«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Quince años en el diario líder de información económica EXPANSIÓN, entonces del Grupo Recoletos, los tres últimos años como responsable de Servicios Interactivos en la página web del medio. Luego en Intereconomía, donde fundó el semanario católico ALBA, escribió opinión en ÉPOCA, donde cubrió también la sección de Internacional, de la que fue responsable cuando nació (como diario generalista) LA GACETA. Desde hace unos años se desempeña como freelance, colaborando para distintos medios.

A mi manera

10 de enero de 2026

Comentando la serie de puñetazos sobre el tablero internacional que ha dado Trump en rápida sucesión, José Javier Esparza sentencia que «la Historia ha vuelto», un desmentido total del Fin de la Historia de Fukuyama.

Esparza habla aquí de la Historia como realidad vivida, pero hay otro modo de verlo: ha vuelto un escenario que acaba con un tipo de historiografía marxista, la que todos hemos aprendido por defecto, la historia como un mecanismo fatal, inevitable, hecha de procesos determinados que puede estudiarse e incluso predecirse como cualquier experimento físico.

Y en ese pacífico panorama de monótonas inevitabilidades llega Donald Trump, y obliga a reintroducir en la Historia —ahora más parecida a una historia— el factor olvidado: la personalidad, la libertad humana, esos personajes «más grandes que la vida», como reza la expresión anglo, que hacen posible casi cualquier novela ucrónica.

Trump reivindica el principio de indeterminación en la Historia, que vuelve a ser una populosa aventura. Están las constantes, las restricciones geográficas, económicas, de poder, las inercias y continuidades lógicas. Pero importa también la voluntad de hombres concretos, que están pero perfectamente podrían no haber estado y que cambian la ecuación: Julio César decidiendo, como quien echa los dados, cruzar el Rubicón.

Para hacer la posibilidad más vertiginosa, todos recordamos esos pocos milímetros entre la vida y la muerte que lo cambiaron todo en el atentado de Butler, lo azaroso e imprevisible del cambio de gesto de cabeza que no respondía a ninguna Ley de Hierro de la historiografía. ¿Alguien se atreve a defender que todo hubiera sido igual si la bala hubiera acertado?

Vuelve la Historia como historia, como un relato con protagonistas concretos que pueden cambiar el guion. No es exactamente el Triunfo de la Voluntad como fuerza capaz de arrollar y arrinconar el resto de los factores, pero sí de reordenarlos deliberadamente.

Ha dicho Trump que a él no le para el Derecho Internacional, ese confortable mito, sino sólo su propia conciencia. Entendido literalmente, huele a hubris de la peor clase, la más peligrosa. Interpretado a la luz de otras declaraciones de Trump —que no escatima, precisamente—, uno puede introducir un factor de reducción que lo hace menos ominoso. Las palabras de Trump son siempre las de un vendedor de coches usados especialmente confiado y agresivo, todo es «fantástico» o «terrible», sin términos medios. Es el arte de la negociación para promotores inmobiliarios, que da bastante más miedo cuando se despliega en el teatro geopolítico por parte de quien está respaldado por una formidable capacidad militar y económica.

Dicho de otro modo, Trump miente, miente con toda la boca, sin parar. Pero lo hace como el vendedor agresivo o el galán consumado, en hipérboles hasta cierto punto sinceras, usando un código que, una vez aprendido, es fácil de traducir. Aun mintiendo, Trump presenta la realidad sobre el equilibrio de poder con una sinceridad brutal pero refrescante. Los intentos de influencia y dominación ya no aparecen envueltos en el celofán de purpurina de la retórica moralizante o legalista. Sabe por experiencia que un abogado espabilado de Nueva York puede sentar en el banquillo hasta a un bocadillo de jamón. Y tiene a los mejores juristas del mundo a su disposición.

Lo que Trump no tiene, y lo sabe, es tiempo. Sabe que una administración demócrata no sólo se apresurará a desmontar todos sus programas de forma implacable, dejando sólo lo que le convenga (si Trump consigue Groenlandia, un presidente demócrata no va a devolverla), sino que usará todos los medios a su alcance para que no vuelva a surgir un desafío así contra su dominio político y cultural. 

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