«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Sevilla, 1972. Economista, doctor en filosofía y profesional de la gestión empresarial (dirección general, financiera y de personas), la educación, la comunicación y la ética. Estudioso del comportamiento humano, ha impartido conferencias y cursos en cuatro continentes, ocho países y seis idiomas distintos, y presta servicio como mentor ético. Ha publicado once ensayos, entre ellos 'Ética para valientes' (2022) y 'El dilema de Neo' (2024); 'Amar para siempre' (2026) es su último libro. También ha traducido más de setenta obras, de Shakespeare, Stevenson, Tocqueville, Rilke, Guardini, Thibon, MacIntyre y Chesterton, entre otros. Más información es www.davidcerda.es

Cercas, la inmigración y la ética

1 de octubre de 2026

He leído con interés la columna de Javier Cercas sobre Ceuta titulada «Por qué necesitamos acoger a los emigrantes«. Empezaré concediéndole que, pese a sus conocidas veleidades ideológicas, afea al gobierno su negligencia. Habla de «torpeza» y «gandulería», términos bastante exactos, aunque hay otros que él no menciona y yo añadiría (por ejemplo, «connivencia»). No obstante, enseguida chapotea en el error que atraviesa su pieza: confundir ética y política. Que exista un deber moral de socorrer al necesitado no determina una política migratoria. La moral debe informar la política —sólo faltaría—, pero no puede sustituirla, porque son planos distintos de complejidad y de agencia. «Hay que ayudar a quien sufre» no responde a cuántas personas debe admitir España, cuáles, por qué vías y con qué límites.

Del deber moral de socorrer al necesitado no se deduce una política migratoria. Las instituciones tienen obligaciones, pero estas no coinciden con nuestros deberes interpersonales. Cercas, en cambio, cree que, establecido un deber moral genérico de hospitalidad, la política de acogida va de suyo. De partir de sus propias premisas, tendríamos que preguntarle cuántos inmigrantes tiene acogidos en su casa; una pregunta ridícula, pero razonable según su propia lógica. Salvar al náufrago es una cosa; conceder residencia, otra; dar asilo al perseguido, igualar a quien huye de una guerra con quien es usado por un vecino deshonesto para guerrear híbridamente y admitir inmigración económica, otras; etcétera. El autor de Soldados de Salamina mete problemas moral y jurídicamente diferentes en el saco emocional del verbo «acoger». Pero gobernar consiste justamente en deshacer ese saco, es decir, en establecer criterios y límites. Todo sistema migratorio «ordenado y racional» —como el que el propio Cercas reclama— conlleva negar la acogida a muchos.

Nos recuerda Cercas que el Banco de España estima que la población extranjera aportó entre 0,4 y 0,7 puntos porcentuales al crecimiento medio anual del PIB per cápita entre 2022 y 2024. Pero que la inmigración beneficie a la economía, como él sostiene, es una conclusión demasiado gruesa. Importan la cantidad y el tipo de inmigración, la edad, la cualificación, la productividad y más cosas. Importa también —cosa que el agregado oculta— quién gana y quién pierde con esa inmigración. Es bastante evidente que aumentar mucho la oferta de trabajadores poco cualificados puede afectar de manera distinta a empresarios, profesionales protegidos y trabajadores que compiten en los segmentos más precarios. El PIB no es el bienestar, y mucho menos su distribución, existen los empresarios sin escrúpulos ávidos de carne de cañón e importar pobres —basta una foto del Tarajal para entender que es lo que hacemos— presiona los salarios a la baja.

Luego está la vivienda, que en estos debates parece construirse mágicamente a medida que llegan sus ocupantes. No es así. Más población significa más demanda y, si la oferta es rígida, como es el caso, precios más altos. El Banco de España viene señalando precisamente el desequilibrio entre demanda y oferta y la especial concentración de jóvenes e inmigrantes en el alquiler. Esto no convierte al inmigrante en culpable del desastre inmobiliario español, sino en otra de sus víctimas. La retórica buenista de Cercas obvia que la inmigración tiene efectos distributivos que afectan más a quienes viven en barrios bien distintos del suyo.

