Durante los últimos meses, una avalancha de titulares ha alertado sobre la supuesta acumulación de microplásticos y nanoplásticos en órganos humanos como el cerebro, los testículos, la placenta o las arterias. Sin embargo, un creciente número de científicos advierte ahora de que muchas de estas afirmaciones podrían apoyarse en bases científicas frágiles y metodologías defectuosas.
Según una investigación publicada el pasado 13 de enero por The Guardian, varios expertos han señalado fallos graves en numerosos estudios que afirman haber detectado partículas plásticas en tejidos humanos. Entre los principales problemas identificados figuran la contaminación de las muestras en laboratorio, la ausencia de controles adecuados y la mala interpretación de señales analíticas.
Algunos investigadores describen estas deficiencias como especialmente preocupantes. Un antiguo químico de la industria llegó a calificar la situación como una auténtica «bomba», asegurando que los errores afectan a una parte sustancial de los artículos más influyentes sobre la materia.
Las críticas se centran, sobre todo, en la falta de controles en blanco —esenciales para detectar contaminación ambiental— en un contexto en el que las partículas de plástico son omnipresentes en los laboratorios. A ello se suma el uso de técnicas espectroscópicas que pueden confundir componentes biológicos normales, como lípidos o proteínas, con materiales plásticos como el polietileno.
Además, algunos estudios han reportado concentraciones que varios expertos consideran biológicamente inverosímiles si se comparan con las vías reales de exposición humana conocidas hasta la fecha.
La rápida proliferación de este tipo de investigaciones, muchas veces aceleradas por la presión mediática y política en torno a la contaminación por plásticos, ha alimentado un clima de alarma pública y ha impulsado demandas de regulaciones drásticas, especialmente en el seno de la Unión Europea.
No obstante, varios de los trabajos más citados están siendo actualmente cuestionados formalmente en revistas científicas. Según los expertos, los resultados no demostrarían una acumulación real de microplásticos, sino artefactos derivados de fallos técnicos.
La investigación periodística identificó al menos siete estudios que ya han recibido objeciones documentadas por parte de otros científicos. Un análisis adicional puso en duda 18 trabajos por no tener en cuenta que algunos tejidos humanos pueden generar señales fácilmente confundibles con plásticos comunes.
Aunque nadie discute que los microplásticos están ampliamente presentes en el medio ambiente —en el aire, los alimentos y el agua—, los especialistas subrayan que medir cantidades ínfimas en muestras humanas complejas sigue siendo un reto técnico considerable.
El investigador Dušan Materić, coautor de un estudio crítico publicado en Nature Medicine, llegó a afirmar que uno de los trabajos sobre microplásticos en el cerebro humano «es una broma», señalando que la grasa corporal puede generar falsos positivos. En su opinión, existen dudas serias sobre «más de la mitad de los artículos de alto impacto» que afirman haber detectado plásticos en tejidos humanos.
Uno de los casos más controvertidos es el de un estudio que vinculaba la presencia de microplásticos en placas arteriales con un mayor riesgo de infartos y accidentes cerebrovasculares. Posteriormente, fue duramente criticado por no analizar muestras en blanco tomadas en el propio quirófano, un procedimiento estándar para medir la contaminación de fondo.
Los científicos coinciden en que mejorar la fiabilidad de estas mediciones es crucial. La investigadora Cassandra Rauert advirtió de que difundir datos de baja calidad es irresponsable, fomenta el alarmismo y puede generar miedo innecesario en la población.
Asimismo, alertó del auge de supuestos tratamientos de «limpieza de sangre» sin base científica —algunos con precios de hasta 10.000 euros— que no sólo carecen de eficacia probada, sino que incluso podrían aumentar la exposición a plásticos.
Como medidas razonables, los expertos recomiendan evitar calentar alimentos en recipientes de plástico, reducir el uso de botellas desechables, ventilar bien los hogares y filtrar el agua potable. Precauciones simples, sostienen, que pueden reducir la exposición sin caer en el pánico.