Orbán llama a la unidad frente a Soros, los burócratas y la pandemia

El siguiente texto es la traducción del artículo del primer ministro húngaro Viktor Orbán publicado en el periódico conservador Magyar Nemzet

«Preludio a la estación política de otoño

No ha habido Tusnádfürdő [universidad de verano]. No ha habido Kötcse [congreso del partido]. No ha habido Tranzit [conferencia]. Hay una pandemia. El virus también ha diezmado las reuniones veraniegas de los talleres de pensamiento político. Y, sin embargo, habría mucho sobre lo que reflexionar y debatir: cuestiones acerca de las cuales sería difícil discutir en medio del alboroto habitual del parlamento, y dentro de los actuales límites impuestos por la comunicación actual, hecha de titulares. Así, en lugar de una conferencia, tenemos un texto; en lugar de un discurso, un ensayo.

Iliberal, democristiano, conservador, liberal

La lucha por la soberanía espiritual y la libertad intelectual que lanzamos hace años en la universidad de verano está, lentamente, obteniendo sus frutos. La rebelión contra lo políticamente correcto, contra los dictados de la descabellada doctrina liberal, los modos de expresión y el estilo están fluyendo por un canal cada vez más amplio. Cada vez más personas muestran una mayor valentía y se liberan de los grilletes sofocantes y restrictivos que han impuesto un único modo de hablar, un único concepto de democracia y una única visión de Europa y Occidente. Intentar escapar no es fácil, y el riesgo de castigo es alto: expulsión de la vida académica, pérdida del propio empleo, estigmatización, pasarlo mal en las universidades. Los ejemplos se multiplican, convirtiéndose en hechos diarios. Pero, aunque consigamos evitar las patrullas sistemáticas de la bien pagada y descabellada guardia fronteriza liberal, tenemos que seguir luchando contra los reflejos profundamente arraigados de una nunca tan bienintencionada opinión pública. Los debates sofisticados no llevan a ninguna parte: si se alaba el nacionalismo, los alemanes tendrán retortijones en el estómago, una reacción similar a la que les produjeron los textos del profesor Hazony de Jerusalén. Y por mucho que utilicemos una voz aterciopelada para hablar de democracia iliberal, el término es espantosamente duro para los oídos alemanes y anglosajones. Esto sigue ocurriendo hoy en día.

La doctrina según la cual “la democracia solo puede ser liberal” –ese becerro de oro, ese fetiche monumental– ha sido derrocada.

La lucha contra la opresión intelectual liberal no solo se sigue difundiendo, sino que está arraigando más profundamente. Crece el número de ensayos persuasivos, de estudios minuciosos y de monografías indispensables. Ya podemos ver que el emperador está desnudo, a pesar de que la burbuja de Bruselas se niega a admitirlo. La doctrina según la cual “la democracia solo puede ser liberal” –ese becerro de oro, ese fetiche monumental– ha sido derrocada. Lo único que tenemos que hacer ahora es esperar a que el polvo se asiente y entonces no solo lo sabremos, sino que también lo veremos. Parece que los partidos conservadores y democristianos, así como los movimientos políticos, pueden, por fin, liberarse del abrazo mortal de los liberales. Independientemente de la altura desde las que son proclamadas, ciertas declaraciones como “no existe la democracia iliberal” están siendo archivadas en el libro de la estupidez política. Los pensadores políticos conservadores finalmente han reunido el valor necesario y están utilizando un pensamiento claro que supera incluso la elegancia del razonamiento matemático para demostrar que el liberalismo y el conservadurismo representan dos posiciones irreconciliables en la teoría política. Han demostrado los errores en el razonamiento de quienes quieren arrastrar al conservadurismo bajo el amplio paraguas del liberalismo. Para decirlo amablemente, quienes están cometiendo el error son los que afirman que la separación de las ramas del poder, las libertades civiles y políticas, la protección de la propiedad privada y el gobierno dentro de las fronteras –lo que significa el estado de derecho– solo pueden ser concebidas dentro de los confines intelectuales del liberalismo, y solo pueden ser puestas en marcha por medio de la democracia liberal. Desde luego, también conocemos a húngaros que han resuelto este rompecabezas, pero se han dado cuenta de que es mucho más agradable recibir palmaditas en la espalda en Bruselas y sonrisas amistosas en tibios salones liberales que apiñarse como ovejas negras en su casa en Budapest. Una sensación levemente nauseabunda en el estómago no parece ser un precio demasiado alto. Pero hoy, la climatización y la decoración de los salones de Centroeuropa y la elegancia de sus invitados –por no mencionar la cocina– rivalizan cada vez más con las de Occidente. Pronto empezarán a escabullirse, como sucedió antes desde Moscú.

