Las sobremesas tienden inevitablemente a la política. Así lo dicta la termodinámica de los almuerzos. El aperitivo fue concebido como calentamiento, un peloteo a base de conversaciones anodinas y espuma de palabras. La transición entre el primer plato y el segundo, o entre el segundo y los postres, queda reservada para los temas de calado y las noticias importantes, de esas que frenan la cuchara y manchan el mantel. Luego, café, copa y Sánchez. Porque Sánchez es inexorable: todos los males vienen de él; y si no de él, de Zapatero, que fue Sánchez antes de Sánchez. Se le profesa un odio africano, pero también un temor supersticioso. Entre sorpresas, relatos y diegos que fueron digos, el presidente siempre parece caer de pie. Como Franco, Sánchez tiene baraka.
En cualquier caso, era cosa soportable. Las sobremesas, aunque por estas tierras parezcan infinitas, en realidad no lo son. Por más que se demoren, llega un momento en que uno tiene que levantarse y seguir con sus quehaceres, al margen de Sánchez y su lucha grecorromana contra el sistema. La mala noticia es que, debido a la reciente convocatoria de elecciones generales, la política romperá los diques de la sobremesa y nos obligará a reunir pensamientos y palabras que de algún lado tendremos que sacar. Al menos hasta finales de noviembre, se nos pide un especial esfuerzo. Hemos sido convocados a la fiesta de la democracia. Pronto empezarán a llegar las invitaciones.
Acaso no se me vea muy entusiasmado. No odio a Sánchez. Entiendo que hace lo que tiene que hacer de acuerdo con sus fines maquiavélicos; eso sí, me gustaría que dejara de hacerlo, y por eso no lo votaré el próximo 29 de noviembre. Lo fastidioso es que para el 29 de noviembre falta un mundo. A nadie se le escapa que la esperanza del PSOE pasa por movilizar a los suyos, azuzar al resto y dar la sensación de que por malo que sea, la alternativa es peor. El voltaje político, pues, va a ser insoportable, alimentado por esa tensión que, según confesó Zapatero a Gabilondo a micrófono cerrado, tanto les convenía. Y por si no bastara para desesperar, en los ambientes de derechas volverá la cansina cuestión de la división del voto. Los padres intentarán convencer una vez más a sus hijos para que no saboteen los intereses de su clase; sólo que los jóvenes ya no tienen muy claro que esa supuesta clase siga siendo la suya.
Quedan siete obsesivas semanas de contienda electoral a cara de perro. Habrá quien disfrute, pero no es mi caso porque sufro de idiotez, tanto en el sentido corriente como en el etimológico. En la Antigua Grecia, idiotés se empleaba para designar al ciudadano que, dedicado en cuerpo y alma a sus asuntos particulares, se desentendía del gobierno de la ciudad. Pues bien, yo soy un idiota, aunque no tan idiota como me gustaría. Al final los asuntos públicos acaban salpicándome, porque un padre de familia puede tener vocación de eremita, pero no derecho a ejercerla.
Reconozco que mi posición no es responsable y que se queda corta, pero parece preferible al energumenismo que se nos viene encima. Días y días de sobremesa perpetua y sin la disculpa de la ebriedad. Arreglar el país a jornada completa. Darle sentido a la vida a golpe de decreto. Y como los de un lado ya encadenan manifestaciones por lo que pueda pasar, los otros se lamentan de quedarse atrás, de no salir a la calle lo suficiente, porque tienen la razón, pero les falta el tumulto. Durante casi dos meses se nos olvidará que la política está hecha para el hombre, y no el hombre para la política. Así que, si de aquí al 29 de noviembre se cruza con este idiota, le ruego me haga un favor: hábleme de fútbol, hábleme del tiempo.