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PARA SUBVERTIR EL ORDEN EN LAS SOCIEDADES

La posverdad y la falta de reacción ante el nuevo modelo «amigable» de la izquierda

Un contenedor arde durante las protestas en Cataluña por el encarcelamiento de Pablo Hasel. Europa Press
Un contenedor arde durante las protestas en Cataluña por el encarcelamiento de Pablo Hasel. Europa Press

El terrorismo explícito del siglo XX, que intentó por las armas y de manera cruel acabar con la forma de vida occidental, fue derrotado por los ejércitos regulares. Pasó en América y pasó en Europa; desde los Montoneros en Argentina, los tupamaros en Uruguay, Sendero Luminoso en Perú o el ejército sandinista en Nicaragua hasta el IRA irlandés, ETA en España o las Brigadas Rojas en Italia, todos compartieron las formas y el fondo: sembrar el terror en la población civil para alterar de modo violento e irreversible el sistema político y los valores sociales.

Lejos de rendirse, esos extremistas se han reconvertido manteniendo una idéntica finalidad pero, en pos de mejorar la efectividad, han introducido modales amigables para ser aceptados por las sociedades, infiltrándose de manera imperceptible. El ecologismo, la ideología de género, el multiculturalismo y la inmigración ilegal, las banderas del cambio climático, el cuidado de los bosques y de los animales en extinción o el feminismo son las nuevas «causas» que dicen inspirarlos. Pero detrás de ellas está el ataque a la familia, a las tradiciones y hasta a las formas más elementales de nuestra comunicación. Para esa concepción el individuo es el eslabón más insignificante de la cadena; privilegian todo antes que el ser humano y promueven su aniquilamiento con el discurso de la libertad para abortarlo. Pretenden modificar hasta el idioma y con ello enfrentar y dividir. Siembran discordia, lo que mejor hacen, lo que hicieron siempre.

Lo más preocupante de este proceso no es que la izquierda insista en su proyecto de subvertir el orden; el problema es la pasividad del resto, la falta de reacción a este desarrollo pacífico en las formas pero absolutamente violento en sus objetivos. Y si hay reacciones, son de una heterodoxia que tampoco encuadra.

El escritor venezolano Moisés Naím esboza una teoría de las tres «p»: populismo, polarización y posverdad, y parece dar respuesta al nuevo proceso «antisistema» en auge. 

La democracia liberal, como forma de organización institucional y normativa, está en peligro desde hace décadas por dos motivos: porque las izquierdas autoritarias la vienen utilizando para insertarse en un orden político en el que no creen pero que aprovechan para socavarla desde dentro, y por la aparición de una suerte de críticos que desestiman el valor de la democracia política y solo reconocen su sistema electoral. Minimizan el imperio de la ley, de los cuerpos legislativos y de la construcción de la doctrina política que ha ordenado a Occidente desde el fin de la Guerra Fría. En el fondo, son dos caras de una misma moneda.

En los últimos tiempos y ante una profunda crisis de representatividad, aparecieron reacciones preocupantes; voces autócratas que proponen arrasar con el statu-quo como solución a todo lo que está mal, y esa es una opción peligrosa porque implica la radicalización absoluta y el ser humano radicalizado abandona la defensa de los valores de la construcción social civilizada. La destrucción de todas las estructuras (política y jurídica) supone desmarcar a la sociedad de las más elementales reglas de convivencia, lo que convierte la vida cotidiana en una jungla; por cierto, una dinámica irresponsable que está tomando cuerpo y que algunos representantes de la sociedad civil proponen. Se trata de los ahora de moda «antisistema» y, de allí, el surgimiento del salvador, del héroe solitario que viene a rescatar al pueblo de todos los males que lo encorsetan y que promete hacerlo con la ley en la mano si la realidad es dócil a sus formas o a pesar de ella en caso contrario. A diferencia de las autocracias que el mundo padeció en el pasado, estos nuevos personajes no echan mano de las armas y de las fuerzas regulares sino de sus propios simpatizantes y seguidores a quienes llaman a través de un discurso cargado de descalificaciones contra la situación presente a la que describen como ilegítima y, por tal, pasible de alzarse contra el Estado de derecho. Esa propuesta no es sino populismo puro y duro (la primera «p» que menciona Naím) y es una gruesa simplificación de los enormes dilemas que enfrenta Occidente. 

Los defectos del sistema político son innegables y, lejos de solucionarse, aumentan con el paso del tiempo. Pero el planteo serio, probablemente el único, es si existe un modelo alternativo mejor no revelado hasta el presente. Si no lo hubiera, habría que identificar los fallos y repararlos o destruir por completo el modelo y reemplazarlo por otro. Esta nueva ola de políticos apuesta por la opción B y para el «mientras tanto», hasta alcanzar ese mundo mejor, solo hay anarquismo sin leyes de convivencia

Esta propuesta es a las claras un atajo que ninguna sociedad madura elegiría y alentarla es muy peligroso y muy perverso; volver a ilusionar con soluciones inviables no debería caber en las propuestas políticas de nadie. Ninguna desesperanza es gratuita y las consecuencias de gente defraudada, otra vez, por los resultados de una apuesta que tampoco funcionó, son impredecibles. Pero frente a la quimera se agolpan los que la abrazan y los que le desconfían porque ambas miradas son válidas pero antagónicas y ello provoca un enfrentamiento entre pares, vecinos contra vecinos, gente que sufre. Allí está el germen de la polarización (la segunda «p» de Naím), esos caminos que agitan las emociones y que las dejan libradas al azar, sin la contención de un sistema normativo sino en un estado de excitación descontrolado.

Todo este proceso es posible en el marco de la posverdad, entendida como la desaparición de criterios objetivos comunes sobre qué es la verdad, cuando lo que está bien y está mal se relativiza, cuando se ponen en tela de juicio las instituciones, las tradiciones, el pasado y los principios morales. Este combo parece ser la única reacción a las probadas deficiencias de la democracia liberal. Pero nada indica que dinamitarla desde dentro sea la mejor solución a sus fallos. 

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