'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.
Editor jefe de La Gaceta de la Iberosfera. Ex director de La Gaceta de los Negocios, Revista Chesterton y La Gallina Ilustrada. Ex vendedor de juguetes en El Corte Inglés. Voluntario de la Orden de Malta. Twitter: @joseafuster

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Editor jefe de La Gaceta de la Iberosfera. Ex director de La Gaceta de los Negocios, Revista Chesterton y La Gallina Ilustrada. Ex vendedor de juguetes en El Corte Inglés. Voluntario de la Orden de Malta. Twitter: @joseafuster

El ángel de piedra del cementerio

29 de octubre de 2013

José Manuel Rebolledo llevaba muerto desde el 31 de octubre de 1984. Pero por alguna decisión ajena a él, su espíritu seguía en la Tierra, en concreto en el 3º A de una casa barcelonesa en el Carrer de les Magdalenes. A todos los efectos, Rebolledo era un fantasma.

El momento en el que murió de una septicemia fulminante, el espíritu de Rebolledo salió de su cuerpo y esperó junto a la cama a que un túnel de luz, un ángel del Señor o como quiera que estuviera organizado el tránsito, le llevara ante el juicio inapelable de Dios. Pero nada de eso ocurrió. Sus tres hijos, Teresa, Francisco y Ángela, lloraron sin hipidos esperando a que los de la funeraria se llevaran el cadáver. Después, la tata Manuela quitó las sábanas, dio la vuelta al colchón como si un niño se hubiera hecho pis, cubrió los muebles con sábanas y cerró la casa con doble vuelta de llave.
Durante el primer año, Rebolledo vagó por su casa aullando bajito y tratando de recordar aquellas películas en las que un fantasma se quedaba en el mundo porque le quedaba algo importante por hacer como vengar su muerte. Pero Rebolledo no tenía socios homicidas, hijos secretos o tesoros escondidos. Hasta donde él tenía idea, sólo había sido un hombre corriente.
Un año después de su muerte, el 2 de noviembre al amanecer, Día de Difuntos, la puerta de la casa se abrió con un golpe. Nadie entró. Rebolledo salió y vagó por las calles de Barcelona hasta que llegó al cementerio. Sin saber cómo, en seguida estuvo frente a su tumba. “José Manuel Rebolledo Chancho 1927 -1984 DEP Tu familia no te olvida”. Una hora después, sus hijas Teresa y Ángela dejaron un manojo de claveles y rezaron tres avemarías que el alma de Rebolledo agradeció.

Al instante, el fantasma se vio de nuevo en su casa y durante otro eterno año, vagó como el alma en pena que era.

Cada año, en el Día de Difuntos, Rebolledo caminaba hasta el cementerio. Al décimo año notó que las letras de su nombre grabadas en la piedra empezaban a borrarse. Dos décadas después, apenas se distinguía el nombre y los jarrones que flanqueaban la cruz estaban rotos. Tampoco es que los necesitara. Desde 2003, nadie le llevaba flores. Desde 2005, nadie iba a verle.

Un año, cuando Rebolledo ya había perdido la cuenta, la puerta de la casa se volvió a abrir de golpe. El fantasma salió sin ganas y caminó hasta el cementerio. Desde lejos reconoció a su hijo Francisco, que estaba de pie junto a la tumba y dirigía los trabajos de una cuadrilla que, sin miramientos, rompió la lápida y la sustituyó por otra que rezaba: “Josep Manel Rebollet i Xanxet, RIP, 1927-1984, El seu fill i les seves filles”.
El fantasma de Rebolledo, arrepentido, comprendió que su condena en la Tierra era el Purgatorio en el que penaba haber educado tan mal al idiota de su hijo Francesc Rebollet, conseller de Governació de la Generalitat. Justo entonces, el ángel de piedra de la tumba de al lado miró al fantasma, asintió, sonrió y una luz blanquísima envolvió a Rebolledo, que se preparó para ver a Dios.

 

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