En China es popular una expresión que significa «luchar con la espalda contra el río», y que viene de un viejo truco de los generales Han cuando combatían en inferioridad de condiciones: trabar batalla con el ejército propio dando la espalda a un río. De esta manera los soldados no tenían por dónde escapar y su única forma de sobrevivir era luchar como leones para imponerse al enemigo.
Durante siglos, en Europa, hemos tenido reyes y aristocracias que, mejores y peores, más o menos capaces, luchaban con la espalda contra el río, en el sentido de que no tenían a dónde escapar. Si París caía, el rey estaba en París. Si Castilla se arruinaba, la nobleza castellana se arruinaba con ella. Había excepciones, claro, pero la regla era que la aristocracia estaba físicamente ligada al territorio que gobernaba. Como hicieran la cama, así tenían que dormir, y si descuidaban la prosperidad de sus reinos, acabarían sus días en un reino pobre o turbulento y eso dejarían a su progenie.
Ese es el cambio crucial, el parteaguas, lo que hace nuestro tiempo desesperadamente distinto de cualquier situación anterior: ahora el poderoso, la élite, no tiene la espalda contra el río. Ahora puede escapar y dejarnos a todos con el marrón que ellos mismos han permitido o procurado. Ahora el caudillo no se siente necesariamente solidario con su pueblo, con el destino de su pueblo.
El fundador y CEO de la poderosa (y aterradora) empresa tecnológica Palantir, la que va a hacer a los gobiernos capaces de espiar dónde estamos, con quién, haciendo qué en cada instante a todos los habitantes del planeta, ha comprado extensas propiedades en Argentina y se está planteando mudarse ahí, alegando que California es cada vez más invivible.
Me pregunto quién ha hecho invivible un paraíso como California.
Por eso la élite ignora por completo la creciente alarma ante la sustitución poblacional que se está dando en Occidente. No es sólo que no entienda a sus compatriotas, los nativos, que ven diluirse su identidad y pervertirse sus instituciones al ritmo de la avalancha: es que tampoco consideran el triste destino del propio emigrante, obligado a dejar la tierra que conoce y que ha llamado suya. Porque para los que hoy mandan, básicamente los obscenamente ricos, pasar de vivir en un país a instalarse en otro es como mudarse de barrio. En ningún caso van a ser parte del nuevo como tampoco lo eran totalmente del antiguo: su patria es su tribu, gente, como él, de cualquier parte, unidos todos por una forma de vida, el ejercicio de una influencia desmedida y la capacidad para comprar básicamente cualquier cosa.
Cuando Thiel justifica su posible decisión por lo mal que está California, ni siquiera se plantea cambiarlo. Y podría, mejor que nadie. Podría financiar grupos de presión, medios de comunicación, facciones políticas: poner su dinero en acciones concretas para salvar California. Sí, se puede. Pero, ¿para qué? Sólo hay que hacer las maletas. Y su vida en el país de destino no tiene por qué ser muy diferente a su vida en el país de origen. Es, como la de todos ellos, una vida internacional, con amigos y socios de cualquier país, viajando en jet privado de aquí a allá continuamente.
Yo ya no pido gobernantes (formales o informales) competentes y honrados. Que sean un poco chapuzas, vale. Que sisen de vez en vez, sea. Pero que, a final de cuentas, cuando hay que tomar las decisiones trascendentales, tengan la espalda contra el río.