Arturo García (San Vicente de la Barquera, 1991). Periodista. Me licencié en la Universidad Complutense. Aprendí de los buenos y ahora intento aplicarlo con mayor o menor acierto a otros ámbitos de la comunicación.

No conviene comenzar un artículo engañando a los lectores: ni Lima es Madrid, ni Buenos Aires es Barcelona. Ni falta que hace.

Os confieso que el debate sobre el descubrimiento de América, la hispanidad y el gobierno español del Nuevo Mundo me produce cierto hartazgo. No es tarea de uno buscar puntos comunes con ese consenso mediático cuyo único objetivo es difundir una leyenda negra, impulsada por Holanda o Reino Unido y reforzada por las élites criollas, y proyectarla a través de los medios de comunicación a la opinión pública.

Porque los lazos que nos unen a españoles con peruanos, colombianos, argentinos, chilenos o mejicanos van mucho más allá de las exaltadas palabras de López Obrador contra nuestro país o del traslado de la estatua de Cristóbal Colón de la bonaerense Casa Rosada. Unos lazos que, desde hace siglos, nos convierten en hermanos a un lado y otro del Atlántico con una cultura, una religión y una forma de vida común.

Con diecisiete años, cuando los veranos se convertían en una tortuosa y, qué duda cabe, maravillosa rutina entre el trabajo de recepcionista en un camping y noches interminables de antro en antro, comencé a comprender que, en Europa, los españoles nunca íbamos a encontrar nuestro espacio vital. Y no hablo de política, que por aquel entonces hubiera sido como hablar de la teoría de la relatividad, sino de cultura.

Franceses, belgas, holandeses o británicos aterrizaban cada día en la recepción, conduciendo sus enormes caravanas y con unas costumbres cuanto menos extravagantes. Podría contar con los dedos de una mano a aquellos extranjeros con los que tuve cierta relación y confieso que nunca me sentí más unido a aquellos extraños que cuando alguno de ellos se acercaba a arrojar sus dos botellas de vino diarias en el contenedor de vidrio

Por aquella época apareció en mi vida Marieta. A Marieta, que venía para unas semanas y acabó quedándose casi dos años, le gustó España de inmediato. Y a mí ella, para qué nos vamos a engañar.

El problema de su negativa inicial se solventó pronto, pues no hay nada que dos cervezas y el encanto de un cántabro en una tarde de otoño primaveral no puedan arreglar. Quizá el tiempo barnice mis recuerdos y la realidad no fuera tal, pero permítanme disfrute de esta juvenil licencia.

Al intercambio de afectos le siguió un fructífero intercambio cultural, primero musical y después literario, que convertía en anécdota los miles de kilómetros de distancia a los que nos habíamos criado.

A Marieta le gustaba leer. Leía compulsivamente literatura española y tenía una extraña fijación con Unamuno. Su gusto musical era cuanto menos dudoso, pues insistía en escuchar una y otra vez las soporíferas letras de Serrat. El ego porteño la impulsaba a hablar de arte y presumía de entender, ella sí, el significado de las obras de Dalí. Yo no la creía, claro, pero esbozaba una falsa sonrisa para poder interrogarla a continuación sobre la Guerra de las Malvinas, el nuevo disco de Andrés Calamaro y la última moda entre las niñas bien de Recoleta.

Y Evita. Evita presente. Un personaje que por aquel entonces me fascinaba y que generaba en ella el mismo efecto que el tequila y el chipotle en el estómago de un turista recién llegado a Ciudad de Méjico.

A mí, que por suerte o por penitencia me había caído en gracia animar al Racing de Santander cada domingo, siempre me habían llamado la atención las pancartas que, en apoyo a los Kirchner, colgaban del paravalanchas en el estadio Presidente Perón de Avellaneda de nuestro club hermano. Pronto descubrí que, más allá del folklore propio de una hinchada, Evita estaba lejos de representar lo que yo entonces pensaba.

En aquellos meses descubrí también que había casi tantos bosteros en Núñez como en la Boca y más España en cualquier rincón de Iberoamérica que en todo Europa.

Un día Marieta se marchó. Y yo no cogí el bondi que va de Plaza de Mayo a Palermo para ir a buscarla. No volví a saber de ella hasta que, años o quizá una vida después, paseaba por Lisboa cuando todos sus recuerdos se me vinieron encima. Y no era la nostalgia lo que invadía mi mente, sino la certeza de que allí, al igual que en un pequeño pueblo del norte de España, había un pedazo de Marieta en cada esquina.

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