En octubre, los visitantes del Kelvingrove de Glasgow, uno de los museos más visitados de Escocia, encontraron un cartel donde antes estaba el ataúd pintado de un sacerdote egipcio. El museo lo había retirado de la vitrina «como muestra de respeto». Glasgow Life, la entidad financiada por el municipio que administra el museo, explicó la razón: no contaba con el consentimiento documentado e informado del difunto. Con el sacerdote se fueron al depósito una anónima cabeza momificada, una mano derecha hallada en el Valle de los Reyes y un pie, también de dueño desconocido. Pero el difunto sacerdote en cuestión no es anónimo: se llamaba Nakht o Nekht y vivió durante la dinastía XII, entre 1985 y 1797 a.C. Vale decir que el sacerdote egipcio lleva muerto unos 3.800 años.
Su ataúd salió de una tumba de Beni Hasan, en el Egipto Medio, durante las excavaciones de la Universidad de Liverpool de 1902 a 1904, y llegó a Glasgow en 1923. Glasgow Life anunció que la limpieza seguirá. Después vendrán los restos arqueológicos de la sala dedicada a los primeros pobladores de Escocia, y más tarde un ataúd y restos momificados del museo St Mungo.
Es que ninguno de estos muertos o porciones de ellos ha firmado su «consentimiento documentado e informado». Como es bastante improbable que catorce siglos atrás se requirieran estos trámites, la regla pareciera estar hecha para que el resultado sea siempre el mismo. Si se aplicara con rigor, el Reino Unido tendría una sola momia exhibible: la del filósofo Jeremy Bentham que dejó instrucciones expresas para que mostraran su cuerpo en público.
Como suele ocurrir con la burocracia circular autovalidante del progresismo; Glasgow Life justificó la decisión con el nuevo Código de Ética del Consejo Internacional de Museos (ICOM), aprobado en París en junio. El código pide preservar la dignidad de los restos humanos y decidir sobre ellos junto con los descendientes o las comunidades de origen. No dice una palabra sobre consentimiento: Glasgow Life se ha pasado de frenada con lo del «consentimiento informado» que surge de un borrador de política del propio Glasgow Life. Pero la doctrina detrás del absurdo no es una excepción. A pocas cuadras del Kelvingrove, la Hunterian, el museo de la Universidad de Glasgow, cubrió con una tela sintética el cuerpo de una dama egipcia que se exhibía desde 1820, para proteger lo que llamó su «privacidad en la muerte».
Manchester ya se había adentrado en los valles del delirio con Asru, una cantora de un templo de Tebas que murió hace unos 2.700 años. Su cuerpo fue exhibido en 1825 en la Sociedad de Historia Natural de Manchester, antecesora del museo actual. Estuvo dos siglos a la vista, en una ciudad que desde los años setenta hizo de sus momias un laboratorio pionero de paleopatología.
Pero llegó el wokismo a su vida, o muerte, en 2025, y el museo colocó junto a la vitrina en donde estaba Asru un cartel que preguntaba si había que seguir exhibiéndola, con un buzón debajo para que los visitantes dejaran su opinión, como si esto reemplazara a la de ella. En 2026 directamente la retiró. Según el vocero, la decisión era la que mejor se ajustaba a lo que el museo entendía sobre los deseos de la propia Asru (sic). El mismo museo aclaró que no había ningún testamento ni mensaje explícito dejado por ella. Fue espiritismo por encuesta.
El Pitt Rivers de Oxford ya había sacado de exhibición en 2020 sus momias egipcias y las cabezas reducidas de los shuar. El Museo Americano de Historia Natural de Nueva York anunció que retiraría todos los restos humanos de sus salas.
En España, a comienzos de 2025, el Ministerio de Cultura hizo circular entre los dieciséis museos estatales una carta de compromiso sobre el tratamiento ético de restos humanos. El Museo Arqueológico Nacional retiró la momia guanche, que se exhibía en una vitrina de 130.000 euros que quedó vacía. El Museo de América hizo lo mismo con sus momias peruanas.
