La localidad francesa de Creil, a menos de 70 kilómetros de París, se ha convertido en uno de los símbolos más visibles de los profundos cambios demográficos, culturales y políticos que atraviesa Francia. Con apenas 37.000 habitantes, 107 nacionalidades representadas entre sus vecinos, cinco mezquitas y una de las tasas de paro más elevadas del país, esta ciudad del departamento de Oise concentra muchos de los debates que hoy dividen a la sociedad francesa: inmigración, integración, comunitarismo, inseguridad y crisis de identidad nacional.
La ciudad ha regresado al primer plano político tras la elección como alcalde de Omar Yaqoob, dirigente de La Francia Insumisa e hijo de inmigrantes pakistaníes. Su victoria generó una fuerte polémica después de que se difundiera un vídeo en urdu en el que afirmaba: «Hoy ganamos, y no sólo yo, sino todos los paquistaníes«. Aunque posteriormente defendió que sus palabras fueron sacadas de contexto y que simplemente agradecía el trabajo de los voluntarios de campaña, el episodio alimentó el debate sobre el peso creciente de las comunidades inmigrantes en determinadas zonas urbanas francesas.
Durante décadas, Creil fue una ciudad industrial ligada al sector automovilístico. Sin embargo, el cierre de fábricas y la pérdida de empleo provocaron un profundo deterioro económico. La salida de parte de la población autóctona coincidió con la llegada de nuevas oleadas migratorias procedentes principalmente del norte de África, África subsahariana y Asia. Hoy figura entre las ciudades más pobres de Francia y registra una tasa de desempleo cercana al 25%.
El municipio también ocupa un lugar destacado en la historia reciente del debate sobre el islam en Francia. En 1989, tres alumnas de origen marroquí fueron expulsadas de un instituto de la ciudad tras negarse a quitarse el velo islámico en clase. Aquel caso desencadenó una controversia nacional que acabó desembocando años después en la ley impulsada por el presidente Jacques Chirac que prohíbe los símbolos religiosos ostensibles en los centros educativos públicos.
Otro episodio que marcó profundamente la imagen de Creil fue el asesinato de Shaina Hansye, una adolescente de 15 años apuñalada y quemada viva por su novio. El caso provocó una conmoción nacional y abrió un intenso debate sobre la presión social ejercida sobre las jóvenes en determinados suburbios franceses. La periodista Laure Daussy documentó posteriormente la situación en su libro La réputation, donde denunciaba la existencia de una fuerte presión comunitaria, control social sobre las mujeres y una creciente influencia religiosa en algunos barrios.
La evolución de ciudades como Creil ha alimentado además un debate político cada vez más intenso sobre la integración. El ensayista Lucas Jakubowicz sostiene que la variable religiosa está adquiriendo una importancia creciente en el comportamiento electoral francés y señala el peso que el voto musulmán ha tenido en determinadas victorias de la izquierda radical. Según recuerda, Jean-Luc Mélenchon logró captar cerca del 69% del voto musulmán en las elecciones presidenciales de 2022, convirtiendo el concepto de la «nueva Francia» en uno de los ejes centrales de su proyecto político.
Frente a esa visión, desde sectores de la derecha francesa se alerta de que el país atraviesa dificultades cada vez mayores para integrar a las nuevas poblaciones inmigrantes. El ministro de Justicia, Gérald Darmanin, ha llegado a afirmar que Francia se encuentra «al límite de su capacidad de integración y asimilación» y ha defendido una moratoria de tres años para la inmigración legal, una medida que, según diversos sondeos, cuenta con un respaldo significativo entre la población.
Mientras tanto, Creil sigue siendo un reflejo de esa Francia en transformación. Una ciudad donde conviven más de un centenar de nacionalidades, donde el saludo puede alternar entre el tradicional «bonjour» y el «salam alaykum», y donde el debate sobre identidad, integración y futuro nacional se vive cada día mucho más allá de los platós de televisión.