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Iván Vélez (Cuenca, España, 1972). Arquitecto e investigador asociado de la Fundación Gustavo Bueno. Autor, entre otros, de los libros: Sobre la Leyenda Negra, El mito de Cortés, La conquista de México, Nuestro hombre en la CIA y Torquemada. El gran inquisidor. Además de publicar artículos en la prensa española y en revistas especializadas, ha participado en congresos de Filosofía e Historia.

Black Lives Matter nobelado

El 9 de octubre de 2009 la Academia Sueca otorgó a Barack Hussein Obama el premio Nobel de la Paz por «sus extraordinarios esfuerzos para fortalecer la diplomacia internacional y la cooperación entre los pueblos». Ni siquiera había pasado un año desde que, aupado por el voluntarista lema yes we can –sí podemos-, Obama fuera elegido Presidente de los Estados Unidos, éxito al que contribuyeron muchos factores. Entre ellos, tal nos parece, no fue ajena la carga de melanina del hawaiano. Por lo que respecta a la concesión del Nobel puede afirmarse que se trató de un premio cuasi preventivo que su trayectoria presidencial se encargó de desdibujar, pues Obama, ejecutor de Bin Laden, bien pudiera adjetivarse como El belicoso, toda vez que mantuvo a sus tropas movilizadas durante más tiempo que Roosevelt, Nixon o el propio Abraham Lincoln.

La gran operación propagandística que arropó a Obama, y a los negocios que operaban tras tan agradable carátula, resultó impotente ante determinados aspectos estructurales del imperio de las barras

Pese a tan tozuda realidad, la imagen que de Obama se conserva es la de un dinámico, sonriente y elegante individuo que, de algún modo, vino a convertirse en la prueba corpórea, tan mortal como la del imperial Augusto al que se le recordaba constantemente la caducidad de su vida, del desagravio racial operado por la América demócrata siempre acechada por la intransigencia republicana. Sin embargo, la gran operación propagandística que arropó a Obama, y a los negocios que operaban tras tan agradable carátula, resultó impotente ante determinados aspectos estructurales del imperio de las barras y las estrellas que afloran de tanto en tanto independientemente del color, epitelial o político, de quien se siente en el despacho oval. Nos estamos refiriendo, naturalmente, al enorme problema racial que las dos estancias en la Casa Blanca del presidente mulato fueron incapaces de solucionar. Al cabo, los cimientos de los Estados Unidos de Norteamérica se asientan sobre un sustrato esclavista cuyos efectos se hacen notar de diferentes modos. Entre ellos, la aparición de un supremacismo negro que recientemente ha propiciado el ataque a blancos por el mero hecho de serlo, pues la racialización, en una época de aplastante dominio subjetivista, depende más de quién mira que del color de quien es observado.  

Dirigido por tres mujeres vinculadas al movimiento LGBTI, pero también a la Fundación Open Society creada por Soros (…), BLM ha operado con gran beligerancia e incluso violencia durante el mandato de Trump

En este contexto, los ataques de la negritud, identificada con la marginalidad y, en último término, con la esclavitud, a la blanquitud, se justifican por entenderse como una suerte de desquite o restitución histórica. En semejante ajuste de cuentas se olvida, no obstante, que quienes llevaron a los esclavos a la tierra del Destino Manifiesto, ya fueran británicos, portugueses o franceses, blancos al cabo, sólo podían acceder a esas piezas –término empleado por los negreros españoles para referirse a los hombres esclavizados- gracias a la colaboración de esclavistas tan negros como aquellos que se hacinaban en las sentinas de los barcos que cruzaban el Océano. En la lista de omisiones ha de añadirse que la controversia racial tiene también inequívocos aspectos religiosos –recordemos la Nación del Islam a la que se acogió Cassius Clay, autor de discursos claramente racistas- que la esclavitud también se dio, y de manera brutal, entre musulmanes. Todo ello dibuja un conflicto blanquinegro de enorme complejidad.

En medio de tan convulso contexto ha adquirido un enorme protagonismo la organización Black Lives Matter (BLM), que se arroga la bandera antirracista y que fue apoyada en su día por el propio Barack Obama. Dirigido por tres mujeres vinculadas al movimiento LGBTI, pero también a la Fundación Open Society creada por Soros, visitante prioritario de La Moncloa y habitual benefactor del Partido Demócrata, BLM ha operado con gran beligerancia e incluso violencia durante el mandato de Trump, hombre blanco heterosexual en el que se ha pretendido encarnar el problema del que venimos hablando. Desalojado Trump del poder, BLM ha desaparecido de la racista escena callejera norteamericana. Sin embargo, la organización podría acaparar de nuevo los focos mediáticos si prosperase la iniciativa de Petter Eide, diputado socialista noruego que ha propuesto la entrega del Premio Nobel de la Paz a Black Lives Matter. De este laudatorio modo, muchas de las propuestas de BLM –ingreso mínimo garantizado para personas negras, aborto libre y gratuito para menores, acceso a cirugías de «afirmación de género», erosión de la estructura familiar nuclear, derecho al voto de los menores de 16 años-, recibirían un irenista espaldarazo de resonancia mundial, global. 

Aunque en esta ocasión la ceremonia habitualmente celebrada en la Sala de Conciertos de Estocolmo quedará deslucida por los efectos de la pandemia, de concederse el premio a BLM, el paso del obamismo al bidenkamalaharrismo, del Nobel al Nobel, se consumaría.

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