
Pocos artistas encarnaron la libertad como Ozzy Osbourne, fallecido este martes a los 76 años. Líder y vocalista de Black Sabbath, agrupación que para muchos fundó todo un género como el Heavy Metal, tuvo una carrera que atravesó las seis últimas décadas en la cúspide. Aunque su figura suele recordarse por los excesos del rock y su leyenda sobre los escenarios, Ozzy también dejó claro que no tenía miedo de decir lo que pensaba sobre los poderosos, y especialmente sobre los que vestían el traje del progresismo.
En su autobiografía I Am Ozzy (2009), cargó sin filtros contra Tony Blair, ex primer ministro británico y uno de los grandes artífices del intervencionismo occidental en Oriente Medio. Tras coincidir con él en una entrega de premios, Osbourne escribió: «Blair era encantador, supongo. Pero no podía dejar de pensar que nuestros jóvenes soldados estaban muriendo en Oriente Medio y él aún tenía tiempo para codearse con estrellas del pop».
Lejos de halagar la vena musical del político laborista —que fue parte de una banda amateur en Oxford—, Ozzy lo ridiculizó sin piedad cuando Blair le confesó que nunca supo tocar «Iron Man»: «¡Jódeme, Tony! La gente se está volando por los aires y tú me hablas de los acordes de ‘Iron Man’. ¿A quién demonios le importa eso?».
Aunque la política no era el centro de su actividad, la leyenda del rock tampoco se calló ante la gestión política del COVID-19, que consideró más teatral que responsable. Sus declaraciones revelaban una crítica profunda a la clase política globalista en su conjunto, exigiendo liderazgo real y no marketing sanitario: «Nos decían que hiciéramos esto o aquello, que confiáramos en los expertos, pero parecía que nadie sabía qué demonios estaba haciendo. Si uno quiere ser gobernante, al menos debería entender de política, no actuar como un payaso».
Más allá de las etiquetas ideológicas, Ozzy desconfiaba abiertamente de la clase política como casta. En 2020, llegó a decir en televisión: «No entiendo a los políticos; deberían formar una banda de rock enorme y ver si saben tocar algo».
En un tiempo donde muchos artistas venden rebeldía, pero se pliegan a la corrección política, Ozzy Osbourne fue un outsider auténtico: incómodo, imprevisible, pero también agudo y valiente. Su crítica a la banalidad de Blair, su escepticismo ante el manejo político de la pandemia y su desprecio hacia los líderes que jugaban a la guerra con cinismo lo colocan, paradójicamente, más cerca del sentido común popular que del elitismo izquierdista con el que tantas estrellas se alinean hoy sin rubor. Al final y al cabo, inició su vida adulta como un simple obrero de Birmingham y la acabó como una de las máximas leyendas de la música.