El jueves pasado, en la mañana de Yom Kipur, Jihad al-Shamie, un inmigrante sirio que emigró de pequeño con su familia y consiguió la ciudadanía británica, masacró a un grupo de judíos que estaban en la puerta de la Congregación Hebrea de Heaton Park. El primer ministro, Keir Starmer, describió el ataque terrorista como algo muy sorprendente, palabras vacías de todo sentido, porque si algo no fue sorpresivo fue este atentado.
Empecemos por el hecho de que Gran Bretaña lleva muchos años alimentando esta posibilidad, siendo sorda a las denuncias sobre el terrorismo islamista doméstico y permaneciendo impasible frente al crecimiento de este tipo de violencia. Los judíos británicos representaban menos del 0,5% de la población y sin embargo son la cuarta parte de las víctimas de crímenes a causa de su religión. El cementerio judío en Kent fue profanado ocho veces en diez años. La necesidad de tener seguridad en escuelas y sinagogas es el cotidiano de la vida judía. Quienes llaman a su exterminio no son procesados. «Globalizar la Intifada» en la práctica es muy fácil en UK. Se sabía lo que se avecinaba, y ocurrió…y volverá a ocurrir. El padre del terrorista avaló públicamente este tipo de acciones, y para mayor abundamiento llamó a su hijo Jihad; lo crió para esto. ¿Alguien piensa que se trata de un caso aislado? ¿Alguien cree que esta sed de sangre se detendrá en el 0,5% de la población?
No hay lugar para la ingenuidad aquí. Horas después del atentado cometido por Jihad, se organizó una protesta pro-Palestina organizada por el Movimiento Global por Gaza (sí, los de la flotilla de Greta) en Whitehall. Perfectamente coordinadas, otras marchas se realizaron simultáneamente en las principales capitales europeas. Así es como reacciona el islamoizquierdismo luego de cada atentado terrorista, lo vimos en el jolgorio que montaron tras el 11- S.
Cuando la masacre del 7-O estaba aún en curso e Israel ni siquiera había entrado en Gaza, en el llamado Occidente libre ya se habían soltado las riendas del islamismo radical. Desde entonces, los incidentes antisemitas en Gran Bretaña alcanzaron su máximo en 40 años y las agresiones contra judíos aumentaron un 100%. Activistas corean consignas de guerra en árabe que glorifican el asesinato de judíos en las manifestaciones. El Community Security Trust registró 1.521 incidentes antisemitas en el primer semestre de 2025. Es la definición misma de una Intifada global que, 2 años después, se muestra dispuesta a todo.
Ninguna de estas marchas, ni aquellos que supuestamente están muy afectados por el devenir de la guerra, condena los atentados terroristas islamistas que son el 90% de los atentados mundiales. Este tipo de comportamiento está en la esencia del movimiento, también eso se muestra abiertamente al público. Por ejemplo, en Londres el día anterior al atentado de Manchester ya amenazaban, lanzaban fuegos artificiales por calles abarrotadas, unidos en cánticos por la destrucción de Israel. Estas turbas tienen organización, dirección y financiamiento, surgen por todo el país en calles, centros comerciales, estaciones de tren, en cualquier lugar donde puedan intimidar ante la mirada impotente de las fuerzas de seguridad. Los hispanos conocen al dedillo ese modus operandi, con el que han derrocado gobiernos, mientras la policía se queda paralizada.
Frente a los hechos que permitieron, precedieron y ocurrieron posteriormente a raíz de la masacre de Manchester surgen al menos tres paradojas. La primera es que la nación cuya identidad de posguerra se forjó en base a su lucha contra los nazis, – y recordemos que el nazismo no es otra cosa que la militarización de las ideas del “propalestinismo” y la “intifada global”- es hoy el lugar donde celebrar el Yom Kipur conlleva riesgo de vida.
Pero la segunda paradoja es aún más inquietante: según datos recientes, la población judía mundial es de 15.8 millones, lo que representa apenas el 0.18% de la población mundial. Por otra parte, la población musulmana global se estima en aproximadamente 2.17 mil millones en 2025, constituyendo más del 26.3% de la población mundial. En Europa, viven unos 25 millones de musulmanes y aproximadamente 1.300.000 judíos. Esto significa que la población musulmana mundial es aproximadamente 137 veces mayor que la población judía mundial, y en Europa la proporción es de aproximadamente 19 a 1.
En Occidente, según las encuestas y la forma en la que votan los países en ONU, la mayoría es favorable a que los Estados europeos reconozcan el Estado de Palestina; en cambio, en el mundo árabe, el 84% de ciudadanos rechaza el reconocimiento de Israel. En Europa, entre un 63% y un 70% de los encuestados tienen una opinión desfavorable de Israel, y solo entre un 13% y un 21% expresan apoyo. Incluso en Estados Unidos el apoyo de los votantes estadounidenses a Israel cayó a un mínimo histórico, con un 35% apoyando a los palestinos, 34% a Israel y 31% indeciso, marcando un cambio significativo desde 2023.
