«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Las menores son trasladadas entre ciudades como Niza o la región de París

Bandas extranjeras de explotación sexual captan a menores en Francia: «Mi hija se convirtió en un objeto»

Policía francesa. Europa Press

Francia ya no es segura ni para los hijos de la clase media en las ciudades de provincias. Lo que antes parecía un fenómeno confinado a los suburbios degradados (banlieues), ha estallado en el corazón de regiones tradicionalmente tranquilas como Charente. El reciente libro «Corazones perdidos» ha puesto nombre y apellidos a una tragedia que el Elíseo prefiere ignorar: el ascenso imparable de las bandas de captación (grooming gangs) que están convirtiendo a adolescentes francesas en esclavas sexuales.

El testimonio más desgarrador recogido en la obra es el de la madre de Léa, una joven de 15 años que pasó de ser una estudiante ejemplar y deportista a ser obligada a mantener entre 10 y 12 encuentros sexuales diarios bajo el efecto de la cocaína. Las palabras de su madre son un puñal contra la corrección política que impera en el país galo: «Mi hija se había convertido en ‘la muñeca blanca de los negros del Champ de Mars’. Se convirtió en su cosa: la obligaban a hacer cualquier cosa y le pagaban con droga».

Léa vivía en un estado de terror constante, a menudo con un arma apuntando a su cabeza mientras sus captores gestionaban sus servicios. No es un caso aislado. Maya, otra víctima de una familia estable, entró en la espiral tras sufrir una agresión sexual y el posterior acoso en redes sociales. Su padre describe el calvario como una «mala serie de Netflix», donde la realidad de las mafias supera cualquier ficción de terror.

Si durante años Reino Unido fue el epicentro de este horror —con decenas de miles de niñas británicas explotadas por bandas de origen foráneo—, Francia sigue hoy el mismo camino. El modus operandi es sistémico: los llamados «lover boys» (jóvenes que fingen interés romántico para anular la voluntad de las menores) actúan como punta de lanza de una estructura logística que incluye expertos en drogas y gestores de reservas en plataformas como Airbnb.

El control es absoluto. Las menores son trasladadas entre ciudades como Niza o la región de París, manteniéndolas en un estado de intoxicación permanente con cocaína y éxtasis. «Las drogaban solo para que pudieran ser violadas», relatan los padres de Maya. El dinero nunca llegaba a las niñas; se evaporaba en pagar la droga y los alojamientos de la propia red criminal.

Las cifras oficiales del Observatorio Nacional de la Violencia contra las Mujeres confirman la magnitud de la crisis. La prostitución de menores en Francia ha aumentado un 43% en sólo cuatro años. Sólo el año pasado, 704 menores fueron registrados oficialmente como víctimas de trata y proxenetismo, aunque se sospecha que la cifra real es significativamente mayor.

La impunidad, sin embargo, empieza a resquebrajarse en los tribunales, aunque tarde. Casos como el del afgano Farhad Kamawal, condenado por captar a niñas en centros de bienestar infantil para vender sus cuerpos, son el síntoma de una enfermedad social profunda.

Mientras las autoridades francesas estiman que hay ya 40.000 personas ejerciendo la prostitución en el país, el perfil de los perpetradores y la desprotección de las familias autóctonas señalan un fracaso estrepitoso del modelo de convivencia. Para las familias de Léa y Maya, el rescate es sólo el principio de una larga agonía: centros de atención especializada, desintoxicación y el miedo constante a una recaída.

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