El origen de la combinación actual de conservadurismo y liberalismo lo encontramos en el momento en que los conservadores y los liberales dejaron de lado sus diferencias fundamentales –y entonces aún obvias– en su gran lucha contra el totalitarismo. Las dejaron de lado y forjaron una alianza contra el enemigo común: una alianza contra el nazismo y el comunismo, contra los nazis y los comunistas. Fue un combate largo que duró más de cien años. Hasta qué punto estaban enredados los pensamientos, argumentos y principios básicos de los aliados afloró cuando su alianza perdió significado con la caída del Muro de Berlín en Occidente y la retirada de las tropas soviéticas en el Este.

 

“Si las cosas siguen así, las fuerzas cristiano-conservadoras asistirán al debilitamiento de las naciones, la eliminación de las tradiciones religiosas y la degradación y burla de la familia”

Los políticos, periodistas e incluso los estudiosos son displicentes en el uso intercambiable de las nociones y conceptos conservadores y liberales. Durante demasiado tiempo –demasiado tiempo, unas dos décadas– parecía que no había nada malo en ser intelectualmente inexactos, e incluso chapuceros; parecía que ello no causaría un daño grave. Era la actitud tanto de los conservadores anglosajones como de los democristianos europeos. Ahora, sin embargo, la situación ha cambiado, y todo ha dado un giro serio. Lo que antes parecía un error intelectual menor, una mala postura, una deformidad tolerable, ahora impide tener una visión clara sobre cuestiones importantes. Oculta el hecho de que, hoy, el liberalismo y los liberales plantean una vez más el mayor desafío y la mayor oposición a los conservadores y democristianos. Los postulados básicos del pensamiento democristiano y del liberal son diametralmente opuestos. En sus ataques, los liberales apuntan a las cosas que son más importantes para nosotros, las piedras angulares del orden político que deseamos, los valores que están en el centro del legado conservador y democristiano, como la nación, la familia y la tradición religiosa.

Existe la creencia de que, si las cosas siguen así, las fuerzas cristiano-conservadoras asistirán al debilitamiento de las naciones, la eliminación de las tradiciones religiosas y la degradación y burla de la familia. Aquí, en el centro de Europa, esta creencia ha llegado a la política pública y estatal. Aquí, la luz roja se ha encendido, hemos activado el freno de emergencia y –sobre todo en Polonia y Hungría– han sonado las campanas de alarma. Aquí ha habido la fuerza suficiente como para sacar al Partido Popular Europeo –el partido político europeo que acoge a democristianos y conservadores– del borde del abismo. Aquí ha habido un instinto de supervivencia lo suficientemente fuerte y una voz lo suficientemente alta como para declarar que no debemos poner el futuro de la democracia cristiana europea en riesgo, ni siquiera en aras de la comprensible exigencia alemana de que la estructura de coalición de partido de Bruselas se conforme a la de Berlín, porque ese sería el modo más fácil para armonizar ambos centros de poder.

Siguiendo este razonamiento, si en Berlín los democristianos entran a formar parte de una coalición con la izquierda, entonces el Partido Popular Europeo debe imitarlos en el Parlamento europeo. Si adoptamos este enfoque, siguiendo la decisión alemana, seremos capaces de apreciar la belleza de una coalición entre el Partido Popular Europeo y los Verdes; una coalición que actualmente se está probando en el laboratorio de Viena.

Pero en Centroeuropa hay un rechazo a esta perversión, que no solo se basa en el buen gusto, sino en el sentido común. Las diferencias entre la teoría política liberal y la democristiana son relevantes no solo en el ámbito académico. También tiene consecuencias políticas prácticas.

