'Ser es defenderse'
RAMIRO DE MAEZTU
Este artículo se publicó en La Gaceta antes de convertirse en La Gaceta de la Iberosfera, no siendo entonces propiedad de Fundación Disenso.
Editor jefe de La Gaceta de la Iberosfera. Ex director de La Gaceta de los Negocios, Revista Chesterton y La Gallina Ilustrada. Ex vendedor de juguetes en El Corte Inglés. Voluntario de la Orden de Malta. Twitter: @joseafuster

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Editor jefe de La Gaceta de la Iberosfera. Ex director de La Gaceta de los Negocios, Revista Chesterton y La Gallina Ilustrada. Ex vendedor de juguetes en El Corte Inglés. Voluntario de la Orden de Malta. Twitter: @joseafuster

Cataluña está de Fiesta

7 de octubre de 2013

A las seis de la tarde del pasado miércoles se abrió la puerta del miedo de la Monumental de Barcelona y salieron dos alguacilillos enlutados. A caballo y con las llaves de toriles, ambos precedieron un larguísimo paseíllo en el que desfiló toda la tauromaquia catalana por orden -serio y estricto- de antigüedad. En el tendido y a la sombra clemente de un principio de otoño y final de dos años lamentable, tocaban un pasodoble los fantasmas de la banda de la plaza de El Torín, los primeros que celebraron con música una faena, una de Lagartijo. Salió al albero el correbous de Cardona del siglo XV y la plaza Clarà de Olot, la segunda más antigua de España; detrás, “la canalla que en el XIX toreaba en Vic con barretina”, como decía la copla catalana. Junto a ellos, a pie y gallardo, el diputado liberal y barcelonés Antoni de Capmany i Montpalau, el que defendió en Cádiz la fiesta “por ser expresión del carácter nacional”. A su vera, con la montera en la mano por ser nuevo en la plaza, se pudo ver a Pere Ayxelà “Peroy”, el diestro decimonónico de Torredembarra que revolucionó el toreo y renovó el estilo y lo templó: afrancesando y mandando.

 

 Detrás, espoleando a su caballo, iba Josep Bayard “Badila”, el picador de Tortosa que hace 160 años depuró la técnica de la vara y del que cuentan que una vez saltó a la arena sin capote a salvar con un quite milagroso a Frascuelo del acero de un morlaco llamado Guindaleto. Alrededor de Peroy y Badila, en indignada algarabía, iba el público de El Torín que en 1835, tras una mala tarde de toros, subió por la Rambla quemando conventos e improvisando una desamortización sangrienta.

 

 Detrás, de cuatribarrado y oro, caminaron con gesto duro los toreros que con su sola estampa despertaron la afición en Figueras, Ripoll, Caldes de Montbuï o Vallfogona. Ahí arrastraron sus zapatillas maestros como el Punteret, Llapisera -el torero bufo que inventó la manoletina-, Tusquelles o Ventrolà.

 

 La banda de El Torín siguió tocando mientras, despacio y bizqueando, paseó el arquitecto Font i Carreras, el que levantó con su genio el coso mudéjar de Las Arenas. De blanco y bata fue Pau Gelart i Galter, el farmacéutico que construyó para sí mismo la hermosa plaza de Figueras en la que torearon el Espartero y José Roger, el Valencia, y que cien años después, en 1989, fue comprada por el ayuntamiento por una millonada para poder olvidarla, abandonarla y pensar en cambiarla por un polideportivo.

 

 De corbata zaina fueron los tres arquitectos del modernismo tardío que levantaron El Sport, la plaza que fue la Monumental -Raspall Mayol, Mas i Morell y Domenec Sugranyes-, y que seguían al dueño de todo esto: el empresario Pere Milà i Camps, el de la Liga Regionalista, el diputado de Solidaridad Catalana, el dueño de la Casa Milà.

 

 Detrás, y agradecidos, desfilaron matadores que dejaron sangre en Cataluña: Rafaelillo -el tío abuelo de Ponce-, Barrios i Esterlich o Pericás, aquel que se presentó en Las Arenas con Montaner y donde, en 1939, se lo cortaría todo a un astado de Villagodio mientras en la barrera miraba Bienvenida.

 

 El tendido se alteró cuando por la puerta del miedo salió el maestro Mario Cabré, valiente, guapo, barcelonés, actor, hombre… Bien arrimada a su banda, enhebrada a su brazo izquierdo, hubo quien quiso ver a Ava Gardner mientras Dominguín miraba hacia el callejón para no verlo.

 

 Con la montera calada hasta las cejas ensalivadas, la esclavina tiesa y los machos atados, fue a pasodoble El noi de la Riereta, el de Santa Coloma de Gramanet, Joaquín Bernadó Bertomeu: 243 corridas en Barcelona, casi ná para el mejor torero catalán de la historia. A distancia y a pie le siguieron artistas catalanes entregados a los toros como Castanys, Segarra, Néstor Luján o Ramón Casas, el que pintó La Corrida del Museo de Montserrat. A caballete hizo el paseíllo María Fortuny y el escultor Nobas Ballve, el genio barcelonés que le plantó a Rafael Casanovas la cara de su estatua Torero herido, en una feliz coincidencia que hace que cada vez que los políticos nacionalistas se cuadren ante el españolazo de Casanovas, en realidad le ofrenden a un matador que sangra.

 

 El paseíllo dejó un silencio y salió, de mostacho, barretina y brazos en cruz, Dalí, el protagonista de la cursa daliniana: la legendaria corrida de la plaza de Figueras. Justo a su lado, con máquinas de escribir, fueron los cronistas Casademont, González, Colomer i Camarasa, Palahí y aquel crítico -Santainés- del Avui.

 

 La banda de los músicos fantasmas de El Torín enganchó un bis para recibir al último grande de la tauromaquia catalana: Serafín Marín. El barcelonés de la Moncada i Reixach salió despacio, templado, apoyado en José Tomás, con la palabra libertad escrita en el capote y dispuesto a regar de lágrimas el albero. Detrás, en silencio, monosabios con barretina y mulas con la senyera rojigualda… Ya estaba todo… pero antes de que sonasen clarines y timbales que llamaron al primero de los últimos seis toros, seis, salieron por la puerta del miedo cientos de miles de aficionados catalanes, millones en toda la historia de la tauromaquia catalana, que creyeron que el toro era un asunto privado al que llega quien quiere, en libertad.

 

 Millones, en fin, que saben que la culpa de que el nacionalismo catalán odie los toros la tiene Capmany i Montapalau, aquel diputado barcelonés en las Cortes de Cádiz al que en 1813 se le ocurrió defender las corridas de toros “por ser expresión del carácter nacional”. Nacional, dijo Capmany i Montpalau. Fiesta. Y ahora, patrimonio cultural inmaterial.

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