Existen patrones comunes con el asesinato de Kirk en EEUU
La izquierda francesa está fuera de control: el asesinato de Quentin expone la institucionalización del terrorismo político
La izquierda francesa está fuera de control: el asesinato de Quentin expone la institucionalización del terrorismo político
Movilización para reclamar Justicia por Quentin. Europa Press
Por Karina Mariani
22 de febrero de 2026

El jueves 12 de febrero de 2026, Quentin Deranque, un joven de 23 años, acompañó a activistas del Colectivo Némésis al instituto universitario Sciences Po Lyon. Las mujeres de esta organización estaban allí para protestar contra la presencia de Rima Hassan, eurodiputada de La Francia Insumisa (LFI), conocida por su respaldo a Hamás tras los atentados del 7 de octubre. Lo que debería haber sido una manifestación política sin mayor trascendencia terminó en un crimen político.

Quienes conocían a Quentin cuentan que había abrazado el catolicismo hacía poco tiempo, lo describen como estudioso y devoto, un «ratón de biblioteca» con especial interés en Santo Tomás de Aquino y San Agustín. Ese es el hombre que un grupo Antifa decidió matar. Al conocerse la noticia, el recorrido fue de manual, los primeros titulares hablaron de una «pelea callejera», insinuando responsabilidad compartida, y durante varias horas no hubo detenciones. Circulaban versiones de que el fiscal sólo presentaría cargos menores, e incluso llegó a difundirse la noticia de que Quentin había rechazado atención médica. Era la operación de siempre: minimizar, enturbiar, diluir.

Lo que la maquinaria de propaganda no pudo controlar fue el recorrido de la noticia en redes sociales: este hecho explica por sí solo la obsesión del establishment europeo por controlar la información en redes. El video grabado con un teléfono móvil y el informe oficial de la autopsia fueron imposibles de silenciar. Según el informe preliminar del fiscal jefe del Tribunal Judicial de Lyon, Thierry Dran, un grupo de hombres enmascarados y encapuchados rodeó a Quentin, lo arrojó al suelo y comenzó a golpearlo encarnizadamente. Quedó aislado. Los agresores asestaron al menos once golpes distintos en su cabeza, algunos con objetos metálicos, incluso después de que quedara incapacitado. Un hombre se sentó a horcajadas sobre él y lo golpeó repetidamente.

El informe de la autopsia no deja margen para las interpretaciones: Quentin sufrió un traumatismo craneoencefálico grave y una fractura temporal derecha. El daño era tan profundo y generalizado que no tenía ninguna posibilidad de sobrevivir, independientemente de cuándo hubiera recibido atención médica. La narrativa sobre la negativa a ser atendido era, además de cruel, irrelevante: incluso trasladado de inmediato al hospital, habría muerto. Falleció el viernes por la noche.

La mayoría de los detenidos, más de una decena, pertenecen a la Joven Guardia Antifascista (Jeune Garde Antifasciste), un grupo escindido de Antifa fundado en Lyon en 2018 por el diputado de la Asamblea Nacional Raphaël Arnault. El martes por la noche, la policía arrestó a los acusados, entre los que estaban Jacques-Élie Favrot, y Robin Chalendard, ambos miembros de la Joven Guardia y asistentes parlamentarios de La Francia Insumisa (LFI).

La trayectoria del fundador del grupo, Arnault, es reveladora. Fue condenado por «violencia voluntaria en reunión» y por delitos relacionados con la violencia en protestas. Su caso pone de relieve la cada vez más inexistente frontera entre el terrorismo y la política institucional. El ascenso de Arnault al Parlamento es la consecuencia de un momento social en Francia en el que el pacto social se ha roto, acercando peligrosamente a la nación a un enfrentamiento abierto y fratricida.

La responsabilidad del actual mandatario francés en este proceso es clave. En 2024, Emmanuel Macron disolvió la Asamblea Nacional tras sufrir fuertes derrotas en las elecciones europeas. La repentina votación corría el riesgo de permitir el ascenso de la Agrupación Nacional de Marine Le Pen. Para evitar ese resultado, partidos de izquierda formaron una alianza electoral que dividió las circunscripciones entre los socios para garantizar que sólo un candidato de izquierda se presentara a cada escaño.

Arnault fue nominado por La Francia Insumisa, se benefició del voto táctico unificado del sistema electoral francés de doble vuelta y obtuvo el escaño a pesar de su pasado criminal. Su elección y las detenciones de personas vinculadas a la oficina de un diputado en funciones ilustran una transformación estructural en las democracias europeas, a medida que los conflictos ideológicos migran de los movimientos marginales a la política parlamentaria, los límites de la legitimidad política se corren peligrosamente.

Si hoy Arnault es diputado en la Asamblea Nacional es por la moral selectiva de una sociedad que acusa al partido de Le Pen de ser un peligro para la democracia mientras ignora el peligro real, claro y presente que representa la violencia Antifa inserta en los más altos niveles de la conducción del país.

