«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
consideran que es racista

La cancelación del barrio ‘La Négresse’ en Biarritz: el ‘wokismo’ borra la historia en nombre de la corrección política

Barrio de 'La Négresse'.

El famoso barrio del centro histórico de Biarritz llamado La Négresse ha sido cancelado. Claro que no desaparecerán sus calles, casas y habitantes, pero deberá borrarse su nombre y con él la identidad e historia del pintoresco lugar. Esto es debido a una nueva arremetida de la locura woke que, lejos de estar en retirada, avanza a paso firme gracias a su sólida colonización institucional. En este caso, fue el Tribunal Administrativo de Apelación de Burdeos el que ordenó al ayuntamiento cambiar el nombre debido a la presión de un lobby, en este caso el de la asociación Memoires et Partages dirigida por el activista Karfa Diallo. 

La Négresse, (en español: la negra), según estos jueces franceses, es un «término ofensivo relacionado con la trata de esclavos» y «degradante para las personas de origen africano». ¿Por qué la palabra «negra» es un término indefectible y ofensivamente relacionado a la trata de esclavos y no lo es la palabra «blanca» o «mujer» o «niño», o cualquier otra? ¿Acaso no han existido esclavos con esas características? Evidentemente, para los sumos sacerdotes del wokismo universal, no.

Curiosamente, el barrio fue nombrado así en honor a una mujer africana que trabajaba como cantinera y regentaba una fonda en el siglo XIX. Enorme ejemplo de independencia para una mujer en esa época. La Négresse habría sido tan estimada por los vecinos que nombraron como ella al barrio cuando murió. Según la alcaldesa de Biarritz, Maïder Arosteguy, la Négresse fue «quien sirvió el vino cuando el ejército de Napoleón Bonaparte hizo escala en nuestra ciudad». Pero ahora, la pobre señora ha sido condenada a la hoguera de la cultura de la cancelación. 

Haciendo caso omiso a la historia y la cultura, la asociación Memoires et Partages, pidió a Arosteguy que derogara dos resoluciones, una de 1861 que bautizaba el barrio La Négresse, y otra de 1986 que confirmaba su título. El ayuntamiento se negó, lo que llevó a los militantes del lobby afro a presentar una demanda alegando que el apodo está asociado a un crimen contra la humanidad en 2020. El tribunal dijo que el barrio antiguamente conocido como «aldea Harausta» puede haber tomado su nombre de una «mujer de piel muy oscura» que regentaba una posada y el recurso fue rechazado en diciembre de 2023. Los activistas presentaron entonces una apelación que anuló la sentencia judicial anterior y ordenó a Biarritz «remitir el asunto en el plazo de tres meses al ayuntamiento para que anule las resoluciones en cuestión».

Para justificar el delirio sin pies ni cabeza, destinado a satisfacer el resentimiento y el narcisismo de cuatro personajes suculentamente financiados, los jueces hicieron una contorsión argumentativa: dijeron que había existido una «evolución semántica» de la palabra «negra» que le confiere ahora una «connotación ofensiva» que podría «socavar la dignidad humana». Tan incomprobable como determinista, una vez más el sistema judicial se pone de costado frente a la razón y busca en el imperio de la subjetividad de los ofendiditos, la posibilidad de sacarse de encima al activismo rentado. Nada que no se haya visto con las denuncias por el estilo de otros colectivos identitarios a lo largo de la última década.

La alcaldesa insistió en que «La Négresse es el símbolo de una mujer que se liberó y se rebeló contra su condición de esclava. No hay nada racista en ese nombre«, y ha prometido recurrir al Consejo de Estado para protestar contra esta decisión que abre la puerta a un sinfín de demandas respecto de otras localidades, comercios o cualquier cosa que tenga por nombre «palabras prohibidas» por el colectivo afro. El senador Max Brisson dio un ejemplo de esto, «tendríamos que cambiar el nombre de Cap Nègre, en Gascuña». También habrá que cambiar el nombre de la rue de la Négresse, la calle que atraviesa el barrio y así hasta el infinito. Sin embargo, la asociación demandante, saludó con orgullo la «decisión histórica» ​​del Tribunal Administrativo de Apelación de Burdeos que «da finalmente prioridad al derecho y a los valores republicanos». Karfa Diallo, se declaró conmovido y agregó que «es el rechazo a la banalización del racismo, del sexismo. Este apelativo, este ultraje, ha durado demasiado tiempo, era hora de ponerle fin».

Una vez más, el caso expone la condición de élite privilegiada del wokismo. La gente de a pie no adhiere a esta ideología ni al totalitarismo que dicta estos cambios, pero una ideología puede ser dominante sin ser popular o mayoritaria, basta con que esté sobrerrepresentada en ciertas instituciones influyentes y sobrefinanciada. Tal es el caso de las instituciones y medios dedicados a la agenda progresista que actualmente constituye unos de los escándalos políticos del siglo: la forma en la que el deep state norteamericano usó millonarios recursos de los pobres pagadores de impuestos para sostener una narrativa divisiva y ridícula.

