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Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.
Hughes, de formación no periodística, es economista y funcionario de carrera. Se incorporó a la profesión en La Gaceta y luego, durante una década, en el diario ABC donde ejerció de columnista y cronista deportivo y parlamentario y donde también llevó el blog 'Columnas sin fuste'. En 2022 publicó 'Dicho esto' (Ed. Monóculo), una compilación de sus columnas.

Cuñado en Felipia

5 de diciembre de 2023

Hace ya tiempo que resulta sospechosa la manera de informar sobre la Familia Real. Toda la acidez y crítica con Don Juan Carlos y las infantas fue sustituida por una mirada absolutamente complaciente hacia Felipe VI y Letizia. El duopolio ahora es un NO-DO. Con Leonor esto se ha disparado, convertida en pretendido símbolo de lo que ellos llaman un Tiempo Nuevo. Me dirán que ni Felipe ni Letizia, y mucho menos Leonor, han hecho las cosas que hizo Juan Carlos I, pero es evidente que el prisma ha cambiado y que ni siquiera se mantiene la suspicacia.

Los medios hegemónicos son tácitamente antimonárquicos, pero están rendidos a los protagonistas de la actual monarquía. En cierto modo, se ha sustituido el juancarlismo («no soy monárquico, pero sí de este rey»), con el leticismo, valga el palabro, para todos aquellos orgullosamente republicanos que, sin embargo, sienten inclinación o simpatía o solidaridad sorora por esta Reina que es mujer, moderna, actual, feminista, ecologista y empoderada hasta el tríceps. Si Felipe era el «joven de su tiempo», Letizia es realmente «la mujer de su tiempo». Chicas de hoy en día.

Por todo esto, no sorprende la reacción y no-reacción a la aparición de Jaime del Burgo. Quienes busquen la explicación a sus tuits no deberían despreciar la más sencilla: su protagonismo en el libro de Jaime Peñafiel, Letizia y yo, publicado recientemente.

Los tuits de del Burgo, al menos los primeros, son una aclaración a lo allí publicado. Una explicación.

El libro es un pastiche con el inconfundible tono de Peñafiel. «Valgo más por lo que callo que…». No es un entusiasta de Letizia, lo sabemos, y ese deje entre paternalista y clasista que usa con ella puede resultar antipático, aunque una vez superado, el libro aporta algunas cosas sobre su vida. Y es importante la vida de una reina.

Entre las decenas de capítulos aparecen, como documentos traspapelados, tres o cuatro de Jaime del Burgo. Quizás todo el libro sea una excusa para lo que él tiene que contar, aunque no cuente gran cosa. Apunta, sugiere, pero todo lo que explícitamente se dice viene referido a la época anterior a 2004, año de la boda entre Felipe y Letizia. Lo posterior se cuenta de modo confuso y poco comprometedor. Solo hay algo, casi cómico una vez visto el selfie de la reina, una foto de los dos (Letizia y del Burgo) en Nueva York, él con una pasmina… la pasmina inculpatoria. El demonio está en los complementos.

Por eso sus tuits tratan de completar lo allí contado, que es confuso e insuficiente.

Dicho todo esto. Lo menos importante del libro es el hecho indiscreto de la supuesta relación. No hace falta entrar en ello. El libro tiene otras cosas que interesan más y de manera más legítima a quien se interese por los temas y problemas de España.

Empezaría por una: el breve retrato que hace de sí el propio Jaime del Burgo. No tanto el resumen de su vida cosmopolita como las razones de su marcha de España: «Fue la mejor decisión que tomé en mi vida, escapar de una sociedad cainita sin igual. El terrorismo dejó una huella profunda en mi infancia, adolescencia y primera juventud». También denuncia de forma clara y explícita haber sido objeto de una actuación —irregular, por supuesto— del CNI, que no extraña después de tantas cosas como contó Bárbara Rey. Del Burgo y Peñafiel coinciden en algo: Letizia manda, su ascendiente en el matrimonio, la familia y la Casa Real es grande. Algo sabrá Jaime del Burgo que, sin entrar en lo escabroso, fue sucesivamente «amigo y confidente», confeso «mamporrero» felipista (como un compi-yogui), «tito Jaime» y cuñado —y cuñado sería la categoría reveladora, clave y definitiva, mucho más importante que la de supuesto amante. Es en tanto excuñado que nos interesa del Burgo—.

Leído el libro, no es lo peor ni lo más escandaloso lo que sugieren las pocas páginas de Jaime del Burgo. Es lo que se cuenta en otro lugar, algo ya conocido, ya publicado, aunque pasado incomprensiblemente por alto: el supuesto aborto de Letizia cuando conoció a Felipe.

Esto es un hecho que, de ser cierto, tendría la mayor gravedad moral y un fuerte simbolismo: para acceder a la condición de consorte habría tenido que abortar. El aborto como pórtico de entrada, como renuncia previa, como sacrificio a Behemot 78, como ominoso secreto en lo más alto del Estado. Somos un Estado y un Régimen aborteros, ¡continuidad de estirpe fundada en criatura no nacida! ¿No es la Corona símbolo también? Pues ahí lo tenemos: reina abortista y primeramente abortista, que habría tenido que serlo para reinar. ¡Cómo no la van a adorar las feticidas!

El libro llega a deslizar dudas sobre la legitimidad sucesoria. Porque el matrimonio del heredero es cuestión importante y recogida en el artículo 57.4 de la Constitución (que la tienen para lo que quieren, como ya bien sabemos). Podemos estar de acuerdo en que la vida íntima y sentimental no es asunto a tratar, pero sí las conductas definitorias en lo moral. ¿Es cazar elefantes más reprobable que el aborto, despiadado y ambicioso, que nos cuenta Peñafiel? Si Felipe y Letizia funden monarquía (institución) con la sociología del matrimonio moderno y equilibrado (¡Felipia! ¡Monarquía Felipia!), entonces las opiniones, actitudes, trayectoria y formas de la reina consorte son de la máxima importancia. Tanto monta, monta tanto, Isabel como Fernando…

Las andanzas de Juan Carlos I, las de alcoba y las económicas, se callaron por el bien del Estado. Hasta que dejó de interesar. ¿Y si Juan Carlos I, con sus defectos, fuera una piedra en el zapato confederal? El Nuevo Tiempo requeriría una nueva monarquía, con la prensa completamente a favor. Y entonces se explicaría el silencio de omertá sobre lo que es ya un secreto a voces. La prensa fue crítica con la monarquía el tiempo necesario para que Juan Carlos I saliera del país. Ya no más.

Para ser y durar, la monarquía de Juan Carlos se adaptó al Estado autonómico de nacionalidades y regiones, ¿hará lo mismo la de Felipe y Letizia con el Estado confederal plurinacional que se trama? El juancarlismo de ayer es leticismo de ahora; y la prensa de hoy, como la de entonces, sumisa y servil o, como diría Peñafiel, cortesana, aunque sean cortesanos republicanos, separatistas y feministas. ¡Qué corte de los milagros!

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