La presidenta de la Comisión Europea, Ursula von der Leyen, aprovechó el Debate sobre el Estado de la Unión en Estrasburgo para anunciar otro plan de gasto masivo con dinero público: 1.800 millones de euros para impulsar la producción de baterías de coches eléctricos en la UE.
Según la dirigente alemana, las baterías son «clave» para la independencia europea y un pilar de su política climática. Lo que no mencionó es que mientras promete un coche eléctrico «Made in Europe», millones de familias no pueden pagar sus facturas de luz, las industrias cierran por falta de competitividad y la deuda pública europea se dispara.
Von der Leyen defiende que con esta lluvia de millones Bruselas podrá competir con China y Estados Unidos. Pero la realidad es que, tras décadas de sumisión al dogma verde, Europa ha perdido soberanía energética y se ha hecho dependiente de los gigantes asiáticos para materias primas y componentes críticos. El coche eléctrico europeo no será sinónimo de independencia, sino de mayor dependencia del litio y de los metales controlados por Pekín.
Además, la presidenta de la Comisión insiste en priorizar en la contratación pública el criterio de «hecho en Europa». Una fórmula que suena bien, pero que en la práctica se convierte en otra traba burocrática y en una excusa para desviar fondos hacia proyectos ideológicos de dudosa rentabilidad.
Consciente del rechazo creciente a los planes climáticos, Von der Leyen trató de maquillar el proyecto prometiendo «vehículos pequeños y asequibles» para los europeos. Un espejismo: el coche eléctrico sigue siendo un lujo al alcance de pocos, financiado con los impuestos de todos.
Mientras tanto, la propia Bruselas reconoce que la red eléctrica del continente no está preparada para absorber la transición acelerada que impone la Agenda 2030. El resultado es un continente más caro, más frágil y menos competitivo.
Von der Leyen repite su mantra: «más rápido, más inteligente y más europeo». Pero la realidad es que su «Europa verde» de coches eléctricos significa más deuda.