Y en Argentina, la doctrina se adelantó a todos. En San Fernando del Valle de Catamarca, el Museo Arqueológico Adán Quiroga guarda unas siete mil piezas que cubren doce mil años de historia provincial. En 2012 retiró de sus salas todos los cuerpos momificados y los llevó a un área sin acceso al público, porque decidió que los cuerpos humanos no son objetos de museo. Cinco años después, el propio museo admitía que nadie había pedido la restitución de esos restos. No hubo reclamante; hubo penitencia preventiva. Para explicarle al público por qué ya no podía ver lo que había ido a ver, el museo montó una muestra que se llamó, con toda seriedad, «Cuerpos en disputa». La disputa, en rigor, la había abierto el museo contra sus propios visitantes. Otro museo catamarqueño, el de Laguna Blanca, también sacó de exhibición sus huesos humanos antes de completar cualquier restitución.
La argucia de la autoidentificación
Los muertos recientes tienen protección legal: la ley británica exige consentimiento para usar los restos de quienes murieron en los últimos cien años. Nadie exhibe el cuerpo de un abuelo sin permiso de la familia. Las muestras de cuerpos plastinados que recorren el mundo se arman con donantes que firmaron en vida. Y cuando hay descendientes identificables que reclaman, los museos devuelven.
Pero la nueva doctrina corre esa frontera hasta borrarla, y lo hace con una herramienta precisa: la autoidentificación. El glosario del nuevo código del ICOM define a los pueblos indígenas, entre otros rasgos, por una identidad basada en la autoidentificación y en el reconocimiento de los demás miembros de la comunidad. La carta del ministerio español restringe el acceso a los restos retirados al personal técnico, a los investigadores y a quienes acrediten pertenecer a la comunidad de origen. La ley argentina 25.517 obliga a poner los restos indígenas que están en museos a disposición de las comunidades «de pertenencia» que los reclamen, cualquiera sea su característica étnica. Como suele ocurrir, el wokismo crea realidad, ascendencia, pertenencia y ancestralidad con sólo desearlo. Cero pruebas: el imperio de las sensaciones y los sentimientos. Con cuerpos de varios siglos, la pertenencia queda definida, en la práctica, por quien toque primero la campana.
Si bastase con declararse descendiente, cualquiera podría dar su consentimiento como autopercibido nieto de las momias. Un ancestro de treinta y ocho siglos puede tener cientos de miles de herederos. Podrían debatir qué hacer con la momia del abuelo en un estadio de fútbol. Pero es que, como siempre, se trata de una argucia barata, de un atajo para atacar al sistema. Porque la realidad es que son los gobiernos los que aplican sus normas woke y ya dieron su respuesta.
Y como ocurre siempre, las normas woke sólo se respetan en Occidente. El 3 de abril de 2021, veintidós momias reales cruzaron el centro de El Cairo en un desfile solemne, y el presidente Al Sisi escribió que esperaba con orgullo recibir a los reyes y reinas de Egipto. No les pidió el «consentimiento informado» a ninguna. El llamado Desfile Dorado de los Faraones avanzó en orden cronológico, con dieciocho reyes y cuatro reinas, cada uno en su carroza. Hubo música y transmisión en vivo por la televisión estatal. Terminó en la Sala de las Momias Reales del Museo Nacional de la Civilización Egipcia. La sala está diseñada para que el visitante sienta que entra en una tumba del Valle de los Reyes, y junto a cada momia se exhiben las tomografías que revelan lo que hay bajo las vendas. Es una muestra excepcional.
En noviembre de 2025, Al Sisi inauguró el Gran Museo Egipcio de Giza. Allí se exhiben, junto a la máscara de Tutankamón, las momias de sus dos hijas nacidas prematuramente y tampoco nadie en la familia de Tutankamón firmó el permiso. En el Museo de las Capitales Egipcias, el ministerio colocó en vitrinas las momias de sacerdotes y sacerdotisas de Amón halladas en 1881. Egipto decidió exhibir, y con orgullo.