La ironía que grafica esa ridiculez es que, justamente, los padres de esta ideología, en sus albores, hablaban de deconstruir el orden burgués capitalista colonizador impuesto por la clase dominante, que perpetuaba, un orden social injusto. Toda esa perorata derivó en que en el siglo XXI sea la clase dominante la que imponga el wokismo para mantener sus privilegios y control.

El caso de La Négresse recuerda a uno de similar imbecilidad. La marca argentina de harinas llamada Blancaflor tuvo durante décadas como logotipo el dibujo de una entrañable cocinerita negra que fue eliminada en un rebranding según el dogma DEI. Esta decisión de marketing abrazó el criterio de que la representación de la mujer negra con camisa, sombrero de cocinero, aros blancos y delantal rojo, estaba asociada al colonialismo y la esclavitud. Referentes del lobby afro calificaron como «buena noticia» el cambio de imagen de la marca de harina Blancaflor, que borraba al querido dibujo, un auténtico ícono popular. ¿Qué bien le podía hacer esto al colectivo afro? o mejor deberíamos preguntarnos ¿cómo los ofendía un dibujito de una cocinerita negra?

La Asociación Misibamba que se adjudica la representación del colectivo afroargentino dijo a los medios locales que el cambio en la imagen de la marca «es una buena noticia y es una respuesta al trabajo de las organizaciones de la sociedad civil afroargentinas y afrodescendientes en pos de desarticular la naturalización de muchísimas prácticas discriminatorias». Notable el poder que le otorgaban a un dibujito. Por si esto resultara poco, agregaron que hay otras marcas que utilizan alusiones discriminatorias a las mujeres afro. «Hay muchos productos que se unen al estigma del personaje Blancaflor con productos de chocolate, caramelos que llevan determinado colorante», agregó. En declaraciones al diario argentino Ámbito, la activista Patricia Gomes aseguró que «la imagen típica de la negra esclavizada que cocinaba, cuidaba a los niños y hacía las tareas del hogar sigue vigente también porque muchas de nuestras tías y abuelas, continúan haciendo los mismos trabajos —que son los más precarizados e informales— como consecuencia de que la pobreza estructural es parte del mismo fenómeno del racismo».

Evidentemente, para Gomes que integra la Organización de Afrodescendientes para la Formación y el Asesoramiento Jurídico es un trabajo denigrante y de esclavos el «cocinar, cuidar a los niños y hacer las tareas del hogar», lo que genera serias dudas del estado de los lugares que habita la dirigente si ni ella ni nadie se dedica a dichas tareas. La señora Gomes agregaba que son trabajos precarizados e informales y parte del mismo fenómeno del racismo. Ya que estaba, la activista hacía un guiño a la interseccionalidad apelando al colectivo feminista, para darle más potencia a su retórica. 

El identitarismo étnico es otro de los tentáculos woke. Hunde sus raíces en la narrativa descolonizadora de mediados del siglo pasado, pero tuvo un enorme relanzamiento durante las protestas tras la muerte de George Floyd. En aquel entonces, los «antirracistas» atentaron contra la estatua de Abraham Lincoln, que abolió la esclavitud, y contra la de Miguel de Cervantes, que padeció la esclavitud. El sinsentido del momento Floyd fue global y particularmente violento. Personas murieron, las turbas campaban a sus anchas quemando, golpeando y violentando sin que las autoridades se atrevieran a frenarlos por miedo a ser acusados de «racistas». Aun cuando las mismas víctimas de estos vándalos con carnet de justicieros sociales fueran negras. Personas fueron encarceladas por defenderse y no dejarse matar.

El mundo de la cultura y el espectáculo enloqueció, como siempre, y se cancelaron producciones, mientras que otras llevaron la «representación negra» al paroxismo. Así, —¿creerían?—, combatían el racismo estructural de la malvada sociedad occidental. Los ejemplos son muchos y a cual más histérico, hubo un debate en los medios mainstream respecto del racismo estructural en el ajedrez.

Por no someterse al axioma descolonizador que sostiene que existe un «privilegio blanco«, profesores, periodistas, políticos y empleados de grandes y pequeñas empresas han sido despedidos, perseguidos y cancelados. En el apogeo del racismo antiblanco, se multiplicaban los eventos en los que élites condescendientes teatralizaban una lástima atávica, poniéndose de rodillas por actos racistas imaginarios o por culpas ancestrales, todos actos sobre los que no tenían responsabilidad. Estas puestas en escena fueron antídotos contra las purgas ideológicas que sí se aplicaron a la gente sin poder y sin lobby político. 

Ahora, los «representantes» del colectivo afro se enorgullecen de tutelar estereotipos y de ejercer presión en nombre de ellos. Sólo bajo esta visión revulsiva e injuriosa se puede decir que la palabra «negra» es negativa y que un dibujo de una cocinerita negra es ofensivo. Son lo que denuncian. 

La «discriminación positiva» fundada en el color de la piel ha estado a la orden del día en los últimos años, y esto, que debería ser un escándalo por ser absolutamente ultrajante y denigrante, es considerado un logro para el colectivo afro, dado que es fuente de subsidios, prerrogativas y beneficios. Es además una afrenta al legado de  Martin Luther King, y a su aspiración «tengo el sueño de que un día seré juzgado por mi carácter y no por el color de mi piel». 

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