«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
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Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.
Periodista, escritor e historiador. Director y presentador de 'El Gato al Agua' de El Toro TV.

Cataluña: termina el ‘procés’, continúa el proceso

14 de mayo de 2024

Las elecciones catalanas las ha ganado un señor, Salvador Illa, que fue ministro de Sanidad durante la pandemia, cuya gestión en ese trance puede considerarse como la peor de Europa y cuyo nombre, por otro lado, aparece vinculado a gravísimas irregularidades que se evalúan en cientos de millones de euros defraudados al erario público. Tras Illa, el segundo candidato más votado ha sido otro señor, Puigdemont, que aprovechó su posición de presidente del gobierno regional para montar un golpe institucional separatista, violar la ley de todas las formas posibles y que, llegado el momento de enfrentarse al Estado, optó por huir escondido en un coche mientras dejaba a sus subordinados el amargo trago del banquillo y la cárcel. Lo menos que puede decirse es que el electorado catalán tiene una curiosa manera de evaluar los méritos públicos. Es la imagen misma de una sociedad moralmente corrompida e intelectualmente desecada, en buena parte a causa de unos medios de comunicación que desde hace decenios han convertido el delirio en realidad cotidiana.

En un primer vistazo, quien más fortalecido sale de estos comicios es el candidato separatista Carles Puigdemont. Es verdad que no ha ganado, pero hay que poner en perspectiva la situación del personaje. Hace menos de un año, Puigdemont era un prófugo de oscuro horizonte judicial y cuyo exiguo crédito político menguaba día a día. Hoy, por el contrario, los votos de sus diputados son determinantes en la gobernación de España y él mismo se ha convertido en la cabeza visible del independentismo catalán. Tan formidable transformación no habría sido posible, ciertamente, sin el voluntarioso concurso de Pedro Sánchez, que necesitaba los votos del prófugo para ganar unas elecciones que perdió y así mantenerse en el poder. Es Sánchez quien ha hecho grande a Puigdemont, del mismo modo que fue Zapatero quien hizo grande a Otegui. No, no es casualidad.

Las terminales del Pedrosanchismo, con su habitual unanimidad, están vendiendo el relato de que con estos resultados se pone fin al procés separatista y empieza una etapa nueva. De algún modo es verdad, pero hay que saber mirar detrás del eslogan. Es cierto que el intento de ruptura ilegal del Estado protagonizado por el separatismo y que alcanzó su momento culminante en la declaración de 2017 puede darse por cerrado. Pero, por el contrario, sigue vivo —y ahora con más fuerza— el proyecto de mutación constitucional que comenzó con Zapatero y que Sánchez ha acelerado, proyecto en el que el socialismo catalán siempre ha jugado un papel protagonista. O sea que muere el procés, pero se revitaliza el proceso de desmantelamiento paulatino y «blando» de la nación española, que es la tendencia dominante de la política española desde hace veinte años. El procés chocó contra un Tribunal: el Supremo, pero el proceso está diseñado para contar con el aliento de otro Tribunal: el Constitucional.

Lo que la victoria electoral del PSC significa es eso: un aval para el desmantelamiento, la desconstrucción de la nación española, que es el acontecimiento mayor de nuestra política desde que el PSOE decidió hacer frente común con los nacionalistas para apurar la deriva disgregadora del sistema de 1978. El proyecto no consiste en sacar a las regiones de España —algo que sin duda levantaría resistencias insuperables—, sino, mucho más ladinamente, en sacar a España de las regiones, de modo que éstas empiecen a vivir como si fueran independientes de hecho, pero sin los inconvenientes de una emancipación formal. Es lo que llevamos años viendo en el País Vasco y Cataluña, y también en Navarra, pero igualmente en comunidades gobernadas por el PP como Galicia o Baleares. Esta variante blanda de la desconstrucción nacional puede envolverse en «institucionalidad» y «convivencia», y así ganar la voluntad de los moderados, o sea, del Partido Popular. La tibieza de la cúpula de Génova al respecto no permite albergar grandes esperanzas sobre una eventual resistencia.

Si alguien quiere de verdad detener todo esto, no le bastará con invocar una Constitución cuya letra está hoy en manos de quienes quieren reescribirla por la vía de los hechos. No, la trinchera decisiva está en un estrato mucho más profundo: el de la nación española, su continuidad histórica, su vigencia en tanto que comunidad política y núcleo de soberanía. Sin eso, todo lo demás (Corona, Estado de derecho, libertades públicas, etc.) se desmoronará sin remedio. Hoy, esa trinchera es la habitación del único patriotismo posible.

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