Decenas de mujeres salieron a las calles de Apeldoorn, en Países Bajos, para protestar contra los planes de abrir un nuevo centro de solicitantes de asilo en la localidad. Las manifestantes denunciaron que la llegada de grandes grupos de varones inmigrantes incrementa la sensación de inseguridad entre las vecinas y que sus preocupaciones suelen ser descalificadas como «racistas» o «extremistas» por políticos y medios de comunicación, según informa The European Conservative.
La marcha tuvo lugar en un contexto de creciente tensión local por la instalación del centro de acogida. En los últimos días, Apeldoorn ha registrado varias protestas contra el proyecto, algunas de ellas con incidentes y enfrentamientos con la Policía, que llegó a detener a 26 personas durante una de las movilizaciones.
Las participantes en la marcha sostuvieron que la cuestión no es sólo migratoria, sino también de seguridad cotidiana. Varias mujeres afirmaron que ya no se sienten tranquilas en espacios públicos y que los vecinos tienen escasa capacidad de influencia sobre decisiones que transforman sus barrios. Una de las pancartas resumía el malestar con una pregunta directa: «¿Nuestra seguridad ya no importa?».
Una de las manifestantes explicó que acudía por «seguridad» y denunció situaciones de acoso en la calle, como silbidos, gritos y comportamientos intimidatorios. Otra mujer, que llevaba una camiseta con el mensaje «No es no», afirmó que los residentes cercanos al lugar previsto para el centro temen la llegada de grupos numerosos de solicitantes de asilo varones.
Las vecinas criticaron además que muchas campañas institucionales sobre seguridad de las mujeres eviten hablar de la relación entre inmigración, delitos y convivencia, y se limiten a cuestiones como la iluminación urbana o la concienciación pública. Para ellas, el problema de fondo es que las autoridades no escuchan a los residentes antes de imponer instalaciones de acogida en zonas concretas.
Otro de los mensajes centrales de la protesta fue la denuncia del cordón moral impuesto a quienes cuestionan la política migratoria. Varias participantes aseguraron que cualquier crítica a la llegada masiva de solicitantes de asilo es rápidamente etiquetada como «racista», «fascista» o «de extrema derecha», incluso cuando procede de mujeres preocupadas por su propia seguridad o la de sus familias.
«Como mujer, no deberías aceptar eso. Seas de izquierdas o de derechas», afirmó una de las manifestantes, que defendió que el miedo a ser señalada no puede impedir a las vecinas hablar de lo que ocurre en sus calles.
Otra participante sostuvo que la democracia implica un pacto básico entre ciudadanos y Gobierno: los ciudadanos pagan impuestos y obedecen la ley a cambio de que sus intereses sean escuchados y protegidos. A su juicio, muchos neerlandeses sienten ahora que se les exige aceptar decisiones importantes sobre sus barrios sin poder expresar desacuerdo.
La movilización de Apeldoorn forma parte de una ola más amplia de protestas contra centros de asilo en Países Bajos. En los últimos meses, distintas localidades han registrado manifestaciones contra la apertura o ampliación de instalaciones de acogida, reflejo de un malestar creciente por la presión migratoria y por la percepción de falta de control democrático sobre estas decisiones.