Voy a abrirles mi corazón y compartir con ustedes el trauma de mi infancia, por qué no soy futbolero. No fue por falta de afición original, ni por un trágico accidente en la cancha: fue por Jiménez. No recuerdo el nombre de pila; nunca nos llamábamos por el nombre de pila en el colegio.
El fútbol no era una actividad divertida en el recreo; era LO divertido. Incluso alguien tan torpe como yo, que tiro a puerta a la portada de la Catedral de Burgos a dos metros y fallo, disfrutaba enormemente dándole patadas al balón. No sé qué tiene esa esfera de cuero inflada que hasta el niño más pequeño sabe que su razón de ser es recibir patadas certeras.
Recuerdo pasarlo en grande y recibir con deportiva indiferencia las acerbas críticas por mi absoluta falta de destreza. La cosa era pasarlo bien.
Y entonces llegó Jiménez.
Jiménez no jugaba partidos, los libraba. Con él el verbo nunca era «jugar», con su connotación de ligereza y diversión; el partido no era un juego, sino un conflicto existencial, la última defensa de la Civilización Occidental, un asunto de vida o muerte.
Ya no era divertido. Nadie reía cuando Jiménez estaba en el campo, contagiados todos por su terrible seriedad. Si iba perdiendo estaba dispuesto a saltarse, no ya las reglas del juego, sino la misma Convención de Ginebra.
Cuando ganaba, era insoportable, siendo incapaz de hablar de otra cosa que de la victoria, su victoria. Pero cuando perdía era mil veces peor: el contrario había hecho trampa, su propio portero era un paquete que merecía pena eterna de banquillo. Se le veía en la clase siguiente al recreo mascullando, con el rostro enrojecido de furia y frustración.
Jiménez arruinó el fútbol para mí. No sé qué fue de él, pero imagino que le ha ido fenomenal invirtiendo en renta variable o en el Departamento de Fusiones y Adquisiciones de una multinacional, si ha logrado trasponer su abrasiva pasión a alguna actividad rentable.
José Javier Esparza suele subrayar que el fútbol se ha convertido en la guerra por otros medios. Pero pierde mucho cuando esta alegoría se hace demasiado literal; cuando un país cifra su felicidad colectiva en la victoria futbolística. Suiza pierde un partido, se alza de hombros y sigue haciendo cosas suizas. Otros se lo toman más a la tremenda, y también está bien, porque la pasión tiene sus propias satisfacciones y disgustos que dan vidilla. Pero ir más allá es estropear el juego para todos, es convertirlo en otra cosa mucho más dramática.
Yo no quiero odiar a Argentina, ni que los argentinos juren odio eterno a los españoles en el altar de la patria. Insultarnos mutuamente antes, durante e inmediatamente después de la final está bien, me parece sano, casi parte del mismo juego. Pero esto se está saliendo de madre a lo tonto y no le veo ya la gracia. Aunque sé que, a estas alturas, que yo trate de recordarles que es sólo un juego sonará casi blasfemo en el Cono Sur.