“Apoyamos otra victoria de Donald Trump: porque conocemos muy bien la política exterior de las administraciones demócratas de EE.UU., construida sobre el imperialismo moral”

Sin detallar los razonamientos filosóficos, que se remontan a Kant, podemos decir que los liberales creen que cada país –incluyendo los que no están siendo gobernados actualmente por democracias liberales– debe ser obligado a aceptar esa forma de gobierno. Por el contrario, los democristianos rechazan esa forma de política exterior, porque desde su punto de vista las sociedades se sostienen juntas y en paz en una variedad de formas; y, como ha demostrado recientemente la primavera árabe, la democracia liberal puede traer el caos y el colapso y hacer más daño que bien. Esta es una razón por la que apoyamos otra victoria de Donald Trump: porque conocemos muy bien la política exterior de las administraciones demócratas de EE.UU., construida sobre el imperialismo moral. Hemos tenido ocasión de probarla, aunque bajo coacción. No nos gustó y no queremos otra ración de la misma.

Nuestras políticas también difieren sobre la cuestión que en Bruselas se denomina, elegantemente, subsidiariedad. Según los liberales, es mejor ceder los poderes de nuestros gobiernos nacionales a las organizaciones internacionales, y el mayor número de poderes que sea posible. Consideran que, así, se les dan más apoyo y reconocimiento a los ideales universales, los valores europeos y los derechos universales. Esta es la razón por la que cada vez que a una organización internacional se le dan nuevos poderes y jurisdicciones, junto a recursos y capacidad retributiva, aplauden educadamente, sus ojos se ponen vidriosos y sus corazones laten más deprisa.

Sin embargo, el entusiasmo de los democristianos al respecto es escaso porque son conscientes de que estas organizaciones tienen tendencia al despotismo, que ellas llaman “el estado de derecho”, pero que sencillamente es “el imperio del chantaje”; son vulnerables a las infiltraciones de las redes tipo la de Soros, y si se las obliga a elegir entre los ciudadanos de cada nación individual y la artillería pesada del capital global, al final optarán por esta última. Los ciudadanos de las naciones europeas pronto se han dado cuenta de que las instituciones europeas no les sirven a ellos, sino que sirven a los intereses de George Soros y los de su calaña. No están dispuestos a tragarse la invención europea según la cual la razón por la que un especulador financiero, que se ha enriquecido gracias a la ruina de otros, se mueve por los pasillos de Bruselas es la de ofrecer su generosa ayuda a Europa.

“A no ser que ignoremos las leyes de las matemáticas, no es difícil ver la realidad de un reemplazo demográfico firme, lento, pero que se acelera cada vez más”

Las políticas liberales y conservadoras también chocan –e incluso tienen un combate a vida o muerte– en la cuestión de la migración. Según los descabellados liberales, no hay razón para temerla incluso si las tradiciones nacionales y religiosas de estos huéspedes no invitados son radicalmente distintas a las nuestras, o incluso opuestas. Nos dicen que el terrorismo, el crimen, el antisemitismo y la emergencia de sociedades paralelas son solo irregularidades temporales o, tal vez, los dolores de parto de un radiante mundo nuevo que está a punto de nacer. Pero los conservadores y los democristianos rechazan este experimento impredecible que se lleva a cabo sobre las sociedades y los individuos porque creen que los riesgos de que nazcan tensiones y violencias interculturales crónicas son inaceptablemente altos. A no ser que ignoremos las leyes de las matemáticas, no es difícil ver la realidad de un reemplazo demográfico firme, lento, pero que se acelera cada vez más.

También hay diferencias irreconciliables en política educativa. Según los conservadores, debemos centrarnos en las tradiciones nacionales y, por tanto, el propósito de la educación es que nuestros hijos sean capaces de convertirse en patriotas que puedan llevar adelante nuestras tradiciones consolidadas. Al mismo tiempo, los democristianos también esperan que la escuela refuerce la identidad sexual que el Creador le ha dado a cada niño al nacer: que las niñas se conviertan en mujeres buenas y admirables y los niños en hombre capaces de proporcionar seguridad y mantener a sus familias. Las escuelas deben proteger el ideal y los valores de la familia, y deben mantener a los niños alejados de la ideología de género y la propaganda arcoíris. Los liberales ven todo esto como atraso medieval, en el mejor de los casos, y como fascismo clerical en el peor. Su punto de vista es que el propósito de la educación escolar solo puede ser guiar a los niños hacia su yo interior, haciendo que sean capaces de autorrealizarse, introduciéndolos a las bellezas del orden político universal y, por tanto, desvinculándolos de las capas envolventes de la tradición heredada de sus bisabuelos, abuelos y padres.

