Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.
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Amando de Miguel es catedrático emérito de Sociología en la Universidad Complutense (Madrid). Siguió estudios de postgrado en la Universidad de Columbia (New York). Ha sido profesor visitante en las Universidades de Texas (San Antonio) y de Florida (Gainesville). Ha sido investigador visitante en la Universidad de Yale (New Haven) y en El Colegio de México (DF). Ha publicado más de un centenar de libros y miles de artículos. El último libro publicado: Una Vox. Cartas botsuanas (Madrid: Homo Legens, 2020). Su último trabajo inédito: “La pasión autoritaria de los españoles contemporáneos”.

No me refiero al origen de la pandemia, que asola al mundo, aunque puede que no sea casual su origen chino. Me interesa destacar un efecto de más altos vuelos, que no es nada fácil de verbalizar. Puede ser una simple conjetura, que, después de todo, es lo mío. Tómese como una aproximación, un estímulo para pensar.

Durante el último siglo, hemos pasado de la hegemonía del Imperio Británico, con toda su magnificencia, al de los Estados Unidos, comercial, cultural y militar. En ambos casos, las respectivas metrópolis han sido un modelo, para todo el mundo, de las conquistas democráticas.

Lo nuevo y sorprendente es una cierta paradoja. Todo indica que la potencia, que ahora empieza a formarse, China, no es, precisamente, un modelo de democracia, por mucho que se declare “popular”. No es solo que China sea un país (casi un continente, por el peso demográfico) a la cabeza de la industria, de las exportaciones, y, cada vez más, de la tecnología. Lo fundamental es su creciente influencia política y diplomática en el llamado “tercer mundo”, desde Birmania a una buena parte de Iberoamérica. Resulta formidable el avance de los chinos sobre el control de las materias primas, sobre todo, en África. Todas esas corrientes de hegemonía no han hecho más que empezar, pero llevan camino de reforzarse cada vez más. Lo más seguro es que yo no llegue a ver la culminación del proceso; solo lo atisbo. Es más, asumo el riesgo de equivocarme.

Lo más grave de la hegemonía china es que precipite el retroceso de muchos países en la dirección de un esquema totalitario

No soy sinólogo, ni siquiera tengo un moderado conocimiento de la cultura china y de su estructura política. Repito que este texto deberá tomarse como una simple conjetura de lo que pueda pasar. Pero, al menos, me permito imaginar que la hegemonía estadounidense ha entrado en un punto de declive. No veo que pueda ser sustituida por la Unión Europea o por Rusia. De momento, China es un candidato a ese papel hegemónico en el mundo. Casualmente, es uno de los pocos que mantiene el derecho de veto en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas. Se afianza el rumor de que China controla la Organización Mundial de la Sanidad.

Un estorbo cultural para la dominación china es su lengua (que, a su vez, difiere mucho, oralmente, según las distintas regiones), que no es de comunicación internacional. Es decir, no la aprenden muchos estudiantes en el mundo; desde luego, muchos menos de los que estudian español como lengua extranjera. La dificultad se acrece por la escritura ideográfica del idioma chino. Resulta de interés el proceso, iniciado en China, de ir pasando a manejar su idioma escrito con los caracteres del alfabeto latino. Ignoro si tal iniciativa ha cuajado o se mantiene solo como experimento.

De momento, el Partido Comunista Chino es el más poderoso del mundo y no da la impresión de que vaya a cuartearse

Lo más grave de la hegemonía china es que precipite el retroceso de muchos países en la dirección de un esquema totalitario, de partido único. No le salva la paradoja de que, al tiempo, mantenga una cierta liberalidad económica. Precisamente, es esa rara combinación la que significa un atractivo para muchos países en vías de desarrollo.

Cabría suponer que en China se producirá una revolución democrática con la adopción de la panoplia completa de libertades. Es la que caracteriza a los países, convencionalmente, “occidentales”. Está por ver. Los sucesos conflictivos en la antigua colonia británica de Hong Kong no son muy prometedores. Pero, habría que estar muy atentos a ese fermento democrático. De momento, el Partido Comunista Chino es el más poderoso del mundo. No da la impresión de que vaya a cuartearse. Cabe solo “esperar y ver”.

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