El interés político de las próximas elecciones andaluzas está tan claro que, una vez explicado, no queda sino batirnos (el cobre). Se trata, como todos ustedes saben, de ver si Moreno Bonilla replica su mayoría absoluta y continuista o si Manuel Gavira se la arrebata, y fuerza un cambio de rumbo en el océano de la autosatisfacción pepera. Y eso es todo, amigos.
Salvo por el interés sociológico, que es mucho más variopinto. El PSOE, políticamente, no tiene nada que hacer, pero se juega ver qué suelo tiene. Llega a Andalucía con una candidata poco simpática (para decirlo con delicadeza), que ha perjudicado a Andalucía en el reparto de fondos, favoreciendo a Cataluña, y que ha participado en los gobiernos de los ERE en Andalucía y en los gobiernos de Sánchez de Madrid. Lo tiene todo. Más que una candidata parece una prueba de estrés al PSOE andaluz.
Pero mejor que de suelos, resulta más interesante hablar de otro factor que describe la mecánica de lo que en verdad ocurre. Lo que vamos a ver es la fidelidad a la marca del PSOE. Sólo a la marca, porque el contenido socialista, obrero y español se ha volatizado hace mucho o lo han volado para que Pedro Sánchez vaya pagando a plazos su estancia en La Moncloa. Quedar, sólo queda la marca.
No seré yo el que desdeñe este factor. Mi biografía no me deja. En la primera adolescencia aspirábamos a polos de postín y mi madre, muy en su estilo, no nos lo discutió. Recortaba los cocodrilos de algún polo viejo —comprado en un instante de debilidad que jamás se volvió a repetir— o de alguno heredado de los hijos de sus amigas, y los cosía con mucha guasa a unos polos del mercadillo, llamado en mi pueblo «los gitanos» con todo el respeto del mundo. Colocar en suerte al cocodrilo —conseguir la horizontal perfecta o el sitio ideal— era complicado y a veces el saurio parecía recién salido del pantano de debajo del brazo o tan rampante como el león de Castilla. En invierno, cuando se pasaba la temporada de los polos, quise tener un abrigo loden y mi madre se consiguió… ¡una etiqueta auténtica de loden!, bellísima, por cierto. Y la pegó con cuatro puntadas a un abrigo de tela verde tirando a amarillo limón, que Dios sabe de dónde habría sacado. Más que austríaco, era astringente.
Mi madre no tenía la menor intención de engañar a nadie, pero sí la de dejarnos una lección sobre las marcas sin discutir, dándonos más o menos gusto, riéndose de ella, de nosotros y un poco de todos. Yo salí curado (por homeopatía) de la fiebre del marquismo.
Pero lo de mi madre es lo que les hacen a los votantes de este PSOE. Llevan un polo malísimo, de ocasión, comprado en un mercadillo (el de los cambalaches con los nacionalistas); pero, como le han cosido la rosa y el puño de aquella manera, ya les vale a muchos. ¿A cuántos? Esa es la cuestión. Es lógico que esto enerve a Juanma Moreno Bonilla que ha hecho, con el corazón asín de ancho, todo lo que estaba en su mano para ofrecer el mismo género que ofrecía antaño el PSOE. ¿Qué diferencias sustanciales hay? El mismo aborto, el mismo andalucismo, el mismo culto a Blas Infante, las mismas estructuras, idéntica ideología social y el resto del muestrario.
Aunque a Juanma Moreno tampoco le conviene quejarse demasiado del poder magnético de las marcas. ¿O acaso no consigue él muchos votos por el tic de la gaviota, de gentes absolutamente convencidas de que votan a un partido de derechas de toda la vida? Y ya vemos el paño: del mismo corte que mi loden amarilloso.
La cuestión política estriba en si Gavira fuerza unos números que le permitan sacar al PP de su cómoda inercia; pero el interés psicológico y social será comprobar la hipnosis encantatoria de los logos, que son todo lo contrario que el logos. Por el contrario, la marca sí hace honor a su nombre, y marca.