“Para reforzar la justicia, la moral pública y el bien común, la necesidad de la religión, de las tradiciones bíblicas y de nuestras iglesias es mayor hoy de lo que ha sido durante siglos”

Los liberales también creen –y por alguna misteriosa razón, es lo que defienden con más obstinación– que la condición suficiente para un gobierno justo y moral es la razón general y universal, y no se necesitan para nada los valores absolutos revelados por Dios ni las tradiciones religiosas y bíblicas que surgieron a partir de la revelación. De hecho, afirman, hay que construir un muro de separación entre la Iglesia y el gobierno, y la influencia de la religión debe ser eliminada de la esfera pública. Los lectores húngaros saben poco de la amplitud, profundidad y amargas luchas de este debate que se extiende más allá de la civilización occidental. Creen que simplemente es el depósito sedimentario de nuestra existencia húngara o, tal vez, nuestra existencia como un “estado centroeuropeo miserable y pequeño”. Por consiguiente, no pueden ver –y quizás tampoco apreciar– el principio básico firme y esclarecedor de nuestra Constitución nacional-cristiana, según la cual el Estado y la Iglesia ejercen sus funciones en caminos distintos y paralelos. Mientras se preserva la autonomía de la Iglesia y del Estado, se busca reemplazar la separación con la integración de la religión en la vida de la sociedad, manteniendo un espíritu de tolerancia en los puntos de vista religiosos. Desde luego, los democristianos también creen que, para reforzar la justicia, la moral pública y el bien común, la necesidad de la religión, de las tradiciones bíblicas y de nuestras iglesias es mayor hoy de lo que ha sido durante siglos.

La estrategia política de los liberales está basada en la división del mundo político en dos. En un lado están los liberales, que son honestos, buenas personas y que aceptan que todas las personas honestas y buenas deben tener las mismas creencias y conclusiones políticas basadas en el dominio de la razón; y, en el otro, están quienes se han desvinculado del ámbito del liberalismo porque su ignorancia o instintos primarios de odio no les permiten caminar con los tiempos y la historia. El objetivo evidente de aquel es guiarnos a la felicidad que nos proporcionan los valores mundiales liberales, la paz mundial y la gobernanza global. Por tanto, desde el punto de vista de estos liberales descabellados, un mismo grupo está formado por Trump y Johnson; los cristianos que se basan en el Nuevo Testamento y los judíos que se basan en el Antiguo; todo tipo de ayatolás; dictadores de cualquier rango y condición, comunistas y nazis; y, sin duda alguna, nosotros, los democristianos de Centroeuropa. Es lo que difunden de manera repetitiva el 90% de los medios de comunicación occidentales.

“La única posibilidad para la democracia cristiana es comprometerse en una guerra abierta a nivel intelectual y político. Es detener la prevaricación y dejar de actuar como un zopenco que no ve o no comprende lo que está pasando”

Sin embargo, nosotros, democristianos, utilizamos nuestro propio sistema intelectual para describir el mundo de la política. Con la debida modestia, se puede decir que esto es más inteligente que el retrato del mundo que hace la corriente liberal dominante y estrecha de miras que gobierna a las organizaciones internacionales.

La única posibilidad para la democracia cristiana es comprometerse en una guerra abierta a nivel intelectual y político. Es detener la prevaricación y dejar de actuar como un zopenco que no ve o no comprende lo que está pasando. Es defenderse a sí misma y articular las cuatro declaraciones que pueden cambiar toda la política europea: nuestros principios nacionales y cristianos no son liberales; existían antes del liberalismo; se oponen al liberalismo; el liberalismo los está destruyendo.

