Sobre la injusta muerte de George Floyd y el racismo en Estados Unidos

Marco Rubio

El asesinato de George Floyd a manos de las fuerzas del orden es un crimen deleznable que ha conmocionado a la nación. Sin embargo, sería un error concluir que la agitación de las últimas semanas tiene que ver sólo con su muerte, o está relacionada con la policía.

El centro de esta agitación tiene que ver con qué tipo de sociedad somos y qué tipo de sociedad queremos ser.

Una sociedad es una agrupación voluntaria de personas que viven juntas. Para que una sociedad progrese, los que viven en ella deben confiar en que sus intereses están protegidos y que sus voces son oídas. Pero cuando un grupo numeroso de personas de una sociedad cree que no se le escucha, que no se le considera o que no es deseado, entonces esa sociedad tendrá problemas graves.

Durante décadas, los afroamericanos se han lamentado porque sienten que se les ignora, que no se abordan sus problemas y que sus vidas no importan. Dada la historia de nuestra nación con la raza, es una queja incómoda, una que muchos quieren evitar. Pero como una mala deuda que, al final, hay que pagar, es una queja que ya no podemos seguir ignorando.

Como en el pasado, en las revueltas de los últimos días se han oído voces que argumentan que los cimientos de nuestra república están construidos sobre un racismo sistémico y que, por tanto, deben ser derribados. La única diferencia es que ahora, una afirmación como esta, no viene sólo de los ambientes marginales de nuestra política. Como en el pasado, también hay voces que dicen que hoy la raza es un factor sólo en casos individuales, no de nuestra sociedad en general.

Ambas visiones son erróneas.

Los cimientos de nuestro país no son irremediablemente racistas. La abolición, el sufragio universal, la eliminación de la segregación, el movimiento de los Derechos Civiles: ninguno de ellos fue un llamamiento a derribar nuestros valores, sino una exigencia a hacerlos realidad. Y la Constitución que antes consideraba que un esclavo era tres quintos de persona fue, en última instancia, el vehículo utilizado para liberarlos y garantizar sus derechos más fundamentales.

En estos últimos cincuenta años hemos avanzado muchísimo en lo que a igualdad racial se refiere, pero sigue habiendo asombrosas desigualdades raciales en temas como salud, educación, vivienda, economía y justicia penal. Y esto lleva a esa verdad fundamental según la cual, cualquier sociedad en la que un porcentaje significativo de personas creen que son tratadas injustamente es una sociedad que tiene un problema, es una sociedad que nunca podrá alcanzar totalmente su potencial a no ser que se aborden esas injusticias. Sin embargo, esto no es excusa para que los extremistas radicales y violentos incendien, saqueen los edificios e hieran a personas inocentes; pero tampoco debe llevarnos a ideas estúpidas como quitar fondos a la policía. Y esta situación no se arreglará mientras las corporaciones que envían miles de emails para demostrar que han abierto los ojos ante este problema sigan deslocalizando su producción a China. Pero tampoco la arreglará la pretensión de que la raza ya no es un problema, o acusando a todo el que no está de acuerdo -y lo dice- de odiar a Estados Unidos.

Sí, sigue habiendo racistas viles entre nosotros, aunque pocos de ellos lo admitirían abiertamente. Pero en los Estados Unidos del siglo XXI, pocos se consideran racistas. La razón principal por la que la raza sigue siendo relevante hoy en día es porque la comunidad afroamericana se enfrenta a una serie única de desafíos, que muy poca gente en posiciones de poder o en política comprende plenamente.

Imaginen un niño que crece en un hogar estable, en un barrio seguro, va a un buen colegio y tiene un profesor privado que le ayuda a preparar el SAT [examen de acceso a la universidad]. Mientras tanto, otro niño, a pocos kilómetros de distancia, crece en un hogar monoparental (a veces con uno de sus abuelos), en una infravivienda de un barrio peligroso. Este niño va a un colegio que es un fracaso y no puede permitirse un profesor privado que le ayude a preparar su examen de acceso al SAT. La mayoría de los días ni siquiera tiene acceso a una red WiFi.

¿Realmente estos dos niños tienen la misma oportunidad de ir a la misma universidad?

Si un estudiante universitario tiene los contactos y el dinero necesarios para llevar a cabo prácticas no remuneradas durante el verano o para estudiar en el extranjero, y otro estudiante tiene que trabajar durante el verano para poder permitirse volver a la universidad en otoño, ¿realmente tienen la misma oportunidad de ser contratados cuando se licencien?

Si un joven adulto hace algo estúpido y es arrestado, sus padres pueden contratar a un buen abogado y, así, evitar tener antecedentes penales. En cambio, otro joven adulto que hace exactamente la misma estupidez tiene un abogado de oficio y se declara culpable para obtener una reducción de la pena, por lo que acaba teniendo antecedentes penales. ¿Tienen realmente la misma oportunidad cuando se presentan para el mismo trabajo?

