Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.
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Fernando Sánchez Dragó (Madrid, 1936) es escritor. Ha sido en dos ocasiones Premio Nacional de Literatura. Ha ganado el Planeta, el Fernando Lara y el Ondas. Como periodista de prensa, radio y televisión ha hecho de todo en medio mundo. Ha sido profesor de Lengua, Literatura e Historia en trece universidades de Europa, Asia y África. Sigue en la brecha.

23 de febrero. Cómo lo viví

Un golpe de estado es pan recién hecho para los colmillos de un periodista y más aún si es escritor. Yo era las dos cosas. Aquel día y al siguiente me sucedieron muchas cosas. Era, en puridad, el segundo golpe de estado de mi vida, pero el primero, que fue el del 18 de julio del 36, me pilló en el vientre de mi madre, en el sexto mes de mi gestación, y no pude contarlo entonces. Lo haría setenta años después en la novela con la que gané el premio Fernando Lara: Muertes paralelas (Planeta).

Aquella tarde asistí a una reunión plenaria de los redactores del programa de TVE “Encuentros con las Letras” presidida por Carlos Vélez, su director. Se celebró en la sala de juntas de Prado del Rey. Estábamos toda la panda: Daniel Sueiro, Jesús Torbado, Miguel Bilbatúa, Esther Benítez, José Luis Jover, Antonio Castro, Andrés Trapiello… Me dejo alguno.

“Trinqué el pasaporte por si las cosas se complicaban y tenía que cruzar la frontera, dejé que los seis mil duros permaneciesen en mi bolsillo”

Terminó hacia las seis y yo tiré hacia la legendaria guardilla de la calle de la Madera donde a la sazón vivía. Me esperaba en ella el carpintero al que había encargado que instalase una estantería. Nada más llegar sonó el teléfono. Lo descolgué. Era mi madre, muy agitada…

—La Guardia Civil ‒me dijo‒ acaba de entrar en el Congreso. Ponte a salvo, hijo. Vete de casa por si vienen a buscarte.

Mi madre, como tantas otras de su generación, estaba escaldada. Yo la tranquilicé, pero seguí su consejo. Tenía cierta cantidad de dinero en el bolsillo… Unas treinta mil pesetejas, que en aquellos años no eran grano de anís, con las cuales iba a abonar los servicios del carpintero. Despedí a éste prometiéndole que un par de días más tarde saldaría mi deuda con él, trinqué el pasaporte por si las cosas se complicaban y tenía que cruzar la frontera, dejé que los seis mil duros permaneciesen en mi bolsillo, cargué con una bota de vino para el camino como si fuese el de Villasandino, cerré con doble mandado la puerta de la guardilla a mis espaldas y me fui al Oliver, donde a las ocho de la tarde estaba previsto que presentara, en compañía de Juancho Armas Marcelo y Pepe Esteban, el último libro de Ramón Ayerra. Lo Cortés no quita a lo Moctezuma y el deber es el deber, con o sin golpe de estado y así caigan chuzos atómicos de punta.

Madrid parecía Phnom Penh inmediatamente después de que los jemeres rojos del genocida Pol Pot entrasen en ella y la desalojaran

El panorama del Oliver era desolador. No había en él ni un alma, aunque habrían cabido todas las del Juicio Final, excepto la mía, la de un par de camareros y las de los tres escritores citados, que nos miramos tan cariacontecidos y, en el fondo, divertidos como cabe suponer. Huelga aclarar que la presentación del libro  quedó pospuesta. Su autor nos invitó a un whisquito en la barra del local y se marchó a su casa. Juancho, Pepe y yo nos metimos en mi Dos Caballos y nos pusimos a vagar por las calles del centro de la ciudad. No había en ellas nadie, y cuando digo nadie, nadie, lo que se dice nadie, quiero decir. Madrid parecía Phnom Penh inmediatamente después de que los jemeres rojos del genocida Pol Pot entrasen en ella y la desalojaran. Íbamos tirando de la bota para saciar las penas del ayuno, pues tampoco quedaba un solo restaurante o figón de mala muerte en el que llenar la andorga. 