 

Europa y su lugar en el mundo

A mitad de la primera década del nuevo milenio, el 81% de todas las inversiones de la economía mundial procedían de Occidente y el 18% de Oriente. Hoy, una década después, el 58% de todas las inversiones vienen de Oriente y el 40% de Occidente. El avance del desarrollo tecnológico es difícil de entender. Europa, que prevé la competitividad tecnológica basada en una economía relacionada con el ámbito civil, está tan lejos que ha perdido de vista a Estados Unidos y China, que compiten sobre la base de una economía relacionada con el ámbito militar. Y dado que la tecnología e innovación que hacen historia han llegado a los sistemas económicos civiles desde la investigación llevada a cabo en el ejército, Europa ni siquiera puede entrar en esta competición hasta que no tenga un ejército de un tamaño que pueda ser tomado en serio: en otras palabras, un ejército como los otros.

Hace apenas veinte años, la Unión Europea anunció que en el plazo de diez años el euro estaría compitiendo con el dólar en la economía mundial, que crearíamos un mercado único desde Lisboa a Vladivostok y que Europa pasaría al primer lugar en la carrera global que es el progreso tecnológico. Estos eran los objetivos. Pero ha pasado lo que ha pasado: el dólar ha dejado fuera de combate al euro; estamos usando sanciones para quedarnos fuera del mercado ruso; y estamos comprando tecnología de nuestros competidores.

La UE sintió que las cosas no se movían de la manera y en el sentido que había previsto. En 2012, el Consejo de Administración General de la Comisión Europea para la Investigación y la Innovación observó que en 2010 la UE había contribuido con un 29% al total de la producción mundial y predijo que para 2050 este porcentaje bajaría al 15-17%. Hoy, en 2020, ya hemos llegado a este porcentaje; es decir, treinta años antes de la fecha prevista. Este buen Consejo de Administración también predijo que los problemas demográficos llevarían a la UE a apoyar el aumento de la inmigración, sobre todo del Norte de África y Oriente Medio. ¡Todo esto se escribió en 2012!

“En los próximos años, necesitamos mantener a Europa unida, a la vez que reconocemos que no parece que haya posibilidad de cambio en esta tendencia histórica”

Otra estimación fue que para 2050, el 20% de la población de Europa –excluyendo Rusia– sería musulmana. Actualmente parece probable que para 2050 podemos esperar una mayoría de población musulmana en las ciudades occidentales principales.

No es sorprendente que los países de Europa central hayan elegido un futuro distinto, libre de inmigración y migración. Tampoco es sorprendente que el centro de la política del V4 sea mejorar la competitividad, aunque Bruselas quiera moverse en la dirección opuesta: los objetivos del cambio climático aplicados hasta llegar a lo absurdo, una Europa social, un sistema común de impuestos, una sociedad multicultural.

No sorprende que lo que era predecible con un poco de sentido común haya sucedido. Occidente ha perdido atractivo a los ojos de Centroeuropa y el modo en el que organizamos nuestra vida no parece muy deseable para Occidente. En los próximos años, necesitamos mantener a Europa unida, a la vez que reconocemos que no parece que haya posibilidad de cambio en esta tendencia histórica. No pueden imponernos su voluntad y nosotros somos incapaces de hacer que cambien de camino intelectual y político actual. Incluso en este impasse necesitamos encontrar un modo de colaboración, hasta que el futuro de Europa se decida en Italia: a la derecha o a la izquierda. La salida del Reino Unido puede representar un declive en el poder de quienes defienden la soberanía nacional, se oponen a la inmigración y creen en una economía basada en la competitividad. Pero estas fuerzas han tenido éxito en evitar que Bruselas intervenga para sacar a los democristianos polacos del poder; durante años han ido estableciendo sus posiciones en Croacia y Serbia; los eslovenos están en el camino justo para conseguirlo; y las posibilidades de supervivencia del partido búlgaro en el gobierno y su primer ministro –que están sufriendo un ataque de órdago– tampoco son malas. Babiš y Fidesz siguen aguantando y el nuevo gobierno eslovaco no ha abandonado el bando V4. No se ha introducido el sistema del imperio del chantaje conocido como sistema del estado de derecho. Y aunque los Países Bajos se están distanciando visiblemente de la Unión Europea, por lo que recuerdan cada vez más la posición del Reino Unido pre-Brexit, hemos conseguido que, por ahora, se queden. También hemos conseguido apoyar las posibilidades de supervivencia de la eurozona al prevenir el colapso de los afectados países del sur y al preservar el dinamismo económico de Europa central. Y aún no estamos atrapados entre las ruedas de molino de la lucha global entre China y Estados Unidos.