Esto nos demuestra que la comunidad judía, siendo la minoría religiosa más pequeña del mundo, enfrenta no sólo una desventaja demográfica frente a la comunidad musulmana, sino también un aislamiento político creciente de la comunidad no musulmana. Las causas asociadas a Israel encuentran cada vez menos respaldo tanto en Occidente como en Oriente, mientras que las causas palestinas cuentan con apoyo mayoritario en más del 73% de los países del mundo. Y un apoyo absoluto en el mundo musulmán.
Este amplio respaldo internacional a la narrativa, causa, o políticas favorables al islamismo y a sus acciones, crece a pesar de que movimientos surgidos de estas comunidades han sido responsables de más de 200.000 muertes en atentados terroristas recientes. Sólo en Europa hablamos de miles de muertos y heridos. Ni qué hablar de agresiones sexuales y amenazas o casos no mortales de armas blancas. Grupos islamistas están cometiendo una masacre contra cristianos en África casi semanalmente. Los cristianos están sufriendo una persecución sin precedentes a manos de la yihad mundial sin que los líderes occidentales, ni los organismos internacionales hagan absolutamente nada. Ni siquiera la institucionalidad cristiana se atreve a condenar esta limpieza religiosa; aunque con gusto se acopla a los libelos contra Israel.
¿Cómo es posible que una comunidad que representa el 26,3% de la población mundial, que cuenta con apoyo mayoritario internacional para sus causas políticas y que además produce en su seno a los grupos terroristas más letales y la ola de violencia terrorista más virulenta de la historia moderna, pueda seguir siendo considerada una minoría victimizada; mientras que la minoría judía enfrenta un aislamiento político creciente a pesar de no generar grupos terroristas y no representar ni el 0,2% de la población?
¿Cómo puede ser que los judíos sean presentados como los grandes titiriteros de los asuntos geopolíticos, cuando sólo en los últimos cinco años, las resoluciones de la ONU muestran que más del 70% de todas las condenas formales emitidas estuvieron dirigidas a un único país: Israel; frente al 20% del resto de las resoluciones condenatorias destinadas al resto del mundo, y que casi no reciban condenas dictaduras que presentan graves violaciones de derechos humanos?
¿Cómo puede ser que se acuse a los judíos de controlar la prensa mundial cuando la casi totalidad de los medios en Occidente ha presentado coberturas sesgadas, con un número notable de opiniones críticas y narrativas desfavorables hacia Israel, dando por buena la información que brinda el gobierno gazatí de Hamás. Mientras que en el mundo islamista, el sesgo proOccidente y proisraelí es completamente nulo?
Y la tercera, quizá la más grave paradoja, es la aceptación occidental de la narrativa surgida del antioccidentalismo, que sostiene que los judíos son los grandes «privilegiados» de la pirámide interseccional del mundo. Mientras que los islamistas, que hacen alarde de sus llamados a la masacre, no son tomados como amenaza. Los judíos, esa pequeña y asediada minoría, vuelven a ser el chivo expiatorio.
Ya no sirve sólo denunciar que los antiguos libelos de sangre están siendo reutilizados para insuflar las idiotas y criminales mentes de los antifas. Es urgente entender que por volumen, objetivos, envalentonamiento y comprensión de la pasividad occidental esto ha pasado a ser una guerra declarada que está transformando la sociedad libre a pasos agigantados, explotando nuestras vulnerabilidades y organizando una estructura cultural, legal y educativa que les proporciona ¡hasta tribunales de la sharía! Están impulsando su agenda a tal punto que en UK las normas de salud del Servicio Nacional de Salud ensalzan los beneficios del matrimonio entre primos hermanos.
Los islamistas saben que ahora cuentan con aliados confiables, que pueden hacer y decir lo que quieran y ser aclamados por miles de personas, porque tienen la protección moral de la izquierda. Los asesinatos de Yom Kipur en Manchester son la advertencia final: no sólo las sinagogas están amenazadas. Las iglesias, los teatros, los estadios y todo lo que define a Occidente y sus conquistas han pasado a ser objetivos militares.
La influencia islamista ha penetrado profundamente en casi todos los órganos de decisión de Occidente, generando una peligrosa ceguera ante la amenaza que enfrentamos. El odio dirigido hoy contra los judíos moviliza a millones, pero su objetivo no se detendrá en ese 0,18% de la población mundial. Este monstruo desatado —hambriento, envalentonado, armado y protegido— ya no se oculta. Cada bandera palestina enarbolada con impunidad es una señal de alarma: la intifada global ya ha comenzado, y negarlo sólo acelera su avance.