En cuanto a Mélenchon, el líder del partido ahora niega cualquier vínculo con La Jeune Garde. Pero anteriormente había dicho «son jóvenes que detestan el fascismo. Bravo. Continuad». A regañadientes condenó el asesinato de Deranque pero culpando a la víctima por su ideología. La criminalidad de La Jeune Garde no es un secreto. En junio de 2025, el gobierno disolvió el grupo, describiéndolo como «habitualmente involucrado en acciones particularmente violentas». Los ejemplos registrados incluyen amenazas de muerte a feministas, golpizas durante «patrullas antifascistas», y la agresión a un joven judío de 15 años en el metro de París en nombre de Palestina, a quien llamaron «sionista corrupto» y «judío corrupto». En 2022, la entonces activista estudiantil Hanane Mansouri, hoy diputada, también fue agredida.

La disolución de Joven Guardia Antifascista, por cierto, está siendo apelada por organizaciones de derechos humanos. El ecosistema completo funciona para protegerlos gracias a una retórica guerracivilista que crece día a día y que encuentra respaldo intelectual en una lógica que se retroalimenta: El activista radical delinque; el intelectual de izquierda genera las justificaciones, el resto simplemente mira para otro lado.

La reacción institucional al asesinato de Deranque llegó bajo presión. Emmanuel Macron publicó un comunicado ofreciendo «el apoyo de la nación» a la familia y exigiendo que los responsables fueran procesados y condenados. El primer ministro Sébastien Lecornu indicó que LFI «necesitaba depurar sus filas». El ministro de Justicia, Gérald Darmanin, fue más directo: «La Joven Guardia mata, y La Francia Insumisa debería condenarla». La portada del Charlie Hebdo mostró a Mélenchon con las manos manchadas de sangre, la portada del medio L’Express dijo “La Francia Insumisa, peligro público” y la revista Marianne puso en portada a Raphaël Arnault, Mélenchon, y la eurodiputada Rima Hassan señalándolos como: “Los nuevos antifascistas”, con el “anti” tachado. Probablemente, estas reacciones no habrían ocurrido sin la viralización del video.

Pero el caso de Lyon no debe analizarse como una excepción local. Es el nodo visible de una estructura que lleva años operando a escala continental con virtual impunidad. Raphaël Arnault estuvo en Roma el 7 de enero de 2026 participando en las movilizaciones contra la conmemoración de Acca Larentia. En esas mismas fechas, cuatro militantes del movimiento juvenil Gioventù Nazionale fueron salvajemente agredidos en un estacionamiento de vía Tuscolana por un comando de unos veinte encapuchados. La prensa italiana y varios analistas señalan la participación directa de jóvenes extranjeros pertenecientes a la Jeune Garde en este ataque.

En febrero de 2023, un grupo de terroristas de Antifa de Europa Occidental perpetró múltiples ataques en las calles de Budapest. Las, al menos nueve, víctimas acusadas por los perpetradores de ser de «extrema derecha» por su apariencia física, sufrieron fracturas óseas y heridas en la cabeza. Una de las terroristas, una alemana conocida como Maja T, fue condenada a ocho años de prisión en Hungría. Pero otra integrante, la italiana Ilaria Salis, logró ser elegida diputada en el Parlamento Europeo por el partido Alleanza Verdi e Sinistra. Así obtuvo inmunidad parlamentaria. El Parlamento Europeo rechazó levantar esa inmunidad, calificando la causa como «juicio político». Tanto Ilaria Salis como Rima Hassan pertenecen al mismo grupo parlamentario de la Izquierda en el Parlamento Europeo.

Los vínculos de la red son concretos. El fundador de La Jeune Garde se había unido a militantes antifascistas en Gran Bretaña durante los disturbios antiinmigración de agosto de 2024. En septiembre de 2025, el Ministro húngaro de Asuntos Exteriores, Péter Szijjártó, instó a las autoridades europeas a designar a Antifa como organización terrorista y establecer cooperaciones transfronterizas para desmantelar sus redes. La propuesta fue ignorada. Ya en 2023, Alternativa para Alemania había intentado aprobar una resolución similar en el Parlamento Europeo. También fue ignorada. Las consecuencias llegaron a Lyon.

En 2024, Europol contabilizó 21 atentados terroristas o intentos perpetrados por células de izquierda o Antifa en toda la Unión Europea por cada uno cometido por células de derecha. Esto es terrorismo organizado con cobertura institucional. La proporción abrumadora de ataques de izquierda frente a la derecha es una tendencia constante. Por ejemplo, en el informe TE-SAT anterior (que cubría 2023), se registraron 32 ataques de extrema izquierda/anarquistas frente a solo 2 ataques frustrados de extrema derecha (una proporción de 16 a 1). Es estadísticamente innegable: el terrorismo de izquierda perpetra exponencialmente más ataques en suelo europeo que el de derecha.

El caso de Quentin Deranque generó además una crisis diplomática. Giorgia Meloni describió su muerte como «una herida para toda Europa» y criticó el clima de odio ideológico extendido por varios países. Macron respondió ordenándole que dejara de comentar lo que ocurre en otros países, en una reacción que, dado el historial intervencionista del propio Macron en asuntos externos de países de Medio Oriente, África o América, resulta difícil de tomar en serio.