Debemos permanecer en el sendero de los acuerdos y los compromisos e, independientemente de lo que diga el Parlamento europeo, debemos poner en marcha los planes financieros y presupuestarios generalizados que hemos acordado con éxito este verano. Esto es posible, siempre que los alemanes consigan gestionar el proceso de instalar al sucesor de la canciller Merkel sin superar el nivel 4 de la escala Richter.

 

El virus, la protección y las perspectivas

La segunda ola del virus ya está aquí. Ya la estamos viviendo. Ha llegado, tal como era de esperar y como esperábamos. Igual que la primera ola, viene del extranjero. Ha entrado en Hungría desde fuera. Es una pandemia global y vivimos en un mundo globalizado, en el que cada uno recibe su participación no solo de beneficios, sino también de desafíos como el virus. Hungría se defendió muy bien durante la primavera. Fuimos uno de los 25 países con más éxito del mundo. Otros fueron incapaces de evitar la difusión del virus tan efectivamente como nosotros, dando así la posibilidad al virus de reavivarse.

Necesitamos defendernos de nuevo. Habrá situaciones críticas, pero todo el que necesite los cuidados adecuados los recibirá. Podemos proteger la vida y la salud de la gente, y lo haremos. Consultamos al pueblo de Hungría oportunamente: en la Consulta Nacional todos tuvieron la oportunidad de expresar su opinión. Casi dos millones de personas lo hicieron, decidiendo cómo debemos defendernos durante el otoño. El deseo del pueblo fue unánime: ¡Hungría debe seguir funcionando! No podemos permitir que el virus paralice de nuevo el país, la economía, las escuelas y la vida cotidiana. Por consiguiente, debemos defendernos del virus, a la vez que protegemos la vida de los ancianos en peligro, mantenemos en funcionamiento nuestras escuelas y jardines de infancia y conservamos nuestros trabajos.

“Ahora tenemos todo lo que necesitamos para protegernos: nosotros mismos producimos el equipamiento y el material necesario. Los hospitales están preparados para controlar la enfermedad”

Esta táctica es distinta de la que utilizamos durante la primera ola. La situación es diferente de la que tuvimos en primavera. Entonces tuvimos que confinarnos totalmente porque nos enfrentábamos a un enemigo desconocido. Teníamos que ganar tiempo para preparar el sistema de salud. Y lo conseguimos. Ganamos la primera batalla. En primavera la curva de la pandemia descendió y pudimos preparar al país. Hoy no debemos preocuparnos porque alguien se quede sin asistencia médica, ya que el sistema de salud húngaro está preparado para lidiar con contagios masivos. Ahora tenemos todo lo que necesitamos para protegernos: nosotros mismos producimos el equipamiento y el material necesario. Los hospitales están preparados para controlar la enfermedad. Sabemos qué hospitales reciben a los pacientes con Covid y cuándo, y también podemos enviar médicos y personal sanitario allí donde sea requerido. Miles de profesionales cualificados están atendiendo la vida de los húngaros. Todo el que enferme estará en buenas manos en el hospital.

La nueva ola de la pandemia nos exigirá mayor responsabilidad. El éxito de la operación de defensa dependerá de si seguimos o no las reglas. Debemos cuidar especialmente a nuestros padres y familiares ancianos. La familia no está completa sin ellos, son irremplazables.

Ha llegado el momento de que actúen nuestros expertos. Son los que, de nuevo, pueden decirnos cómo protegernos. Un sistema de salud bien preparado, profesionales meticulosos, amplia cooperación. Lo conseguimos en primavera; lo conseguiremos en otoño.

