Playa Pereire, en Arcachon, Francia, 12 de junio: quince mil franceses vestidos de blanco, y también blancos casi todos ellos, festejan la dulzura de vivir al ritmo de viejas canciones de Abba. Es hermoso verlo. Casi se diría que el mundo sigue siendo el de hace medio siglo. Lo que ha llamado la atención es la singularidad étnica: apenas se contaban personas «racializadas» allí. Es pecado decirlo, pero la Europa de hoy, la nacida de la invasión migratoria, se está fragmentando por identidades étnicas, culturales, religiosas… «Qui se ressemble s’assemble», se dice en francés: los que se parecen, se juntan.
La identidad no es un constructo: es un hecho de naturaleza (humana). Por eso es natural que se junten los que se parecen. Sin salir de Francia, la izquierda se está rasgando las vestiduras porque hay franceses que se juntan para vestirse de franceses, hacer de francés, comer y beber y cantar cosas francesas: el «Canon Francés», se hacen llamar. Una diputada de ultraizquierda, Sarah Legrain, exclamaba en el parlamento que «el Canon Francés siembra el terror en el país». Pero a la propia izquierda le pasa: La Francia Insumisa organizaba el otro día un «concierto antirracista» cuyos asistentes eran, muy mayoritariamente, blancos. Los «racializados» no estaban; habían ido a la fiesta de la música en Châtelet, a bailar sus cosas con ese habitual cómputo de estragos en el mobiliario urbano que la prensa del sistema, siempre piadosa, suele despachar con un «sin apenas incidentes». Es un mundo roto: varias Europas viviendo en una.
Estos días estamos viendo con mucho agrado (y a veces hasta emoción) a las hinchadas de Noruega y Escocia en el Mundial de Fútbol, entregadas a un intenso alarde identitario: los noruegos con su «remo vikingo», los escoceses con su «ejército del tartán». Pero mientras noruegos y escoceses hacen de tales en los Estados Unidos, allá, en sus casas, Glasgow o Edimburgo viven el drama de una inmigración masiva que no se quiere integrar y Oslo asiste a una manifestación de mujeres musulmanas en riguroso niqab al mismo tiempo que unos niños blancos blanquísimos desfilan en una demostración LGTBQ llevados de la mano por sus madres. ¿Cuál es ya la Noruega, la Escocia, la Francia real? ¿La del tartán, la gaita y el remo, o la del niqab y los niños «lgtbotomizados»?
Los aficionados del Mundial, en sus fiestas en la grada y fuera de ella, también recurren con frecuencia a la música europea de los 70, como los de Arcachon: mucho Abba, claro, «Dancing Queen» y «Mamma mia», y aquellas dos portentosas españolas que hicieron Baccara («Yes sir, I can boogie»). Es interesante que esta gente mire a los 70: es la nostalgia de una época que la mayoría de ellos no conoció. Es lógico que la añoren: nunca antes había vivido tanta gente en condiciones materiales tan cómodas; fue la Europa de la prosperidad total. Pero esa ya no existe salvo como vago recuerdo en una playa de Arcachon o en una grada de Miami. La Europa de aquí, la de verdad, parece incapaz de reaccionar, amodorrada en la evocación de lo que ya no está.
Esto les molesta mucho ahora a los americanos, que dicen que nos hemos acostumbrado a que otros nos protejan. Es verdad, pero ¿no era exactamente eso lo que ellos pretendían? Dejémonos de pamplinas: los americanos no vinieron en 1944 a «liberarnos»: vinieron a quedarse con lo que pudieran, como los rusos. El plan inicial de Washington (el de Morgenthau, por ejemplo) era partir Alemania en cuatro pequeños estados agrarios, sin industria, y mantener en Francia la división en dos países propiciada por la invasión alemana. Fue la amenaza soviética lo que movió a los americanos a cambiar de táctica y, en vez de palo, mostrar la zanahoria del Plan Marshall: prestarnos sus dólares para que les compráramos a ellos sus productos industriales. Para ellos fue un negocio redondo. Y para los europeos, al cabo, también (sobre todo para Inglaterra y Francia), porque aquí estaba todo destruido y de algún modo había que empezar. Y bien, ahí el talento europeo volvió a demostrar de lo que es capaz, incluso allá donde el dinero americano tardó más en llegar, como ocurrió en España.
La contrapartida fue aceptar la hegemonía yanqui. Y se aceptó. Y así se construyó el mundo en el que hemos vivido hasta hace poco. Pero ahora eso se acabó y lo que nos encontramos es una Europa donde las sociedades se han fragmentado y la prosperidad empieza a desvanecerse. Y el viejo amo que te pide que despiertes y te pongas en pie. Pero vamos a ver: no puedes capar al novillo para convertirlo en buey y después exigirle que se comporte como un toro de lidia. La Europa actual está concebida por gente que pensaba en ser buey (y hay que reconocer que hemos sido los mejores bueyes del mundo: dóciles, esforzados, vistosos, eficientes, capaces de trazar surcos perfectos), pero esa misma gente ya no vale para el nuevo escenario. Es la gente que está haciendo invivible nuestras sociedades. Es la gente que prefiere reprimirte antes de que despiertes. Es la gente que levanta una ceja suspicaz ante el remo vikingo o el ejército del tartán. Es la gente que prefiere al degollador de Belfast o a las bandas de violadores pakistaníes.
Sí, lo siento: es muy bonito, pero el espectáculo de las gradas europeas en el Mundial, o la música de Abba en la playa Pereire, no dejan de ser como los sones de la orquesta del Titanic. Aquí hace falta otra cosa. Hay que dejar atrás al buey. Y entonces, tal vez, la gaita y el remo cobren otro sentido.