soñado”, ha insistido. Sus críticos subrayan que estas cifras son más un recurso retórico que un plan viable, aunque reconocen que ha logrado atraer la atención hacia un problema real: los precios de los medicamentos en EE. UU. triplican de media los de otros 33 países ricos, según un informe publicado en RAND Health Quarterly.
El encarecimiento de los fármacos es una preocupación creciente para los estadounidenses, hasta el punto de que más de la mitad declara en las encuestas de KFF que teme no poder costear su tratamiento. En muchos casos no se trata de productos opcionales, sino de medicinas vitales para mantener la salud o la vida de los pacientes. Mientras tanto, las farmacéuticas han demostrado estar dispuestas a subir precios en cuanto cesan los subsidios públicos, como ocurrió con las vacunas de Pfizer y Moderna contra la Covid-19.
El trasfondo del problema va más allá de la política coyuntural. La concentración empresarial ha reducido la competencia, los elevados costes regulatorios han desincentivado la entrada de nuevos actores y la caída de la inversión pública en investigación ha frenado el desarrollo de alternativas. Todo ello ha generado un mercado rígido, donde el consumidor tiene escaso poder de negociación y donde las promesas de rebajas drásticas, como las de Trump, suenan más a discurso de campaña que a solución estructural.