“Una miríada de noticias falsas está confundiendo a las personas optimistas, a la vez que alienta a decenas o cientos de miles de aspirantes a virólogos a hacer especulaciones”

Un antiguo chiste de los tiempos del comunismo: “Sabemos lo que pasará. Pero, ¿qué nos pasará hasta entonces?”. Sabemos que habrá elecciones en la primavera de 2022. Hasta entonces, estaremos en la operación defensa. Según los virólogos más optimistas, podría haber una vacuna para el coronavirus en primavera de 2021. Debido a la reserva de las compañías farmacéuticas para proteger sus intereses comerciales y a la competencia entre grandes poderes, una miríada de noticias falsas está confundiendo a las personas optimistas, a la vez que alienta a decenas o cientos de miles de aspirantes virólogos a hacer especulaciones. Nuestros científicos, implicados en el trabajo del Grupo Operativo, esperan que en algún momento del próximo año haya buenas noticias. Y cuando la vacuna esté lista, necesitaremos adquirir unos cuantos millones de dosis, tras lo cual empezaremos la vacunación de quienes lo pidan. Mientras tanto, debemos seguir fortaleciendo nuestro nivel de preparación y nuestro sistema de salud, que es el que soportará la carga principal, debemos mejorar el sistema de gestión, acelerar la digitalización, racionalizar la carga administrativa y organizar la enmarañada situación legal. Además del aumento del 70% en el sueldo del personal de enfermería, debemos llegar a un avance en los acuerdos salariales con los médicos. Y debemos hacerlo mientras defendemos nuestro país y seguimos con el plan de reformas que empezamos en primavera.

Asimismo, esperamos que el Grupo Operativo Económico elabore medidas económicas capaces de proteger los trabajos, el nivel de vida de las familias y la seguridad de las pensiones. De hecho, esperamos muchos más de él. Son los que deben llevar al país del modo defensa al modo ataque. No solo queremos proteger el nivel y el estándar que Hungría ha alcanzado en los últimos diez años, sino que también queremos garantizar que, después de la pandemia, todos sean capaces de dar un paso adelante cada año. Entre 2015 y 2019, el PIB per cápita aumentó en un 39,65%, mientras que el de Alemania aumentó en un 13,3% y el de Francia un 10,1%. Después de este éxito, no podemos sentirnos satisfechos con menos; hemos demostrado que somos capaces de ello y que tenemos el talento, la fuerza, el conocimiento y la voluntad necesarios. Hungría no debe replegarse dentro de su caparazón como un caracol, sino que debe seguir avanzando, fluyendo, creciendo y elevándose, como una rapsodia de Liszt o un vino espumoso. Es una tarea enorme y es la razón por la que Mihály Varga [ministro de Economía] será la persona menos envidiada de Hungría en 2021.

“La izquierda no nos dará paz; no podemos depender de ella, ni siquiera ahora, en medio de las enormes dificultades y en una pandemia global. Lo único que podemos esperar de ella es deslealtad y traición”

Mi deseo es que lleguemos a las elecciones de 2022 habiéndonos defendido con éxito contra el virus, con un sistema de salud reforzado, un crecimiento económico que haya sido impulsado a niveles sin precedentes, al pleno empleo, a un boom en la creación de viviendas que eclipse el anterior y a la paga extraordinaria en las pensiones, que está a punto de ser reintroducida.

Mientras tanto, la izquierda no nos dará paz; no podemos depender de ella, ni siquiera ahora, en medio de las enormes dificultades y en una pandemia global. Lo único que podemos esperar de ella es deslealtad y traición; que socave la fuerza y solidaridad nacional; que critique a los líderes y expertos políticos que guían la operación de defensa del país; su burla y su traición en Bruselas, su sabotaje y sus trampas. Esta es la izquierda que ahora tenemos. Y, lo que es peor, ahora está mezclada con Jobbik [Movimiento por una Hungría mejor]. Esta fusión está fermentando en una vasija sellada. Uno no sabe si reír o llorar.

Y aunque pudiera ser un espectáculo entretenido, los retos son enormes, como suele suceder en la cuenca de los Cárpatos. De nuevo, en 2022 lo que está en juego es nuestra libertad.

Sospechosos habituales

La libertad es la habilidad de decidir por uno mismo. La cuestión principal en más de 1.100 años de historia en la cuenca de los Cárpatos siempre ha sido la protección o recuperación de una Hungría libre e independiente. Debemos luchar cada día para adquirir o mantener el derecho a decidir los temas nosotros mismos. Este pensamiento permea la historia húngara; es esta comunidad de libertad la que une a la gente que vive en la cuenca de los Cárpatos.