Para comprender cómo este absurdo se volvió práctica corriente en tres continentes, hay que mirar quién escribe las reglas. El Consejo Internacional de Museos venía de un papelón. En 2019, en Kyoto, su conducción propuso redefinir los museos como espacios «democratizadores, inclusivos y polifónicos» para el diálogo crítico sobre los pasados y los futuros. Siete de cada diez delegados se negaron a votar la propuesta. Siguió una cadena de renuncias que llegó hasta la presidencia de la organización. La definición que finalmente se aprobó en 2022 conservó lo que es el sentido común: un museo investiga, colecciona, conserva, interpreta y exhibe.
Pero esta gente no se da por vencida, así que luego del lobby de siempre, en París este año aprobaron el nuevo Código de Ética con unos pocos cientos de votantes, en nombre de una organización de más de sesenta mil miembros. El asambleísmo callejero de toda la vida. El nuevo texto reemplazó los ocho principios de 2004 por cinco letras, ordenadas, según su redactora, para que ninguno pareciera más importante que otro. El primero es Sociedad. En la mudanza desapareció el viejo principio de que los museos deben operar conforme a la ley. El preámbulo sigue llamando a la ley el piso de la actuación de los museos, pero remite a una lista de marcos legales que todavía no estaba aprobada. La introducción enumera, entre los grandes desafíos de la época, el papel de los museos en el proceso colonizador (para sorpresa de nadie).
En la misma asamblea se anunció un Comité Permanente de Descolonización, y el dogma decolonial pasó así de consigna a organigrama. Los redactores aclaran que el código no obliga, pero esa premisa no es honesta: que un texto no obligue no significa que no presione. El mecanismo es conocido, y ya se vio con las normas de diversidad, equidad e inclusión: primero llegan como recomendación, después como buena práctica, luego tienen empleados/veedores, un lugar en la mesa de decisión corporativa o institucional y al final la «propuesta» se transforma en condición. El código del ICOM es el primer escalón, y los demás ya están a la vista.
En todo el mundo los debates museológicos hablan de reparaciones, y en el Reino Unido, un grupo de parlamentarios dedicado a las reparaciones a África publicó en 2025 un informe con catorce recomendaciones, citado por Glasgow Life como respaldo. Propone reformar la Ley de Tejidos Humanos para que exhibir restos humanos sea delito, salvo que haya consentimiento.
Entre esos escalones trabaja la presión. La prensa celebra cada retiro como un gesto de justicia social ancestral, las organizaciones militantes reclaman el siguiente, y cualquier reclamante autopercibido tiene un trámite a su disposición. Ningún director quiere ser el último en entender la época. Así, un código que no obliga termina funcionando como una pinza: de un lado, la norma blanda que fija el vocabulario; del otro, el activismo que convierte ese vocabulario en deber. En el medio queda la museología occidental, apretada hasta que suelta lo que tiene en la vitrina.
El cambio más profundo del código no está en el capítulo sobre restos humanos. Está en una conjunción. El texto pide que la información que ofrecen los museos se funde en las disciplinas académicas y científicas, el conocimiento tradicional o los sistemas de creencias. Otro principio pide respetar, en pie de igualdad, las ciencias, el conocimiento tradicional y los sistemas de creencias de los pueblos indígenas. Con esa «o», la creencia queda como fundamento equivalente a la ciencia.
Para entender la involución y el ataque a la ciencia que eso significa, hay que recordar para qué se inventó el museo.
El museo moderno es hijo de la revolución científica. A comienzos del siglo XVII, Francis Bacon imaginó en su utopía Nueva Atlántida una «Casa de Salomón», donde investigadores trabajaban en un programa colaborativo de experimentación y colección. Esa visión tuvo enorme influencia: tanto la Royal Society como el primer Ashmolean de Oxford se inspiraron en ella, y ambas instituciones tuvieron su propia colección exhibida en un museo. La Royal Society, fundada en 1660, quería un conocimiento apoyado en hechos comprobables. Sus miembros armaron un depósito de rarezas naturales y artificiales que crecía con los aportes de cada uno, y esas piezas alimentaban buena parte de las discusiones en las reuniones.
