– Periodista: ¿Cómo te gustaría ser recordado?
– Charlie Kirk: «Quiero que me recuerden por mi valentía y mi fe. Que eso sea lo más importante. Lo más importante en mi vida es la fe”.
El joven líder, fundador de Turning Point USA y uno de los nombres más reconocibles e inspiradores de las voces conservadoras de Estados Unidos fue asesinado este miércoles de un disparo mientras intervenía en un acto con estudiantes en una universidad de Utah. Tenía 31 años, estaba casado y era padre de dos niños pequeños.
Charlie Kirk era una de las caras jóvenes más relevantes del movimiento MAGA y contaba con millones de seguidores en las redes sociales. Su proyecto universitario terminó por consolidarse como uno de los grandes foros de debate. Sus análisis, opiniones y conferencias captaban la atención de miles y miles de jóvenes a lo largo del mundo. Un orador influyente pero también un blanco permanente para una izquierda que no dudaba en tacharlo de extremista, ultra o incluso acusarle de simpatizar con ideologías nazis. No es sólo una tragedia. Es la radiografía de una enfermedad crónica. En la era del linchamiento moral y público, al adversario no se le discute sino que se le intenta demonizar y deshumanizar. Y una vez despojado de ese atisbo de humanidad, al enemigo ya no se le rebaten sus ideas; se le dispara. En este momento conviene detenerse en el eco europeo de respuesta al suceso. El Parlamento Europeo ha rechazado guardar un minuto de silencio por Kirk. Una escena obscena hasta la náusea ya que ni siquiera el asesinato de un hombre por lo que defendía merece un instante de duelo institucional en Occidente. Convertir la muerte de Kirk en anécdota es peor que matarlo: es enterrar el significado de su asesinato. Un minuto de silencio hubiera sido un acto de civilización.
Decía Charlie Kirk que «lo que es clave para nuestro país es ser capaces de contrastar nuestros desacuerdos respetuosamente. Cuando la gente deja de hablar es cuando emerge la violencia. Y ahí es cuando se produce la guerra civil, pues deshumanizas al otro». Como si hubiera tenido la lúcida premonición de su final. Y es que fue precisamente en el espacio que él defendía, en la universidad, donde cayó abatido. En el supuesto foro de la palabra. Allí donde deberían cruzarse argumentos, sonaron balas. Un odio ideológico absoluto. Asusta ver, escuchar y leer cómo hay quienes intentan rebajar lo sucedido, quitarle importante, justificar incluso el asesinato, hablar de un incidente aislado o insinuar que Kirk se lo había buscado por lo que decía. Hemos llegado al delirio de que un conservador asesinado deja de ser una víctima, y que un verdugo se redime de su crimen cuando se ampara en la coartada del antifascismo. Corrección política y silencio cómplice.
La fe, la familia y la libertad fueron sus banderas. Hoy son las víctimas. Y si este asesinato acaba degradado en la indiferencia, será porque la sociedad, cualquiera, estadounidense o europea, habrá aceptado sin protestar que la violencia tenga legitimidad contra quienes piensan distinto. Balas que sustituyen argumentos. Una sociedad que presume de una cultura abierta e inclusiva pero que es tan excluyente que sigue hasta la eliminación. Es insólito que un hombre sea asesinado por hablar y una barbarie que tantos otros encuentren normal que lo maten.
Charlie Kirk pidió ser recordado por su valentía y su fe. La pregunta es si nosotros estaremos a la altura de recordarlo como lo que fue: una víctima del odio y un aviso de que, si las balas continúan decidiendo los debates, lo próximo que caerá abatida será la propia libertad.