Cuando los legisladores animan a las fábricas, que antes empleaban a afroamericanos, a trasladar la producción fuera del país, en un esfuerzo por beneficiar a quienes están empleados en los ámbitos tecnológico y financiero, ¿cómo podemos realmente esperar que haya prosperidad para todos los estadounidenses? Y cuando un número desproporcionado de los desfavorecidos pertenece a una raza, mientras que un número desproporcionado de los favorecidos pertenece a otra, el resultado es la desigualdad racial.

Algunos sugieren que estas desigualdades son el resultado de un racismo institucionalizado, o de una esfuerzo deliberado para perjudicar a los afroamericanos. Creo que es el resultado de algo mucho menos siniestro, pero a veces igualmente perjudicial.

Es el resultado de la indiferencia racial.

El hecho es que muchos de los que están en posiciones de poder e influencia se olvidan, o no son conscientes, de los desafíos desproporcionados a los que se enfrentan las comunidades afroamericanas en todo el país. Debemos ser conscientes de estos desafíos y abordar estas desigualdades que ellos crean, porque cuando no lo hacemos, se convierten en injusticias. Y cuando se ignoran las injusticias, estas llevan a las desavenencias, la división y la agitación.

De ninguna manera estas desigualdades captan completamente, de por sí, la totalidad del desafío que tenemos ante nosotros. Sigue habiendo puntos de fricción que son reminiscencia de una época diferente y vergonzosa de nuestra historia, y también por esto la indiferencia puede causar sufrimiento. La verdad es que la amplia mayoría de los estadounidenses no conoce personalmente el sufrimiento que causa la reacción implícita -y a veces explícita- al color de la propia piel.

El verdadero progreso exige que escuchemos el punto de vista de quienes sí lo conocen.

Escuchen al joven que conozco que ve reportajes sobre un hombre joven que se parece a él, a sus tíos, a su abuelo, y que es asesinado por justicieros en un caso de identificación errónea. Si estos no se hubieran grabado cometiendo el asesinato, nadie se habría enterado y habrían salido impunes. Escuchen y él les dirá que, si no fuera jugador profesional de fútbol americano, su vida no valdría nada.

Escuchen al policía que conozco, que ha sido detenido al menos siete veces por su propio departamento sin ninguna razón, y les dirá la humillación que sintió al tener que explicar esto a su hijo adolescente.

Escuchen lo que sienten los afroamericanos cuando ven en las noticias que una madre de Miami que había ahogado a su hijo autista en lo que es una terrible tragedia, intentó encubrir su acción diciendo a la policía que había sido secuestrada por dos hombres afroamericanos que le pedían drogas.

Y escuchen lo que sienten cuando leen sobre la imputación del jefe de policía de Biscayne Park, Florida, quien, para poder alardear de haber conseguido cifras récord en la solución de crímenes, ordenó a sus oficiales que arrestaran a cualquier hombre negro que caminara por la calle. Y no sólo esto: si alguno de ellos tenía antecedentes, debían acusarle de cualquiera de los crímenes aún no resueltos.

Escuchen, pero no porque sea culpa de ustedes. Escuchen, porque esto es lo que las personas que quieren vivir juntas en armonía deben hacer. Este es el respeto que nos debemos unos a otros, como compañeros, como personas que trabajamos juntas. Esta es la empatía que se nos exige como vecinos, como amigos y como hijos del mismo Dios.

Esto tal vez no sea culpa de USTEDES. Pero sí que es problema NUESTRO. Hasta que sanemos esta división nunca tendremos el tipo de sociedad que deseamos. Y nunca podremos alcanzar la prometedora promesa de nuestra nación.

Hay razón para la esperanza. Incluso en un país dividido en el que la brecha política y cultural que nos separa continúa agrandándose, ha surgido un claro consenso: en Estados Unidos no podemos seguir ignorando la cuestión racial. Pero es un consenso frágil, que ya está siendo sometido a prueba por voces que se alzan haciendo un llamamiento a nuestros miedos más fundamentales y, también, por quienes ven en todo esto una oportunidad de dividir más y avanzar ideas más extremistas.

Si este es el camino que elegimos, en el futuro miraremos atrás, a este tiempo, con profundo arrepentimiento. Lo que tendremos es una sociedad aún más airada y más divida de lo que ya es ahora. Lo que tendremos es un país que ya no se parecerá al que honramos cuando nos ponemos de pie durante el himno nacional. E irónicamente, lo que tendremos es un país que estará aún más alejado del que algunos piden de rodillas.

El único camino para avanzar es tratarnos unos a otros con la empatía y el respeto que se exige a un pueblo que ha decidido compartir una nación y un futuro.

Este texto es el discurso que el senador Rubio dio ante el Congreso el 9 de junio de 2020.

 

Publicado por el senador Marco Rubio en The Public Discourse.

Traducido por Verbum Caro para La Gaceta.

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