«Ser es defenderse», Ramiro de Maeztu
Periodista y guionista. Fue presidente del Club de los Viernes, es colaborador en distintos medios de TV y radio y ha publicado artículos en Vozpópuli, La Nueva España y El Semanal Digital, entre otros.

Damasco en París

25 de octubre de 2026

La cara de perplejidad y desconcierto, aderezada con una pizca de terror en la mirada, de una chica parisina moderna cuyo comercio estaba siendo vandalizado por una horda multicultural, se ha hecho famosa rápidamente, eso que ahora se llama viral. La muchacha, no entendiendo por qué iba a ser saqueada cruelmente cuando ella apoyaba su causa (a saber qué causa) trató de hacer entrar en razón a unos salvajes con el intelecto de un chimpancé bebé, así que rieron como hienas y entraron en la tienda a llevarse el botín.

El vídeo ha tenido tanto impacto dentro y fuera de Francia (gracias a la inmediatez de las redes) porque manda un mensaje muy poderoso: dan igual las ideas utópicas, candorosas y memas que tengas en tu cabecita de reloj de cuco, porque cuando la realidad llama a tu puerta física y no a un concepto abstracto de facultad de ciencias sociales, tiendes a abrir mucho los ojos, como un conejo cuando le ponen las largas del coche. Superado por los acontecimientos y retratado en tu íntimo pasmo.

La teoría se vuelve acción y entonces te embiste sin subterfugios ni ambivalencias. La gente se cebó con la chica por haber sido víctima fácil de su propia estupidez, el típico «a disfrutar lo votado» y aunque cruel, por esa propensión que tiene parte de la humanidad a alegrarse del mal ajeno, hay que reconocer que algo de razón llevan, con toda su carga de regocijo y de ajuste de cuentas.

El rostro azogado y tembloroso de la rubia consternada, entendiendo en segundos las bondades de la integración con culturas incompatibles, explica que la sociedad tiene que hacerse cargo de los monstruos que engendra, pero los individuos también. A título personal. Cuando un sujeto está participando activamente en el debate social y político, ser tonto acarrea unas consecuencias, y no puedes declararte insolvente por motivos de poca sesera. Lo que pasa en París es que las consecuencias llegaron de una manera que la «progrez» gabacha no imaginaba, pese a todas las señales. Será por avisos.

Creer que puedes trastocar en pocos años la demografía de un país de forma tan abrupta, y que el país va a seguir siendo el mismo, no se lo creen ni los infantes más ingenuos que leen cuentos de El Barco de Vapor. El proceso de «imbecilización» que causa la izquierda en la sesera de sus víctimas es tan grosero que en poco tiempo convierte a adultos funcionales en marionetas repitiendo los mantras de la extrema izquierda, e incapaces de interpretar el mundo que tienen alrededor, más que desde el punto de vita sesgado que les ofrece un empacho de ideología adulterada. A la joven viral de izquierdas le redistribuyeron la riqueza directamente desde su tienda.

La extrema izquierda de Mélenchon azuzaba y las huestes islamistas saqueaban usando la bandera de facto oficial, que es la palestina. Allá donde se vea enarbolada es sinónimo de barbarismo y destrucción, y en los casos más moderados, de simpatía por el yihadismo, maldad y sueños de holocaustos modernos.

Algunos en España alabaron el buen gusto de los vecinos en los disturbios, por eso de quemar ayuntamientos y aterrorizar transeúntes. Españita. Incompetentes incapaces de reventar ellos una cristalera para afanar teléfonos y ropa de marca, supongo que ver cómo lo hace una marabunta africana les brinda una cierta y desgraciada compensación. Y es que desde los tiempos de la kale borroka, la izquierda juvenil a medio cocer ha visto la actividad tenebrosa del terrorismo callejero como una fuente de fascinación.

El problema que percibo que es no han leído cómo colapsan las naciones, desconocen cómo caen los imperios, cómo los bárbaros siempre llegan al control, y no perdonan y no respetan nada cuando toman posesión de las ciudades vencidas. Por eso luego, cuando en los disturbios les revientan el comercio, le queman el coche o le dan una paliza a su padre que pasaba por allí, quedan inmortalizados pensando que cómo pudo eso pasar, que cómo ha sido posible, mientras miran a cámara con cara de incredulidad y Alarico sonríe desde algún lugar de la Historia.

Porque desconocen que todo ha pasado ya, que hay un cuadro bien bonito que muestra a dos visigodos trepando por una estatua ensogada cuando Roma, asomada a su definitivo crepúsculo, es saqueada durante tres días. La cuestión es que los progres creen que cuando les pasa a ellos siempre es la primera vez. No, amigo, no. Ni será la última.

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