Así, de trago en trago, de risa en risa, y de soledad en soledad, nos acercamos a la redacción de Diario 16, donde yo dirigía entonces el suplemento de libros Disidencias. Allí todo era frufrú, fermentación, luces encendidas y azacaneo de preparativos de la tirada extraordinaria del periódico que de un momento a otro se iba a lanzar. El País ya se había adelantado y Pedro Jota, que no iba cruzarse de brazos ni de tirantes viendo como la competencia le marcaba el paso, iba de mesa en mesa y repartía instrucciones como quien sirve naipes. La atmósfera era, supuse, similar a la del Washington Post cuando llegaron las cintas del Watergate.

Me senté a la mesa y tecleé, enfebrecido, una crónica explosiva a la que puse por título: «¿Dónde estaban los demócratas, matarile, rile, rile?»

Nos saludamos, le puse al tanto de mi intención de irme al foco de los acontecimientos para contar lo que viese y me dio carta blanca, no sin avisarme de que las vías de acceso estaban ya taponadas y de que no conseguiría pasar.

Lo primero ya lo sabía, pues nos habíamos acercado a ellas ‒Plaza de Neptuno, Carrera de San Jerónimo, calles de Zorrilla, El Prado, Marqués de Cubas, El León, Los Madrazo‒ en nuestro merodeo urbanita, y lo segundo no tardaría en comprobarlo.

Serían ya la una o las dos de la mañana cuando esgrimí en todos esos sitios mi carné de prensa como si fuese un «¡Sésamo, ábrete!». El mantra no funcionó. Las aguas del Mar Rojo, que rojo no era, no se retiraron. Los agentes de seguridad pusieron cara de póquer y me cerraron el paso. El pueblo elegido del periodismo peleón ya se había hecho fuerte en los salones del Palace. Yo llegaba tarde al festín. El cartero no llama dos veces y la diosa Fortuna no tiene pelo. Juancho y Pepe se fueron a sus casas, donde sus respectivas cónyuges les echarían la bronca que merecían. Yo regresé a la guardilla, donde no me esperaba nadie (ni siquiera el carpintero), porque mi mujer de entonces acababa de dar a luz a mi hija Aixa en un hospital de Bayona, la de Francia, no la gallea, y aún seguía por allí.

A su frente iban Juan Luis Cebrián y Pedro Jota cogidos del bracete. ¡El País y Diario 16 hombro con hombro! ¡Cosas veredes, amigo Sancho!

Eran ya las tres de la mañana. Madrid seguía desierto, descangallado y fané. Me senté a la mesa y tecleé, enfebrecido, una crónica explosiva a la que puse por título: «¿Dónde estaban los demócratas, matarile, rile, rile?». La dicté por teléfono a una secretaria de Diario 16 ‒entonces no había ni siquiera fax o yo, por lo menos, no lo tenía‒ y me fui a dormir con la tele puesta. A eso de las ocho de la mañana abrí un ojo y vi como los guardias civiles se descolgaban por las ventanas traseras de las Cortes. La kermesse, que de heroica tuvo poco, había terminado.

Ese día, hacia las siete de la tarde, una inmensa manifestación contraria al golpe de estado arrancó de la Plaza de Neptuno y se encarriló hacia Cibeles y Colón. Los demócratas del matarile, rile, rile abandonaban las faldas de sus mamás y de sus mesas de camilla. A su frente iban, entre otros, Juan Luis Cebrián y Pedro Jota cogidos del bracete. ¡El País y Diario 16 hombro con hombro! ¡Cosas veredes, amigo Sancho, cosas se vieron y cosas aún más raras se verían! De hecho, las estamos viendo. 

Mi crónica se publicó e inmediatamente empezaron a silbarme los oídos. Fue el primer escándalo en el que me vi envuelto. Entonces tampoco había correo electrónico ni redes sociales, pero yo, adelantándome a los tiempos, fui trending topic. Miles de cartas enviadas por los cobardicas hipócritas del matarile se amontonaron en los buzones del periódico. Todas tenían algo en común: me llamaban chulo, me acusaban de ser un pijo por lo de las treinta mil pelas, un borrachín por lo de la bota y me ponían a parir. ¡Cuánto honor! 

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