Meloni respondió desde una entrevista que intervenir para expresar solidaridad con el pueblo francés en un asunto que claramente nos concierne a todos no es una injerencia. También aprovechó la oportunidad para clavar una daga retórica en el costado del líder francés al declarar que hay que pensar en cómo combatir un clima de violencia para no repetir una historia que Italia conoce muy bien cuando Francia concedió asilo político a miembros de las Brigadas Rojas.

En efecto, Francia rechazó la extradición de 10 condenados por terrorismo en Italia por sus acciones en los «Años de Plomo» entre los años 1970 y 1980. Los fugitivos encontraron refugio en Francia porque el entonces presidente socialista francés, François Mitterrand, concedió protección contra la extradición a miembros de las Brigadas Rojas. El caso citado por Meloni ha sido una fuente de fricción entre ambos países. Italia pretende que Francia entregue a unas 200 personas vinculadas a la violencia desenfrenada que, por ejemplo, secuestraron y asesinaron a Aldo Moro. Pero la justicia francesa determinó que la extradición violaría el derecho de los terroristas a una vida familiar, ya que habían establecido una vida sólida en Francia.

A la escalada diplomática se sumó la Administración Trump. El 20 de febrero, el Departamento de Estado de Estados Unidos denunció la violencia política de extrema izquierda y exigió que los responsables comparecieran ante la justicia, afirmando que «el extremismo violento de izquierda está en aumento y su papel en la muerte de Quentin Deranque demuestra la amenaza que representa para la seguridad pública». En septiembre de 2025, Trump había firmado una orden ejecutiva clasificando al movimiento Antifa como organización terrorista.

Mientras la violencia política en Francia se descontrola, el Gobierno de Macron tiene como prioridad la censura en redes, que le permitiría ocultar casos como el de Deranque. Ya logró prohibir el acceso de menores a las plataformas y pretende romper el anonimato en internet. Con el pretexto de proteger a los jóvenes, el objetivo real es enmascarar la falta de apoyo popular y silenciar la disidencia.

Muchos analistas ven en la muerte de Deranque el «momento Charlie Kirk» de Francia. La escala y las circunstancias de ambos asesinatos son diferentes, pero ambos casos comparten la convicción de sus perpetradores de que la violencia contra los opositores es un instrumento político legítimo.

Existe otro patrón en común con el asesinato de Kirk que lleva años funcionando: La violencia de la izquierda radical se minimiza, sus perpetradores reciben protección política, sus víctimas son culpadas por su ideología o por haber estado en el lugar equivocado. Los medios o bien ignoran los hechos (lo que equivale a justificarlos) o enmarcan los episodios de modo que la responsabilidad quede diluida. Como en el caso de Kirk, cuando la muerte de Quentin se difundió en redes sociales, cientos de personas se burlaron y celebraron abiertamente, dejando al descubierto no solo su crueldad sino la convicción de que matar a alguien de derecha no merece condena moral.

Rima Hassan, la eurodiputada cuya aparición detonó la protesta del Colectivo Nemesis, optó por posicionarse ante el crimen, cínicamente como víctima. LFI en bloque rechazó cualquier responsabilidad. Mélenchon insistió en que el partido «no tiene nada que ver con esta historia». Pero lo cierto es que el partido respaldó al fundador de La Jeune Garde y nombró a sus militantes como funcionarios. Que nieguen la conexión no elimina los hechos. Solo confirma que la operación de encubrimiento continúa.

En Francia la violencia política de la izquierda radical tiene un largo historial pero ahora esa izquierda tiene escaños, asistentes parlamentarios, redes transnacionales y la convicción de que el Estado la protegerá. Arnault no es una figura política convencional. Su ascenso refleja un cambio más amplio en la política europea, donde la izquierda criminal se entrelaza cada vez más con las instituciones electorales.

El Colectivo Némésis, al que Quentin estaba protegiendo, existe precisamente por esto y porque la institucionalidad política de toda Europa se niega a abordar lo que sus propias cifras muestran: que la criminalidad, sobre todo la sexual, tiene patrones culturales concretos. Némesis es una organización formada por mujeres que se oponen al impacto negativo de la inmigración masiva, el islamismo, y sostiene que «quienes nos acosan a diario son, en su inmensa mayoría, no nativos». «Creamos Némesis porque las organizaciones feministas tradicionales se muestran muy reacias a abordar casos como las agresiones sexuales de Colonia (perpetradas por personas de origen de Oriente Medio o norteafricano) o las violaciones y el proxenetismo a gran escala de menores británicas en Rotherham, Telford, Rochdale, Derby y Oxford (organizados exclusivamente por miembros de la comunidad indopakistaní). Pero también porque el acoso callejero es perpetrado principalmente por hombres de una cultura diferente, y las organizaciones feministas intentan ocultar este hecho enmascarando nuestros problemas reales con conceptos abstractos como el ‘patriarcado’, negando el origen y la religión de los perpetradores». Abordar esos datos es política honesta. Pero la izquierda prefiere silenciarlo, si hace falta, matando al mensajero.

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