«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Enrique García-Máiquez (Murcia, pero Puerto de Santa María, 1969). Poeta, columnista y ensayista. Sus últimos libros son 'Verbigracia', (2022) poesía completa hasta la fecha; y 'Gracia de Cristo' (2023), un ensayo sobre el sentido del humor de Jesús en los Evangelios

El guisante y la roca

1 de julio de 2026

Asisto a una conferencia en la que el ponente, tan razonable, saca de pronto, como agravio insalvable del Reino Unido, el contencioso de Gibraltar. Me asalta una difusa sensación de anacronismo. Falsa, porque la Roca sigue siendo una piedra en el zapato de la dignidad nacional. Pero a la vez sospecho que asisto a esa escena tan quijotesca: Alonso Quijano ha estado hablando sensatamente hasta que alguien toca el tema de la caballería andante y don Quijote se exalta.

¿No tenía razón el hidalgo manchego, por otra parte, en denunciar, con cierta exasperación, el rumbo de la naciente modernidad y advertir de los peligros en los que hemos caído por la pérdida de los ideales caballerescos? En el mundo de los locos, el cuerdo es el Quijote.

Vengo a reconocer la cordura al que se exalta ante el Peñón de Gibraltar. Y eso que pocas personas como yo tienen menos prejuicios antiingleses. Me apasionan Shakespeare, Austen, Chesterton, Waugh y Keats, T. S. Eliot y Auden. Por otro lado, como gaditano, he disfrutado de algunas ventajas de vivir en la única provincia española que tiene fronteras con el Reino Unido y con Estados Unidos. Cuando no había tanta globalización, comprábamos chaquetas de tweed en García y chocolatinas apreciadísimas, mantequillas británicas, libros originales y quesos. Mis tíos abuelos y mi abuela política estudiaron en internados ingleses sin salir de la provincia. Además, están las ventajas económicas para La Línea, que aprovechan tantas familias. Por último, la vanidad de la singularidad de tener a un tiro de piedra monos e ingleses inverosímiles en nuestra tierra. Y, sin embargo, a pesar de mis apreciadísimas chaquetas vintage y demás complementos, tiene razón el conferenciante.

Si no lo vemos así es por un cúmulo de circunstancias que nos nubla la vista. El desprendimiento de retina del patriotismo, que afecta incluso a los más preocupados por el futuro de España. Los más acuciantes problemas políticos que aquejan a Europa, lo que nos hace más solidarios con «Restore Britain» que reivindicativos. Y la presión fiscal de Hacienda que nos hace menos humillante la presencia de un paraíso fiscal tan cerca. No lo aprovechamos para nada, desde luego, pero ahí se yergue, desafiante a la Agencia Tributaria.

En cambio, hay que revolverse. Pasa aquí —pensé allí— como con el guisante del cuento de la princesa del guisante. ¿Lo recuerdan, verdad? Llega una hermosa señorita a refugiarse de una gran tormenta a un castillo. Allí, calada hasta los huesos, dice que es una princesa que ha perdido su camino por culpa del mal tiempo. El príncipe queda subyugado por su belleza y él, tan solterón y remiso al matrimonio por interés, le dice a su madre la reina que de esa princesa sí está prendado.

Como buena suegra, ella sospecha. Y encuentra un sistema para ver si se trata de una princesa garantizada o de una vulgar cazafortunas. En el cuarto de invitados, hace colocar una somnolienta cama con siete colchones: uno de pluma de pato, otro de pavo, otro de ganso, otro de codorniz, otro de perdiz, otro de gallina de Guinea y otro de faisán. Debajo de todo ese mullidísimo despliegue aviar desliza un pequeño guisante. Y espera al desayuno.

La pretendida princesa amanece con unas grandes ojeras, que realzan —por otra parte— sus hermosos ojos azules. Cuando le preguntan cómo ha dormido, agradece vivamente la hospitalidad y pondera la belleza de la estancia, pero lamenta una extraña dureza en el colchón que no le ha permitido pegar ojo. La reina se vuelve a su hijo y le garantiza la autenticidad de la sangre real. Da sus bendiciones al noviazgo.

El cuento nos dice que la sensibilidad es una característica de los espíritus finos. A veces es un peaje, una incomodidad, una fuente de insomnio o de molestia, pero siempre es una prueba de nobleza. Estar todavía herido por esa piedra en el zapato de la dignidad nacional que es Gibraltar es una prueba de españolía de bien. Que nos permitirá ver, de paso, su importancia geopolítica.

Pero antes de la geopolítica, está la dignidad. Dejemos de dormir a pierna suelta y admiremos a aquellos a los que todavía la piedrecita gibraltareña irrita. Son un ejemplo.

Fondo newsletter