«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista y guionista. Fue presidente del Club de los Viernes, es colaborador en distintos medios de TV y radio y ha publicado artículos en Vozpópuli, La Nueva España y El Semanal Digital, entre otros.

Banderas de nuestros abuelos

10 de mayo de 2026

Es curiosa la forma en que están aprovechando los políticos el impúdico escaparate de las redes sociales, usándolas, en los casos más infortunados, para expandir su estulticia y que alegremente llegue a más gente. Para que, ante miles de personas y de forma perenne, quede constancia sin rubor de su necedad. Democratización de la estupidez, qué duda cabe. La globalización de la ignorancia por escrito.

Así, por ejemplo, puedes contemplar perplejo el espectáculo del presidente del Principado de Asturias, el socialista Adrián Barbón, soltar las gansadas más lamentables, de esas de echar las manos al cielo, negar con la cabeza un par de veces en silencio, compungido, y murmurar: «madre mía, qué borrico es». El problema, cuando eres un cargo público, es que dejas de ser un zote anónimo para ser un tonto con agravantes.

Entre bochornosas defensas del saqueo necrófilo institucionalizado también conocido como impuesto de sucesiones, o su empeño por cooficializar el engendro del bable en toda la sociedad asturiana, Barbón también hizo una apología (para aportar su inestimable punto de vista en el debate, supongo) de la visión de la conquista de México que tiene Bartolomé de las Casas.

Sería gracioso si no fuera tan triste, que uno de los mayores propagadores de la leyenda negra, ampliamente desmontado por la historiografía seria moderna, tenga todavía valedores en 2026. Con lo que ha llovido, sobre todo torrentes de libros que desarman de forma minuciosa y documentada las falacias malintencionadas de fray Bartolomé.

Creerse la leyenda negra, a estas alturas de la vida, te coloca en un lugar risible del panorama político. Llegada una edad, a los adultos se les nota la falta de lecturas como a los ajados muñecos de trapo se les salen las costuras.

No hace falta tampoco exigir que en México se rindan agradecidos porque los castellanos les llevaran las universidades y les quitaran el taparrabos, o porque los condujeran de la Edad de piedra hacia el Renacimiento. Basta con no demonizar con falsedades, exageraciones y lugares comunes una epopeya trascendental para la historia del mundo.

Aquí debo citar a Marcelo Gullo en Madre Patria: «Cuando algún día los mexicanos, libres de prejuicios, reescriban su propia historia, Hernán Cortés figurará como el soldado que liberó a los pueblos indígenas del imperialismo antropófago de los aztecas».

Pueblos indígenas que ahora son reivindicados por una presidenta de México de raíces lituanas, un tipo que se apellida Obrador o, como vi en internet hace poco, una muchacha activista indígena llamada Cynthia López Castro. Que les pregunten a sus abuelos a qué fueron a México, y si acaso se afanaron en cometer algún genocidio.

También el Principado está batallando ahora para echar abajo, en Gijón, el monumento a los ‘Héroes del Simancas’. Me da igual en qué bando lucharan, pero los que resistieron en aquel cuartel diferentes asaltos y bombardeos durante casi un mes, los que vendieron caro su pellejo cuando el puesto cayó («disparad sobre nosotros, el enemigo está dentro») en una muestra de valor y coraje frente a la adversidad, son héroes. Como los resistentes del Alcázar de Toledo. Héroes. Igual que en el cerco a Oviedo, «la Gesta». Como héroes son los españoles de ‘La Nuevede Leclerc que liberaron París, o los que sufrieron el infierno ruso en la memorable Batalla de Krasny Bor.

Negarles eso es faltarles al respeto. Eliminar lo que les recuerda, querer borrar las evocaciones, como si para barrer de la historia sirviera con tirar estatuas y monumentos. Censurando batallas que están ahí porque ocurrió algo espantoso, con héroes y villanos en cada trinchera, pero ocurrió; es obtusa la intención de amputar lo que fuimos, lo bueno y lo malo de nuestro más íntimo y fratricida derramamiento de sangre. Dejando a las generaciones venideras sin referentes para estudiar el pasado y entender el presente.

En vez de una cruz con ángeles que recuerden a soldados que lucharon y perecieron con un encomiable valor, ejecutan la condena del olvido, sangre seca sobre escombros y memoria muerta.

No se puede aplicar «memoria democrática» sobre la Batalla del Ebro sin honrar a los caídos de ambas orillas, ni acercarse a lo acontecido en el frente de Teruel sin compadecerse del frío atroz que en aquel enero de 1938 azotó a los combatientes de los dos bandos en que se partió España. Por eso casi todas las películas que hacen sobre la contienda civil son una mierda.

Esta izquierda demoledora, que prefiere destruir a educar y arrasar a entender, se niega a que, desde su rincón oscuro donde interpretan hechos, haya habido algo de luz o digno de admiración en algún bando que no fuera el suyo. El suyo pequeñito y mezquino. En una ciudad, Gijón, que tiene calles a Largo Caballero, Pablo Iglesias (Posse) o Carlos Marx. 

Los relatos de la conquista de América o de la Guerra Civil desde prismas maniqueos son propios de sectarios con una alarmante estrechez de miras, unidireccionales, incapacitados para los matices, para entender la complejidad a la hora de interpretar el pasado, y sobre todo, para acercarse a ese pasado sin los prejuicios de las ideologías biliosas.

No entienden la Historia como un legado de valores que heredamos y aprendemos de otros hombres, sino como una fértil refriega donde poder arrojarse a la cara reproches actuales.

Como cualquier ocurrencia es posible en la España plurinacional de la chusma bárbara, no me extrañaría que en cualquier momento aparezca, en la madrileña Plaza de Colón, una encrespada maraña de ultraizquierdistas rodeando la estatua de Blas de Lezo, queriendo decapitar su ilustre esfinge, alegando que el almirante vasco de la Armada representa lo peor del fascismo.

Siempre lanzada a héroe muerto. Ajustando cuentas con el pasado, cuando ya sus protagonistas duermen el sueño eterno. Pero olvidan estos impresentables que la muerte puede borrar lo que somos, pero no el hecho de lo que hemos sido.

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