Su argumento cultural es aún más endeble y participa de lo que podríamos llamar «la falacia Benetton»: puesto que el mestizaje ha producido maravillas, toda mezcla cultural ha de ser enriquecedora. Me parece racista alabar que abunden los colores de piel sin preocuparse por los estándares morales. Algunas culturas nos enriquecen; otras son más o menos inocuas; otras chocan frontalmente con principios que tenemos excelentes razones para defender. Quien haya leído mi obra tiene mis argumentos sobre la existencia de culturas moralmente inferiores y superiores: igualdad entre sexos, libertad religiosa y sexual, libertad de expresión o rechazo de la violencia son principios decisivos para establecer esas jerarquías. Las culturas pueden fecundarse, pero también pueden vivir de espaldas entre sí, de modo que es absurdo celebrar cualquier diferencia, como si no pudiera haber diversidad y, simultáneamente, segregación, guetos y conflicto normativo, o como si esto fuera solo el resultado de que la gente es racista.

Esto enlaza con otra ausencia llamativa: la seguridad. En 2025, el INE registró 15,3 adultos condenados por cada mil habitantes entre los extranjeros y 6,1 entre los españoles. Fingir que el dato no existe y llamar xenófobos a quienes lo contemplan es una estrategia burda que ya solo engaña a los correligionarios del progresismo. Una inmigración numerosa, precaria, mal integrada y concentrada en determinados barrios plantea problemas distintos de una inmigración cualificada y que se atiene a los estándares éticos que con tanto esfuerzo hemos desarrollado. Quien convierte esas preguntas en sospechas morales contra quien las formula cae en el pecado original del artículo: sustituir el análisis por la pretensión de superioridad moral. Dicha superioridad ciega a Cercas hasta el punto de reclamar una inmigración «ordenada y racional» sin entender que su imperativo moral de la acogida la descarta. Si entrar irregularmente supusiese, por ese imperativo, un derecho a quedarse, no habría escapatoria a las mafias —que él cuidadosamente omite— y al efecto llamada, y estaríamos abocados al caos de la convivencia.

La ética adulta empieza donde termina el eslogan, cuando descubrimos que tenemos varios deberes a la vez y que no siempre pueden satisfacerse todos; la ética, en este sentido, es trágica. Por el contrario, cuando nuestra preferencia política se convierte en traducción inmediata del Bien, quien discrepa deja de estar equivocado: pasa a ser malo. El vocabulario de Cercas resulta, en este sentido, adolescente: «desalmados», «canallada», «cómplices». Le suele ocurrir al literato metido a filósofo moral; la metáfora tolera imprecisiones que el argumento desnuda. «La pureza mata; el mestizaje da vida» es una frase magnífica para no pensar y señalar con el dedito a los otros.

Cercas abusa de las falacias de los dos puños. La alternativa a una Europa «blanca y cristiana» no es una Europa moralmente inerme ante cualquier costumbre importada. Tenemos deberes hacia quien llega; a un ser humano que se ahoga se le salva y después se estudia qué hacer con él. Pero tenemos también deberes hacia los trabajadores vulnerables, los jóvenes sin vivienda, las mujeres cuyos derechos no admiten excepciones culturales, los contribuyentes que han de pagar pensiones y los barrios sobre los que la integración recae. La política consiste en ordenar esos deberes; la ética, en proporcionar razones para hacerlo justamente. Confundir ambas cosas produce moralina, autosatisfacción buenista y ninguna solución viable. La ideología arruina el pensamiento; los «buenos sentimientos» resultan superficiales y dan pie a malas decisiones, personales y colectivas. Creo que el artículo de marras es un muy buen ejemplo de ello.

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