«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Nació en Madrid en 1975. Es Doctor en Periodismo por la Universidad San Pablo CEU. Ha dedicado casi toda su vida profesional a la radio. Ha publicado los libros "España no se vota" y "Defender la Verdad", "Sin miedo a nada ni a nadie" y "Autopsia al periodismo".

El caos como normalidad

2 de septiembre de 2026

Todos los tiranos, delincuentes y terroristas del mundo, a lo largo de los siglos, han mostrado a la humanidad una enseñanza que muy difícilmente se puede discutir: la forma de hacer definitivo un atropello puntual de la legalidad vigente es conseguir que nadie responda con la fuerza a dicho atropello. La fuerza (aunque esto produzca sofocos a más de uno) es la única forma que tiene la civilización de enfrentarse con garantías a la barbarie cuando se agotan todas las herramientas que proporciona el Derecho. Pero, como apuntábamos ya la pasada semana, Europa y Occidente han preferido ignorar esa verdad eterna y abandonarse a un buenismo culpable que nos está condenando a todos. Porque nada hay peor que mostrar debilidad y sumisión ante los malvados.

Un mes después de la invasión de Ceuta, las playas de la ciudad autónoma están llenas de tiendas de campaña y chamizos donde miles de ilegales se hacinan de forma infrahumana. Las aceras acumulan semicadáveres de subsaharianos que probablemente no sepan ni dónde están; los centros de salud reciben cada día más casos de menores bajo los efectos de las drogas. Y las comisarías no paran investigar delitos que se cometen a diario sin que desde las instituciones se ponga ni una solución sobre la mesa. El invasor también sabía que, cuando se produjera el asalto al espigón ceutí, lo que vendría luego sería la parálisis policial y el habitual «y tú más» de los políticos españoles.

Solamente ha habido un partido, en este mes de agosto surrealista y dramático a partes iguales, que ha definido como «traición» todo lo que ha hecho (y lo que no) el presidente del Gobierno. Y que cree que Sánchez debe ser juzgado por ello; no por incompetencia, ni por dejadez, ni por estupidez, sino por traidor. Porque un mes después de la invasión orquestada por el régimen marroquí para tratar de quedarse con Ceuta y Melilla mediante un acto de guerra híbrida, el felón se ha atrevido a negar la participación de Marruecos en el asalto y, en cambio, ha culpado a «Rusia e Israel» de todo lo ocurrido. Suponemos que, esta vez, la posibilidad de culpar a Franco probablemente le produjo algo de vergüenza, incluso a alguien de su ínfima calaña moral.

El siempre moderadito y bienqueda de Borja Sémper, portavoz nacional del PP, ha rechazado apoyar a VOX en ese asunto porque, en su opinión, se trata de «fuegos de artificio». Lógica reacción si tenemos en cuenta que PP y PSOE van de la mano en Bruselas y gobiernan juntos en Ceuta, por mucho que Vivas llore ahora lágrimas de cocodrilo después de estar varios años jugando a la ruleta rusa de la irresponsabilidad política. Es bueno que recordemos todos estas cosas para cuando lleguen las elecciones generales y se abra la perspectiva de podernos librar de esta lacra socialcomunista: sólo un partido le ha llamado traición a la traición. Otros han preferido la ambigüedad y la complicidad con el mal.

Como la justicia poética existe, las conexiones en directo de los programas de TVs sistémicos (es decir, regados con el maná inagotable del dinero público que administra el bipartidismo) muestran cada vez a más vecinos de Ceuta cuyo análisis de lo ocurrido coincide, punto por punto, con el que viene haciendo VOX. Miren ustedes qué casualidades tiene la vida. Son impagables, claro, las caras que ponen los presentadores de dichos programas (nuevos ricos gracias a la alternancia bipartidista en La Moncloa) cuando ven cómo a los ciudadanos ya no les valen las medias tintas, ni las palabritas biensonantes, ni los chalaneos de andar por casa. Que la gente quiere soluciones urgentes y que los culpables paguen en la cárcel los crímenes cometidos. Incluido el delito de alta traición.

Esta generación de psicópatas que nos ha tocado sufrir en lo más alto de las instituciones del Estado nos ha acostumbrado al caos como normalidad. A ver las calles de la «españolísima Ceuta», que diría doña Margarita, literalmente tomadas por hombres en edad militar que han venido con una misión muy concreta; que no están aquí «sobreviviendo», sino ganando una guerra en la que la otra parte no quiere pelear. Dejando que la inacción del Estado español se traduzca, andando el tiempo, en un cambio de facto de la soberanía de ambas ciudades. El viejo juego político al que han jugado siempre los tiranos, los delincuentes y los terroristas.

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