Suecia, pionera en todas las tendencias progresistas y, muy especialmente, en el entusiasmo inmigracionista, está viviendo una pesadilla. En unas décadas ha pasado de ser uno de los países más seguros y tranquilos del mundo a convertirse en uno de los más violentos. Las cosas van a peor, y al fin todos están reconociendo el nexo evidente entre criminalidad e inmigración masiva.
Tres de cada cuatro homicidios son obra de inmigrantes, según datos del Gobierno sueco, y la tasa de asesinatos con armas de fuego por habitante en Estocolmo es treinta veces mayor que la de Londres. Sólo en 2018 estallaron en Suecia 162 bombas, casi una cada dos días. En Suecia, el número de tiroteos mortales ha aumentado significativamente desde 2017, lo que ha dado como resultado un número récord de homicidios con armas de fuego.
El Mathias Corvinus Collegium (MCC) ha incluido estos datos en un nuevo informe sobre los efectos profundos y a menudo incontrolables de la inmigración masiva en la sociedad sueca. El informe, titulado Multiculturalismo en llamas, examina cuestiones clave relacionadas con la delincuencia, la libertad política y la cohesión social, y pide un análisis y una reevaluación a nivel nacional de la política multicultural sueca.
El aumento de la delincuencia, especialmente de las bandas organizadas, y el incremento de los delitos violentos han socavado la confianza pública. Según el informe, las personas nacidas en el extranjero o sus descendientes aparecen en un número desproporcionadamente alto en las estadísticas de delitos violentos. Además de la alta tasa de asesinatos, Remix News también informó que los ataques con granadas se han duplicado en el último año, mientras que el crimen organizado recauda enormes cantidades de dinero.
El informe también destaca la creciente preocupación por la libertad de expresión: las personas y las instituciones se ven sometidas en Suecia a una presión cada vez mayor para evitar hablar de cuestiones migratorias por miedo a ofender a las minorías, lo que, a su vez, amenaza la tradición de apertura democrática del país.
La inmigración ha traído nuevas tensiones a la vida política sueca, especialmente en el choque entre los valores progresistas suecos como la igualdad de género y el secularismo, y las diferentes normas culturales que trae cada comunidad inmigrante.