«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
plantea evaluar operaciones cardíacas según el CO₂ que generan

La obsesión climática entra en el quirófano: un estudio propone medir la «huella de carbono» en las cirugías cardiacas

Cirugía cardiaca.

La preocupación por el clima ha llegado a uno de los ámbitos más sensibles: la medicina. Un estudio publicado en el European Heart Journal propone que, además de la eficacia o la supervivencia de los pacientes, se tenga en cuenta la huella de carbono a la hora de elegir ciertos procedimientos médicos.

En concreto, el trabajo analiza el reemplazo de la válvula aórtica —una cirugía que se realiza para salvar vidas— y compara las emisiones de CO₂ de la operación tradicional a corazón abierto (SAVR) con dos técnicas menos invasivas, realizadas por catéter (TAVR).

El resultado: la cirugía abierta genera entre 620 y 750 kilos de CO₂ equivalente, mientras que los métodos por catéter producen entre 280 y 360 kilos. Según los autores, la diferencia —aproximadamente el doble— «debería considerarse» en las decisiones médicas y en la elaboración de guías a gran escala.

El estudio no sólo mide el consumo energético en quirófano, sino también factores como la climatización de las salas, el lavado de la ropa de hospital o incluso la dieta de los pacientes durante su recuperación. De hecho, la mayor parte de las emisiones registradas procede de la estancia en la UCI y en planta, debido al tiempo que el paciente permanece ingresado.

En su metodología, los investigadores identifican como fuentes de CO₂ la fabricación del material médico, los residuos hospitalarios y los gases anestésicos, y proponen que esta información pueda influir en la planificación sanitaria.

El planteamiento abre un debate inquietante: ¿hasta qué punto el dogma climático debe imponerse incluso en decisiones médicas que pueden significar la diferencia entre la vida y la muerte? La lógica que se desprende del estudio es que recortar unas emisiones mínimas de CO₂ puede llegar a pesar tanto —o más— que la supervivencia del paciente a la hora de decidir un tratamiento. Un enfoque que muchos consideran abiertamente inhumano: relegar la salud y la vida a un segundo plano en nombre de una agenda medioambiental, traicionando el principio fundamental de la medicina de poner siempre al paciente en primer lugar.

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