«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Ciudades como Berlín, Londres u Oslo registran desde hace tiempo a Mohammed como el nombre más extendido

Mohammed se consolida como el nombre más frecuente en varias capitales europeas mientras Polonia resiste con nombres tradicionales

Foto de archivo de musulmanes rezando. Europa Press.

El nombre Mohammed, en sus distintas variantes, se ha consolidado como uno de los más frecuentes entre los recién nacidos en varias capitales de Europa occidental, reflejando los cambios demográficos que atraviesa el continente en los últimos años, según informa Apollo News.

Ciudades como Berlín, Londres u Oslo registran desde hace tiempo a Mohammed —y sus variantes como Muhammad o Mohamed— entre los nombres más utilizados para niños. En algunos casos, como el de la capital noruega, esta tendencia se mantiene de forma continuada durante más de una década.

Según datos oficiales, en Oslo el nombre Mohammad lidera el ranking desde hace al menos 16 años. En 2024 fue el más elegido con 78 registros, y en 2025 volvió a ocupar el primer puesto con 82 recién nacidos, por delante de nombres tradicionales como Jakob u Oskar.

En Alemania, la tendencia es similar. Mohammed se ha situado en los últimos años como el nombre más frecuente en Berlín y Brandeburgo, según estadísticas basadas en registros de nacimientos, superando a nombres como Liam o Henry.

También en el Reino Unido se observa un patrón claro. De acuerdo con datos de la Oficina Nacional de Estadísticas, Mohammed y sus variantes encabezaron el ranking nacional tanto en 2023 como en 2024, con miles de registros, especialmente en grandes ciudades como Londres o Manchester.

En otros países europeos, como Países Bajos, aunque nombres como Adam encabezan la lista en el recuento individual, la suma de las distintas variantes de Mohammed lo sitúa igualmente entre los más extendidos.

Frente a esta tendencia, algunos países mantienen una mayor continuidad con sus tradiciones. Es el caso de Polonia, donde en Varsovia el nombre más popular sigue siendo Nikodem, seguido de Antoni y Jan, todos ellos de fuerte arraigo histórico y cultural.

La evolución de los nombres propios se ha convertido así en un reflejo indirecto de los cambios sociales y demográficos que vive Europa, con diferencias cada vez más marcadas entre regiones del continente.

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