Cuando se produce una catástrofe social, lo primero que cambia es el modo de expresar las reacciones. Las emociones encuentran su cauce natural en las palabras. Hay una especie de desinhibición que opera por contagio. Ante la evidencia de la debacle, la gente parece recobrarse de la comprensible ceguera que a todos nos producen los largos períodos de bonanza y, tras el choque con la realidad, no hay muro de contención que permanezca intacto.
Las lenguas se sueltan. Los tabúes que en épocas de tranquilidad blindan la integridad del poder dejan de tener vigencia. Se arremete contra quien ha incurrido en un delito flagrante de dejación, contra la podredumbre moral que ha hecho posible el abandono del pueblo, contra la perversión intelectual del enjambre de manipuladores que tratan de dirigir la responsabilidad del desastre hacia quienes están sufriendo sus consecuencias.
No es una voz aislada lo que se escucha, sino un clamor espontáneo, un alud de indignación que produce el mágico efecto de que hasta las conciencias habitualmente sedadas por el cloroformo de la mentira ideológica despierten por un instante a la verdad de los acontecimientos.
Todo esto se logra por medio del lenguaje. Un lenguaje que, en su visceralidad, se eleva sobre el fondo inocultable de una ciudad materialmente deshecha. Las palabras sirven ahora a un fin honorable: muestran el desamparo de la víctima verdadera, comunican la profundidad de su dolor, vuelcan sobre los responsables de la situación (no sólo políticos, pues existe, en este régimen enfermo, comatoso, una larga nómina de colaboradores necesarios) el peso infamante de su ineptitud, su insensibilidad y su desidia culpables.
Por boca de esas mujeres ceutíes que son entrevistadas a pie de calle se expresa la legitimidad de una rabia cargada de razones. Puede que desde sus platós climatizados, envueltos en el halo de infalibilidad y soberbia que procura la familiaridad con los focos, el contertulio o contertulia de guardia se esmeren en suavizar su tono y afearle su presunta radicalidad. Es inútil. Porque, a los ojos de todo aquel que conserve una mínima reserva de decencia, el ciudadano de Ceuta es justo lo opuesto a ese sujeto proclive al primitivismo y la irracionalidad que las terminales mediáticas del poder se esfuerzan en presentarnos.
Muy al contrario, este ciudadano ceutí es la víctima indudable de un ultraje imposible de imaginar en cualquier nación que se tome en serio a sí misma. Encarna, desde luego, al prójimo carnal y doliente en el que todos podemos reconocernos, y no sólo eso: no es un simple vasallo del poder, sino un ciudadado consciente de la dignidad de su condición y que, como tal, exige que los recursos de un Estado que él ayuda a sufragar con sus impuestos se pongan al servicio de la preservación de sus derechos más básicos.
Pero la partida se sigue jugando. El poder, acorralado, emite instrucciones para que, de manera paulatina, se produzca un desplazamiento del foco. La herramienta, de nuevo, es el lenguaje. No hay que escandalizarse por ello, mucho menos sorprenderse. Por enésima vez, mediante el habitual énfasis impostado de los aprendices de brujo televisivos, se ponen en circulación las consabidas palabras policía: racismo, fascismo, xenofobia. El agresor debe aparecer ahora como víctima, modo de extender entre la población un manto fraudulento de mala conciencia colectiva, como muy lúcidamente nos viene avisando Jorge Sánchez de Castro. Se confía en que, en una sociedad cuyos estándares morales han sido demolidos tras décadas de relativismo cultural y pestilente degradación política, cunda la confusión, y, con la confusión, se generalice una atmósfera de hartazgo, y tras el hartazgo, lleguen el desinterés y la apatía, la sociedad pierda su empuje y de nuevo se convierta en una masa informe carente de voluntad, inmersa en discordias estériles, y a quien el poder trata a su antojo sin que nadie encuentre ya el valor y la convicción necesarios para protestar en voz alta.
Pero están las mujeres de Ceuta para desbaratar este plan. Sus voces inflamadas de coraje, sus aspavientos indómitos, su palabra que no se somete. En el nauseabundo imperio de la mentira en el que nos hemos acostumbrado a malvivir, su testimonio alberga la semilla de una luz que nos consuela y nos enorgullece.