Más de una década después de que saliera a la luz el horror de las bandas de violadores en grupo que abusaron de cientos de niñas británicas, el Reino Unido vuelve a tropezar con el mismo tabú: el miedo a decir la verdad.
Una de las víctimas, Ellie Reynolds, ha denunciado que el Gobierno de Keir Starmer intenta «borrar» el origen religioso y étnico de los agresores, la mayoría de ellos hombres de origen pakistaní, sustituyendo esa palabra por el eufemismo «asiático«. Reynolds ha abandonado el Comité Nacional de Investigación sobre los abusos, y ha denunciado que las autoridades buscan reescribir la historia para proteger sensibilidades políticas y religiosas.
En su carta de renuncia, Reynolds explica que la presión para modificar el alcance de la investigación «con el fin de minimizar los motivos raciales y religiosos detrás de los abusos» fue para ella «el punto de no retorno». «Para muchas de nosotras, esos factores no fueron accidentales; fueron centrales para entender por qué fuimos elegidas y por qué las instituciones fallaron en protegernos. Borrar esa verdad es reescribir la historia», denuncia.
El escándalo de las bandas de violadores en el Reino Unido salió a la luz tras el Informe Jay (2014), que reveló que más de 1.400 menores —en su mayoría niñas blancas de clase trabajadora— fueron víctimas de abusos «atroces» entre 1997 y 2013 en la ciudad de Rotherham. La investigación concluyó que «la mayoría» de los agresores eran hombres de origen pakistaní. Durante años, las autoridades locales y la Policía miraron hacia otro lado por miedo a ser tachadas de «racistas» o «islamófobas».
Todavía hoy y a pesar de la evidencia, la prensa y los políticos británicos continúan empleando el término «asiático», un eufemismo que diluye las responsabilidades y confunde de forma deliberada a la opinión pública. Como recuerdan grupos como la Red de Organizaciones Sijs, el uso de esa palabra ofende además a comunidades que nada tienen que ver con estos crímenes, como la hindú o la sij.