En 1683 abrió el Ashmolean, considerado el primer museo moderno. Como en la Royal Society, su eje era el nuevo método científico y el razonamiento inductivo que había defendido Bacon. Su fundador exigió un edificio pensado para la práctica científica: un depósito para las colecciones, un aula de historia natural y, en el sótano, un laboratorio químico de avanzada. El primer conservador fue el profesor de química de Oxford. Ashmole quería un centro de investigación práctica para avanzar en el conocimiento del mundo natural, que consideraba indispensable para la salud y la vida humana.
Setenta años después llegó el siguiente paso. Sir Hans Sloane, médico y presidente de la Royal Society, había reunido más de 80.000 rarezas naturales y artificiales. Una ley del Parlamento de 1753 compró esa colección y creó con ella el primer museo nacional, público y gratuito del mundo, abierto a «todas las personas estudiosas y curiosas». En su testamento, Sloane sostuvo que ampliar el conocimiento servía al bien de la humanidad.
Ese es el valor inconmensurable del museo moderno. Por un lado, la convicción de que mirar los hechos es la clave del conocimiento, sea un fósil, un astrolabio o una momia. Por otro lado, la idea de que esos hechos deben estar al alcance de cualquiera con curiosidad, no solo de los iniciados y privilegiados.
La narrativa decolonial invierte las dos premisas. El criterio ya no es el hecho, sino la sensibilidad; el destinatario ya no es el visitante estudioso y curioso, sino un ofendido hipotético. Y donde había un método aparece una categoría ideológica: el «colonizador» y el «colonizado» reemplazan al dato, la pertenencia autodeclarada reemplaza a la prueba, la creencia se sienta a la mesa de la ciencia con el mismo derecho a voto. El resultado es un regreso al gabinete ocultista y cerrado anterior a Bacon. Los restos siguen existiendo, pero guardados en depósitos adonde el público no entra. Ese público es el que paga, con sus impuestos, el sostenimiento de esos museos.
No es casual que el ataque apunte justo a los cuerpos. En la anatomía se libró una de las batallas decisivas de la ciencia moderna contra la autoridad de los libros, y el cuerpo humano expuesto fue durante siglos el emblema de esa victoria. La Hunterian lo sabe mejor que nadie. Nació del legado de William Hunter (1718-1783), anatomista y obstetra de fama internacional, y abrió sus puertas en 1807 como el primer museo público de Escocia. Hunter daba clases de anatomía en su casa y museo de Londres, y su colección privada abarcaba, entre otras cosas, especímenes anatómicos y patológicos. El museo que hoy pide “consentimiento informado” a cadáveres de miles de años fue fundado por un hombre que dedicó su vida a mostrar cuerpos para que otros aprendieran.
Todo lo que sabemos sobre cómo comían, enfermaban, rezaban y enterraban nuestros antepasados, lo que conocemos de sus culturas, salió de observar sus restos. Surgió al desvendar, medir, radiografiar y, sobre todo, exhibir, para que generaciones de estudiantes se preguntaran quién había sido ese señor del sarcófago. El conocimiento acumulado es lo que nos permite tratar a esos muertos como personas con nombre, oficio y biografía, y no como curiosidades de feria. El museo moderno nació para eso: para que los muertos de otros tiempos les enseñen a los vivos. Desde el depósito de la Royal Society hasta el Gran Museo de Giza, la idea fue la misma: lo que se guarda para todos, se aprende entre todos.
Si de verdad se quiere saber qué deseaban los antiguos egipcios, no hace falta un buzón: lo dejaron escrito. Para ellos, pronunciar el nombre de un muerto era mantenerlo vivo, y por eso las tumbas pedían a quien pasara que lo dijera en voz alta. La piel de leopardo pintada en la tapa lo identifica como sacerdote sem, una figura central en la ceremonia de la Apertura de la Boca, que servía para que el difunto pudiera respirar, hablar y recibir alimento. Si hay un deseo egipcio que se puede reconstruir con cierta seguridad, es el contrario del que le atribuyen en Glasgow: ser nombrado, leído, recordado. Para un egipcio, la segunda muerte era el olvido. El wokismo condena a estos antepasados al olvido y se atreve a llamarlo respeto.