“La mayor amenaza a la autodeterminación nacional es una red que fomente una sociedad abierta global, cuyo fin es la abolición de los marcos nacionales”

La mayor amenaza a la autodeterminación nacional es una red que fomente una sociedad abierta global, cuyo fin es la abolición de los marcos nacionales. Los objetivos de una red del estilo de la de George Soros, que tiene ilimitados recursos financieros y humanos, son claros: crear sociedades abiertas de etnia mixta a través de la aceleración de la migración para desmantelar la toma de decisiones nacionales y entregarla a la élite global.

Contra esto, a fin de reforzar el contexto nacional, Europa a principios de la primera década de este siglo vio el desarrollo de un movimiento de resistencia nacional, en el que Hungría ha sido una fuerza considerable desde el comienzo. El cambio de gobierno y la revolución constitucional que tuvieron lugar en 2010 en Hungría ofrecieron la oportunidad de desmantelar los marcos y las estructuras que sirven a los intereses de la élite liberal y colonizadora global. Para este fin, se adoptó una nueva Ley Fundamental [Constitución] y se aprobaron una nueva legislación y unas medidas no ortodoxas. La política nacional se ha apartado de una forma de gobierno elitista cerrado e ideológico y se ha construido un nuevo orden político a través de acciones que están en línea con los deseos de la sociedad. Su base es la libertad, o la capacidad de tomar decisiones de manera independiente.

“En primavera parecía que la izquierda polaca estaba acabada […] Pero esto no ha ocurrido. En pocas semanas, el candidato de la izquierda –apoyado por la red de Soros, la élite de Bruselas y los medios de comunicación internacionales– forzaron al lado nacional a hacer un esfuerzo mayor”

La batalla entre la élite global y la resistencia nacional no ha acabado. Está claro que la élite global no se resigna a permitir que haya políticas contrarias a sus intereses que arraiguen en Europa central.

Vimos lo que pasó en las elecciones presidenciales polacas. En primavera parecía que la izquierda polaca estaba acabada y que sus eternas luchas internas no le darían a su candidato la mínima posibilidad de victoria. Pero esto no ha ocurrido. En pocas semanas, el candidato de la izquierda –apoyado por la red de Soros, la élite de Bruselas y los medios de comunicación internacionales– forzaron al lado nacional a hacer un esfuerzo mayor. Al final, Andrzej Duda ganó por los pelos a su rival de la izquierda en una pelea muy reñida.

No nos debemos engañar: la élite global aplicará la misma estrategia en la campaña electoral de Hungría en 2022.

Su instrumento es la izquierda, que ya ha fracasado varias veces. Su líder es Ferenc Gyurcsány, su joven organización Momentum y su multimillonario patrocinador, George Soros. Son fuerzas del pasado, que ya arruinaron nuestro país una vez.

“Ha llegado el momento de unir nuestras fuerzas. Tras años de difícil gobierno, ahora debemos volver al campo de batalla electoral”

Aunque en el lado opuesto existen varios partidos con sus logos y aunque a veces podamos oír los ruidos de las peleas internas, ya no hay partidos con libre albedrío. El trabajo está hecho: todos, desde Jobbik a LMP [Partido Verde de Hungría], han sido destruidos y embutidos en una piel de salchicha. Las comunidades que antaño tenían identidades independientes han sido sustituidas por el frente popular de la izquierda que sirve a la red de Soros.

Los liberales se están preparando para la batalla decisiva en 2022. Detrás de ellos tienen a los medios de comunicación internacionales, a los burócratas de Bruselas y a las ONG disfrazadas de organizaciones de la sociedad civil. No podemos dudar de que harán todo lo posible por el poder y el dinero. Ha llegado el momento de unir nuestras fuerzas. Tras años de difícil gobierno, ahora debemos volver al campo de batalla electoral. Es el momento de unir nuestras capacidades para que, cuando llegue el momento, podamos afrontar la batalla. Una gran batalla nos espera en 2022. Preparémonos para la lucha».

 

Publicado por Viktor Orbán en Magyar Nemzet.

Traducido por Verbum Caro para La Gaceta.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *